Países del Golfo no respaldan la guerra, pero tampoco ignoran las presiones estructurales con Irán
Dubai, Emiratos Arabes Unidos, 19 marzo (Agencias). – Las monarquías del Golfo Pérsico observan con creciente inquietud la escalada de tensiones entre Estados Unidos, Israel e Irán, en un contexto marcado por ataques a infraestructuras estratégicas —incluidas refinerías, aeropuertos y yacimientos petroleros— que han reavivado temores sobre una posible expansión regional del conflicto.
Aunque sus posturas varían en matices, existe un denominador común: el rechazo a una guerra abierta y el temor a sus consecuencias económicas, energéticas y de seguridad.
Arabia Saudita, el actor más influyente del Golfo, ha adoptado una posición prudente pero firme en defensa de la estabilidad regional.
El Ministerio de Asuntos Exteriores saudí ha condenado los ataques contra instalaciones energéticas en la región —recordando precedentes como los ataques a Aramco en 2019— y ha reiterado la necesidad de evitar una confrontación directa con Irán. Riad, que en los últimos años ha avanzado en un proceso de distensión diplomática con Teherán mediado por China, teme que una guerra revierta estos avances y exponga nuevamente su infraestructura petrolera a ataques.
Emiratos Árabes Unidos mantiene una postura similar. Abu Dabi ha insistido en la importancia de la “desescalada inmediata” y ha subrayado que la seguridad de las rutas comerciales y energéticas es una prioridad estratégica.
Funcionarios emiratíes han advertido que una guerra prolongada afectaría gravemente el comercio global y los mercados energéticos, en los que el Golfo juega un papel central. Aunque mantiene una alianza estratégica con Estados Unidos y relaciones normalizadas con Israel, el país ha evitado respaldar explícitamente una ofensiva contra Irán.
Qatar, por su parte, ha adoptado un tono más diplomático, alineado con su rol tradicional de mediador regional. Doha ha llamado a todas las partes a retomar el diálogo y ha advertido que la militarización del conflicto podría tener consecuencias “catastróficas” para la región.

Dado que alberga una de las mayores bases militares estadounidenses en Medio Oriente, Qatar se encuentra en una posición delicada, equilibrando su alianza con Washington y su política de canales abiertos con Teherán.
Kuwait y Omán, históricamente más neutrales, han reforzado sus llamados a la contención. Omán, en particular, ha reiterado su disposición a mediar, en línea con su política exterior basada en la diplomacia discreta. Kuwait, por su parte, ha expresado preocupación por la seguridad interna y la posibilidad de que el conflicto afecte directamente a los países del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG).
En cuanto a la decisión de Estados Unidos e Israel de iniciar ataques contra objetivos iraníes —según denuncias y reportes en desarrollo—, las capitales del Golfo han evitado respaldarla públicamente.
Si bien comparten la preocupación por la influencia regional de Irán y su programa nuclear, consideran que una acción militar directa podría desencadenar represalias generalizadas. Analistas regionales señalan que estos países temen convertirse en escenarios indirectos del conflicto, debido a su cercanía geográfica y a la presencia de bases militares occidentales en su territorio.
Sobre el desenlace del conflicto, prevalece un escepticismo generalizado. Fuentes diplomáticas del Golfo coinciden en que una guerra abierta difícilmente produciría una victoria clara y podría derivar en un conflicto prolongado de desgaste, con impactos severos en la economía global, especialmente en los precios del petróleo y el gas.
También advierten sobre el riesgo de una escalada que involucre a actores no estatales aliados de Irán en distintos frentes de la región.
En síntesis, los países del Golfo no respaldan una guerra abierta, aunque tampoco ignoran las tensiones estructurales con Irán. Su prioridad es clara: evitar una conflagración regional que ponga en peligro su seguridad, sus economías y su papel central en el suministro energético mundial. En medio de la incertidumbre, apuestan —al menos públicamente— por la diplomacia como única vía viable para contener una crisis de consecuencias impredecibles.

