Trump no tiene ni idea de cómo terminar la guerra con Irán

Por Thomas L. Friedman

Columnista de Opinión

The New York Times

En septiembre de 1996, visité Teherán por primera vez. Me alojé en el Hotel Homa, que antes era Sheraton. En ese entonces, escribí que encima de la puerta del vestíbulo había un cartel que decía: “Down with USA” (Abajo Estados Unidos): ¡Vaya, eso no es un graffiti! Eso está firmemente adherido. Eso no se caerá fácilmente.

Los últimos años de la década de 1990 fueron un momento fugaz de apertura en Irán, que fue cuando obtuve la visa. Tenía la esperanza de que la evidente búsqueda de muchos de los jóvenes iraníes por incorporarse a la economía mundial acabaría por triunfar sobre sus dirigentes, quienes habían fijado esas palabras en la pared. Eso no ocurrió. Las palabras estaban demasiado arraigadas.

Ahora llevamos más de una semana en la guerra contra Irán lanzada por el presidente Donald Trump y el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, y la mayor pregunta que me hago es la siguiente: ¿Y si lo necesario es imposible? ¿Y si la transformación de Irán es mucho más importante de lo que admiten los críticos de la guerra, pero mucho más difícil de lo que creen los artífices de esta? Sí, nada mejoraría más las perspectivas de los pueblos de Irán, Líbano, Irak, Siria, Gaza, Yemen e Israel que la eliminación del régimen islámico de Teherán.

Pero, ¿y si ese régimen está también tan arraigado —en las alcaldías, las escuelas, las comisarías, los empleos de gobierno, el sistema bancario, el ejército, los paramilitares de barrio— que, a pesar de su impopularidad entre la mayoría de los iraníes, no puede ser eliminado sin sumir en el caos a toda la masa continental iraní, que tiene aproximadamente una sexta parte del tamaño de Estados Unidos y alberga a 90 millones de personas? ¿Y si la única alternativa rápida a la autocracia islámica de Irán no es la democracia, sino el desorden a escala épica?

Nada subraya más el arraigo de este régimen que el hecho de que Irán acaba de sustituir a su líder supremo, Alí Jameneí, asesinado al inicio de la guerra, por su hijo, Mojtaba Jameneí, de quien se dice que es otro partidario de la línea dura.

Dado que esta guerra me tomó a mí y a muchos otros completamente por sorpresa, estoy tanteando el terreno e intento pensar en los mejores y peores escenarios con humildad, porque ninguno de nosotros ha estado aquí antes.

Mientras lo hago, los acontecimientos me dicen que Trump y Netanyahu deberían tomar su logro militar y darlo por terminado, al menos por ahora. ¿Por qué?

En primer lugar, es obvio que Trump y Netanyahu iniciaron esta guerra sin ningún objetivo claro en mente.

Netanyahu, sospecho, probablemente estaría contento de convertir a Irán en otra gran Gaza y seguir simplemente “segando la hierba”, o sofocando de manera periódica las amenazas allí, como se mostró tan inclinado a hacer en Gaza. Como dijo el analista militar de Haaretz, Amos Harel: “Hace unos meses, Netanyahu describió a Israel como una Esparta moderna. Pero para preservar su identidad militarista, una Esparta requiere una fricción militar permanente —del tipo que también permita a su gobernante permanecer en el poder—, sin importar el precio que exija al país”.

Mantener a Israel en guerra con Irán, Hamás y Hizbulá permite a Netanyahu alargar su juicio por corrupción y evitar una comisión de investigación por su incapacidad para impedir la invasión de Hamás el 7 de octubre de 2023. (Si crees que eso es demasiado cínico, es que no conoces a Netanyahu).

Por su parte, Trump ha sido inconsistente al hablar del día después en Irán, y ha dicho cosas en realidad ridículas y a menudo contradictorias que revelan a un comandante en jefe que va inventando cosas sobre la marcha. Un día es un cambio de régimen, un día no; un día no le importa el futuro de Irán, al día siguiente tendrá voz en la elección del próximo líder del país; un día está abierto a las negociaciones, al día siguiente exige la “rendición incondicional”.

Creo que el analista de Medio Oriente Hussein Ibish resumió de manera concisa la estrategia de Trump en Irán cuando escribió: “Es así: Estados Unidos e Israel bombardean y destruyen activos. Entonces (rellena el espacio en blanco) los iraníes conseguirán (rellena el espacio en blanco) el cambio político que logrará (rellena el espacio en blanco) los objetivos bélicos de Estados Unidos”.

¿Invertirías en una empresa cuyo líder, sin previo aviso, se embarcara en una estrategia empresarial radicalmente nueva y luego, en la semana siguiente, describiera sus objetivos de cinco formas distintas? Eso es una luz roja que parpadea.

Dicho esto, Trump y Netanyahu parecen haber hecho retroceder de forma significativa las capacidades nucleares de Irán y su capacidad de proyectar poder a través de su armada, su fuerza aérea y sus misiles. Eso es bueno para el pueblo iraní, dado cuántos han sido asesinados por el régimen que controla ese poder, y es bueno para la región. Lo sensato ahora es hacer una pausa y ver cómo se desarrolla esto en lo que yo llamo “la mañana después del día siguiente”.

Es entonces cuando ocurre la verdadera política. Es decir, si Estados Unidos e Israel declararan que, una vez alcanzada la mayoría de sus objetivos militares, ahora están dispuestos a detener sus ataques —siempre y cuando Irán también lo haga—, los dirigentes iraníes sobrevivientes declararían con toda seguridad al mundo y a su pueblo la mañana siguiente: “Les hemos demostrado: hemos desafiado el poder combinado del Gran Satán y del Pequeño Satán”.

Pero a la mañana que viene después de esa, yo apostaría por un debate explosivo y luchas internas entre la élite dirigente de Teherán. Muchas voces del pueblo, comerciantes y reformistas del régimen declararán seguramente a los partidarios de la línea dura de Irán: “Miren el desastre que nos trajeron. Si esta es una gran victoria de Irán, ¿cómo se ve la derrota? Perdimos nuestros ahorros, nuestra economía, nuestro medio ambiente, gran parte de nuestro ejército y la amistad de todos nuestros vecinos inmediatos. ¿Qué futuro nos queda?”.

Basta con considerar las luchas internas que ya estamos viendo entre el presidente de Irán y las facciones militares de línea dura sobre la conveniencia de que Irán ataque a sus vecinos árabes con la esperanza de conseguir que presionen a Washington para detener la guerra. Quién sabe lo que podría surgir entre el pueblo iraní y el régimen, y dentro de este, con el tiempo, cuando cese la guerra y se pague la verdadera factura por el comportamiento extremo de Irán.

Por supuesto, nadie puede garantizar que esta política de la mañana del día después acabe en un cambio de régimen o del régimen. Pero tiene tantas posibilidades como bombardear Teherán y Beirut hasta convertirlos en escombros y esperar que surja un levantamiento popular.

Ya estamos viendo cómo se bombardea una planta desalinizadora en Irán y, como represalia, este ataca la planta desalinizadora de Baréin. Si esa tendencia se extiende, la gente se va a quedar sin agua muy pronto. La posibilidad de que Irán se convierta en un desastre medioambiental aún mayor de lo que ya lo han convertido los ayatolás es muy real; nadie podrá vivir allí.

Había un pasaje inquietante en un artículo del Times del lunes sobre el estado de ánimo en Teherán respecto a la guerra.

“A Peyman, un empresario digital de Teherán, le preocupa que el precio haya subido demasiado. Como muchos iraníes entrevistados, dijo que pasaba los días en casa, sin poder trabajar, y observaba la destrucción con creciente temor e inquietud. Se preguntaba cómo podría la población local evitar incluso los delitos menores con las comisarías bombardeadas, por no hablar de cómo podría cualquier gobierno retomar la gestión del país después de que se hubiera destruido tanto”.

Peyman declaró al Times: “Si vamos a vivir en Irán en el futuro, sin importar el gobierno que tengamos, seguiremos necesitando instituciones”.

El régimen de Irán es una desgracia, una amenaza para su propio pueblo, para sus vecinos y para un orden basado en normas, tanto como cualquier otra nación. Rezo para que pueda pasar pronto a la historia, a un costo razonable, y liberar el enorme potencial del pueblo iraní para contribuir a la humanidad.

Pero bombardearlo sin cesar, destruir más y más infraestructuras militares y civiles y esperar simplemente que los iraníes que buscan la democracia se unan —sin apenas internet para comunicarse, y donde desplazarse a cualquier parte por las carreteras puede ser mortalmente peligroso— y derroquen por sí solos a este régimen asesino atrincherado… bueno, muéstrame dónde ha ocurrido eso alguna vez en la historia.

Mi opinión es que este régimen se romperá solo desde arriba, lo que será un proceso que empezará después de que haya un alto al fuego.

Lo mejor que puede hacer la estrategia de Trump y Netanyahu de bombardear el país es iniciar ese proceso; el mero hecho de llevar a Irán por un camino mejor en el que sea una amenaza menor para su propio pueblo y sus vecinos sería un logro significativo. Lo peor que puede hacer la estrategia es devastar tanto a Irán con bombardeos aéreos interminables que se vuelva ingobernable para cualquiera. Eso sería un desastre de proporciones incalculables.

The New York Times

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