Trump: un año de poder y estilo propio
Por Manuel Jiménez V.
Este 20 de enero se cumple el primer aniversario del segundo gobierno, no consecutivo, del presidente Donald Trump en los Estados Unidos.
Doce meses después de su retorno a la Casa Blanca, el balance sigue siendo objeto de debate incluso entre los analistas internacionales más experimentados, que no logran ponerse de acuerdo en una definición objetiva —es decir, imparcial— de un ejercicio de poder marcado por un alto grado de personalismo, pragmatismo extremo y un estilo claramente atípico frente a la tradición presidencial estadounidense.
Trump ha gobernado fiel a su sello. Desde una política migratoria abiertamente agresiva, pasando por la imposición de aranceles unilaterales que reintrodujeron la incertidumbre en el comercio mundial, hasta amenazas directas a regímenes y jefes de Estado extranjeros, el presidente ha dejado claro que no cree en los manuales clásicos de la diplomacia ni en los equilibrios convencionales del poder.
A esto se suma un permanente culto a la personalidad y un enfrentamiento frontal con poderes establecidos dentro de Estados Unidos, incluyendo del estamento judicial y del propio aparato burocrático federal.
En el plano internacional, uno de los hechos más impactantes de este primer año fue el operativo militar que sacó de juego al dictador Nicolás Maduro en Venezuela.
Para muchos, se trató de una confirmación de que Trump no solo amenaza: también ejecuta. Hasta antes de la madrugada del 3 de enero de 2026, cuando una operación antidrogas en el Caribe derivó en una intervención armada en territorio venezolano, buena parte de los estudiosos de la geopolítica consideraba poco probable que el presidente diera ese paso.
Hoy, son pocos los que dudan de su capacidad —y disposición— de pasar de la palabra a los hechos en cuestión de horas, incluso de minutos.
Sin embargo, resulta innegable que este estilo unipersonal, aguerrido y desafiante ha producido cambios visibles en la sociedad estadounidense. La intimidación verbal, la descalificación del adversario y la lógica de la confrontación permanente se han normalizado como herramientas políticas.
No puede afirmarse que este comportamiento no haya tenido costos para el Partido Republicano. Las encuestas divulgadas por medios estadounidenses reflejan una disminución en los niveles de aceptación tanto del presidente como de su partido, incluso entre sectores que fueron clave para su regreso al poder.
Un caso ilustrativo es el de los migrantes hispanos. Muchos de ellos respaldaron a Trump por su rechazo a la política migratoria permisiva de la administración Biden. Hoy, frente a la dureza de las redadas y la aplicación estricta de las deportaciones, una proporción significativa expresa arrepentimiento por ese apoyo.
En el terreno económico, los aranceles impuestos por Trump han comenzado a generar presiones inflacionarias. Con una inflación que se mantiene en niveles cercanos al 3 % anual, los aumentos de precios vuelven a convertirse en una preocupación central para el ciudadano estadounidense promedio, históricamente muy sensible al costo de la vida.
Todo esto amenaza las posibilidades de que los republicanos conserven el control del Congreso en las elecciones de medio término de noviembre de 2026. El desgaste político es real y podría profundizarse si no hay correcciones de rumbo.
Quedan, además, varios frentes abiertos: el desenlace de la crisis en Gaza; la guerra entre Rusia y Ucrania, donde Trump aún no ha logrado el cese al fuego prometido en campaña; el pulso con sus aliados de la OTAN por Groenlandia; y el futuro de Venezuela, Cuba y Nicaragua en términos de retorno al orden democrático.
Puede concluirse que este ha sido un primer año de gobierno intenso, con éxitos relativos, pero también cargado de preocupaciones e incertidumbres, tanto internas como externas. La película apenas comienza. Aún falta mucho por filmar.

