Quisqueya ante el tablero geopolítico del presente

Por Milton Olivo

La historia no siempre avanza de manera silenciosa. A veces se acelera, se comprime, y obliga a las naciones a tomar decisiones que marcarán generaciones. La República Dominicana vive hoy uno de esos momentos.

Mientras el mundo reconfigura su mapa económico y geopolítico —con guerras que alteran mercados, potencias que se disputan cadenas de suministro y una transición energética que redefine el poder— el país se encuentra, casi sin proponérselo, en una posición estratégica excepcional. La pregunta no es si creceremos; la verdadera pregunta es cómo creceremos y para qué.

El orden internacional que emergió tras la Guerra Fría ha entrado en fase de agotamiento. Estados Unidos, China, Europa y potencias regionales compiten por influencia económica y control logístico. Las empresas ya no buscan solo eficiencia: buscan seguridad, cercanía y estabilidad. Así nace el nearshoring, el friendshoring y una nueva geografía productiva.

En medio de esta tormenta global, la República Dominicana aparece como un puerto seguro: estabilidad política, crecimiento sostenido, infraestructura logística moderna y una ubicación privilegiada entre los grandes mercados del hemisferio occidental. No es casualidad que los flujos de inversión miren cada vez más hacia el Caribe.  Pero las oportunidades no se materializan solas. Se construyen.

Pocos países concentran tantas ventajas naturales y logísticas como la República Dominicana. Puertos como Caucedo y Haina, aeropuertos interconectados, zonas francas consolidadas y cercanía al mayor mercado del mundo convierten al país en un candidato natural a hub logístico y productivo del Caribe. Lo que da la razón a la política exterior del presidente Abinader.

Sin embargo, durante décadas hemos crecido más por inercia que por estrategia. Exportamos, sí, pero con bajo valor agregado. Importamos energía y alimentos que podríamos producir. Dependemos demasiado de sectores vulnerables a crisis externas.  La geopolítica no perdona la improvisación.

Crecer no basta: hay que transformar. El crecimiento económico dominicano ha sido notable, pero enfrenta límites estructurales. El reto ya no es crecer al 4 o 5 %, sino romper el techo del desarrollo. Y eso solo es posible transformando la matriz productiva.

La agroindustria –como lo he repetido incansablmente- emerge como uno de los grandes motores dormidos. Cada quintal de cacao, cada fruta tropical exportada sin procesar, es una oportunidad perdida. Convertir materias primas en alimentos procesados, certificados y exportables puede multiplicar por cinco su valor y generar empleo donde más se necesita: en el campo.

Lo mismo ocurre con el turismo. El modelo de sol y playa fue exitoso, pero el mundo cambió. Hoy el turista busca experiencias, cultura, espiritualidad, naturaleza, salud. La República Dominicana tiene historia, fe, biodiversidad y talento para liderar el turismo de alto valor en el Caribe.

El cambio climático ya no es una amenaza futura; es una realidad presente. Pero también es una oportunidad. Los grandes fondos internacionales buscan proyectos verdes, economías circulares y modelos sostenibles.  Aquí, la bioeconomía —reciclaje, agricultura regenerativa, energías renovables— no es un lujo ideológico: es una estrategia de crecimiento. Reducir costos energéticos, aprovechar residuos, producir con inteligencia ambiental fortalece la competitividad nacional y protege el territorio.

Las naciones que liderarán el siglo XXI no serán solo las más ricas en recursos naturales, sino las más ricas en conocimiento. Servicios tecnológicos, BPOfintech, innovación digital y educación internacionalizada representan una frontera de crecimiento para la República Dominicana. Pero esta apuesta exige una revolución silenciosa: educación técnica, dominio del inglés, formación STEM y una alianza real entre Estado, empresa y academia.

Nada de esto ocurrirá sin un Estado que piense estratégicamente. No como administrador del día a día, sino como arquitecto del desarrollo nacional. Planificación, diplomacia económica, articulación público–privada y visión de largo plazo son indispensables. La inestabilidad de Haití, lejos de ser solo una amenaza, puede convertirse en un argumento geopolítico para atraer cooperación, inversiones y apoyo internacional, siempre que se maneje con inteligencia y firmeza.

El momento es ahora. La República Dominicana se encuentra ante una disyuntiva histórica: seguir creciendo de manera reactiva o asumir su destino como potencia económica media del Caribe. El mundo se está reorganizando y los espacios que no se ocupan se pierden.

Este no es solo un debate económico; es una decisión de país. Porque crecer es importante, pero crecer con propósito, soberanía y visión geopolítica es lo que define a las naciones que trascienden.

*El autor es escritor y analista político.

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