¿Qué espectáculo de medio tiempo de Bad Bunny viste?
Por Petra R. Rivera-Rideau y Vanessa Díaz
Rivera-Rideau y Díaz son las autoras de P FKN R: Bad Bunny y la música como un acto de resistencia.
The New York Times
Bad Bunny hizo historia en el Super Bowl del domingo, en el que dio voz a la historia y la cultura puertorriqueñas, y lo hizo en español en un momento en el que eso por sí solo podría hacer que te detuvieran agentes de inmigración con la cara cubierta. Aunque Bad Bunny no gritó “fuera ICE” ni hizo ningún otro llamamiento directo al gobierno de Donald Trump, su actuación fue política sin reparos.
¿Y sabes qué? También fue una fiesta, con salsa, perreo e incluso una boda en directo. No tenías que hablar español ni saber nada de lo que decía para disfrutarlo. Pero si hablas español, era mucho más.
Sabíamos que probablemente utilizaría el espectáculo para hacer una declaración, pero ni siquiera nosotras estábamos preparadas para la montaña rusa emocional en la que nos metió Benito Antonio Martínez Ocasio, alias Bad Bunny. Ver este despliegue de alegría, orgullo y resistencia fue subversivo. A menudo daba la sensación de que se estaban desarrollando dos espectáculos diferentes: uno para Estados Unidos y otro para América.
Su actuación de 13 minutos comenzó con un hombre vestido de blanco, guitarra en mano y con una pava, el clásico sombrero de paja que lleva el jíbaro puertorriqueño, un símbolo contradictorio que encarna la cultura nacional puertorriqueña. “Qué rico es ser latino”, dijo mientras sostenía su guitarra. Esa frase tocó la fibra sensible de las personas latinas, las migrantes y otras a quienes, como a Bad Bunny, se les ha dicho que no pertenecen aquí.
A veces Bad Bunny miraba a la cámara para hablarnos directamente, en español, y decirnos que creyéramos en nosotros mismos, que somos mucho más de lo que pensamos que somos. Cantó “esto es PR” y guiñó un ojo a través de la cámara a los que estábamos en casa. Y, por supuesto, no faltaron las sillas blancas de plástico que han llegado a simbolizar el desplazamiento abordado en su reciente álbum y que se encuentran en patios, porches y marquesinas, o cocheras, de toda América.
La revista People describió la actuación como una “fiesta de baile llena de diversión” que abandonó en gran medida la política en favor de la sensualidad, la alegría y el sabor tropical. Una amiga me envió un mensaje para decirme que le molestó especialmente que un medio de comunicación se refiriera a las plantas del escenario como “arbustos”, sin darse cuenta de que esos campos de caña de azúcar evocaban una larga historia de esclavitud y colonialismo en el Caribe.

Durante la presentación, Bad Bunny interpretó “El apagón”, una crítica mordaz a la deficiente red eléctrica de Puerto Rico y al largo legado de colonialismo que hay tras ella. Los jíbaros fueron transformados en trabajadores eléctricos, que evocaron el ingenio de los puertorriqueños que se encargaron de la reconstrucción tras el huracán María en medio de la negligencia federal. Donde algunos espectadores podrían haber visto solo postes eléctricos, nosotras vimos el reconocimiento de uno de los capítulos más dolorosos de la historia reciente de Puerto Rico. Y sin embargo, los trabajadores y Bad Bunny siguieron bailando, siguieron de fiesta, siguieron viviendo.
Nuestros amigos en Los Ángeles vitorearon cuando vieron el popular puesto de Villa’s Tacos, mientras que los de Brooklyn se iluminaron cuando Toñita, del Caribbean Social Club de Williamsburg, le dio un trago a Bad Bunny. Casi a la mitad del espectáculo, la música se detuvo y la cámara mostró a una pareja real —dos fans que habían invitado a Bad Bunny a su boda— a quienes se les declaró marido y mujer durante la actuación.
En la escena de la fiesta de recepción que siguió, la visión de un niño dormitando en las sillas nos recordó las fiestas familiares y la interminable espera a que nuestros padres dieran por terminada la noche. Nos vimos a nosotras mismas en la niña a la que Bad Bunny dio vueltas: recordamos los vestidos abullonados que daban comezón y que usábamos en las reuniones familiares, bailar con los tíos, zigzaguear entre los adultos para perseguir a los primos. “Baila sin miedo, ama sin miedo”, gritaba Bad Bunny.
Pero había algo más que una nostalgia reconfortante en ese espectáculo del medio tiempo. En un momento especialmente conmovedor, Ricky Martin apareció sentado en una silla blanca en el campo puertorriqueño para cantar “Lo que le pasó a Hawaii”, uno de los himnos independentistas más explícitos de Bad Bunny. En la canción, Bad Bunny insta a los puertorriqueños a aferrarse a su cultura y a su tierra frente a la gentrificación y el desplazamiento.
Martin se introdujo en el mercado anglosajón en la década de 1990 y contribuyó al auge del pop latino. Para ello, encarnó muchos de los estereotipos asociados a los latinos. Es probable que muchas personas lo recuerden como el latin lover despreocupado que movía las caderas y te invitaba a “sacudir el bon-bon”. Desde entonces, ha salido del clóset como gay y se ha convertido en un firme defensor de la soberanía puertorriqueña, para lo cual se unió a Bad Bunny en las protestas de 2019 que condujeron a la destitución del entonces gobernador, Ricardo Rosselló.
En la autobiografía de Martin, escribió que temía que reconocer que era gay arruinara su carrera. No salió públicamente del clóset hasta pasados sus 30 años. Mientras cantaba, nuestras mentes volvieron a una escena que había ocurrido momentos antes, en la que dos bailarines masculinos bailaban pegados mientras se miraban fijamente, sin miedo. Era una declaración silenciosa pero desafiante sobre lo queer, la visibilidad y la identidad latina.
Bad Bunny nos demostró que cuando dijo “somos estadounidenses” en los Grammy, no se refería simplemente a su condición de ciudadano. Estaba desafiando las definiciones cada vez más restrictivas de este país sobre quién es —y quién no es— estadounidense.
Mediante la celebración de una boda, de la familia, de la alegría y de la comunidad, creó un escaparate en el que muchos latinos, especialmente puertorriqueños, se sintieron vistos, escuchados y representados en todo momento, y millones de personas bailaron en casa, aunque no supieran exactamente qué estaba pasando. Nos invitó a todos a unirnos a la fiesta. Y esa podría ser la mayor forma de resistencia para todos.
The New York Times

