Un mensaje de los espĂ­as extranjeros al equipo de Trump: 👊đŸ‡șđŸ‡žđŸ”„

Por Noah Shachtman

The New York Times

Shachtman ha reportado desde Irak, AfganistĂĄn y Rusia para Wired. Anteriormente fue editor jefe de Rolling Stone y The Daily Beast.

Si encabezas la direcciĂłn de seguridad de una naciĂłn hostil, saborea este momento. Nunca ha sido tan fĂĄcil robar secretos del gobierno de Estados Unidos. ÂżSe le puede llamar robar cuando es asĂ­ de sencillo? El gobierno del presidente Donald Trump ha desbloqueado las puertas de la bĂłveda acorazada, ha despedido a la mitad de los guardias de seguridad y ha pedido al resto que se dediquen a contar centavos. Entra directamente. Toma lo que quieras. Esta es la edad de oro.

En sus dos primeros meses, el gobierno de Trump ha tomado una medida tras otra que expone al gobierno a la penetración de servicios de inteligencia extranjeros. No se trata solo del chat grupal sobre próximos ataques militares que The Atlantic reveló el lunes, aunque, para ser claros, fue una violación de la seguridad tan audaz y ridícula como no se ha visto en décadas. El gobierno cortocircuitó el proceso de comprobación de antecedentes de altos funcionarios, convirtió a decenas de miles de personas con acceso a secretos gubernamentales en exempleados descontentos y anunció que bajaba la guardia contra las operaciones encubiertas de influencia extranjera. Instaló una de las terminales de internet por satélite de Elon Musk en el tejado de la Casa Blanca, aparentemente para eludir los controles de seguridad, y dio acceso a algunos de los sistemas mås sensibles del gobierno a un adolescente con un historial de ayudar a una red de ciberdelincuentes, a quien se conoce con el sobrenombre de Big Balls (Bolas Grandes).

En su primer mandato, el presidente Trump causó un gran revuelo al revelar al embajador ruso información de inteligencia que se ocultaba sistemåticamente a los verdaderos aliados de Estados Unidos. Esto es algo diferente: la erosión de la capacidad de Estados Unidos para guardar secretos. El segundo gobierno de Trump estå tratando la seguridad como otra convención rancia de Washington, un molesto impedimento para sus ambiciones de moverse råpido, acabar con el Estado burocråtico y sustituirlo por un ejecutivo todopoderoso. Los muchachos de la tecnología y las finanzas no tienen que lidiar con estas restricciones chirriantes y quisquillosas. ¿Por qué debería hacerlo la Casa Blanca?

Los principales adversarios rezan por este nivel de caos, confusiĂłn y oportunidad. Una red secreta china estĂĄ intentando reclutar a trabajadores despedidos del gobierno estadounidense. El Servicio de InvestigaciĂłn Criminal Naval afirma con “gran confianza” que los adversarios extranjeros estĂĄn intentando “sacar provecho” de los despidos masivos del gobierno de Trump. Pero el Ministerio de Seguridad del Estado chino o la DirecciĂłn Principal de Inteligencia rusa no son los Ășnicos que pueden beneficiarse del desprecio del gobierno de Trump por la seguridad operativa, aunque sea mĂ­nima. Recopilar informaciĂłn se ha vuelto mĂĄs fĂĄcil para todos.

Los denominados programas espĂ­a sin clic se venden ahora a regĂ­menes y empresas de todo el mundo. Apple ha notificado a usuarios de 150 paĂ­ses que han sido objeto de un programa espĂ­a. Un programa de un Ășnico fabricante israelĂ­ de programas espĂ­a, el Grupo NSO, se ha desplegado en Arabia Saudita, España, HungrĂ­a, India, MĂ©xico y Ruanda. “Ahora los paĂ­ses de menor rango pueden entrar y tener Ă©xito”, me dijo Frank Figliuzzi, exdirector adjunto de contraespionaje del FBI. “No hace falta ser muy sofisticado”.

Este deberĂ­a ser el momento de cerrar las escotillas. Pero el gobierno de Trump tiene otras prioridades. Unos 1000 agentes del FBI han sido desviados de sus tareas habituales para escudriñar los archivos del caso de Jeffrey Epstein. (Incluso en la ciudad de Nueva York —un hervidero de actividad de inteligencia extranjera— la oficina de campo del FBI estĂĄ “a toda mĂĄquina” en la revisiĂłn de Epstein). Mientras tanto, el Departamento de Justicia detuvo sus investigaciones sobre el posible compromiso del alcalde de Nueva York, Eric Adams, por parte de gobiernos extranjeros. Un esfuerzo de siete agencias para contrarrestar el sabotaje y los ciberataques rusos ha quedado en suspenso. Se ha pedido de nuevo a personal de la divisiĂłn antiterrorista de la oficina que persiga a quienes vandalizan Teslas, mientras que el nuevo Grupo Operativo Conjunto del 7 de Octubre investiga el “apoyo ilegal a HamĂĄs en nuestros campus”.

En cuanto a ese humillante incidente en el que un periodista fue invitado a una conversaciĂłn supuestamente super-triple-extra-confidencial con altos mandos militares y de inteligencia, es difĂ­cil saber quĂ© es peor: no saber quiĂ©n estaba en el chat de grupo o llevar a cabo el chat con celulares. Es posible que los participantes —los participantes previstos, en cualquier caso— pensaran que estaban a salvo porque sus mensajes estaban encriptados por la aplicaciĂłn de mensajerĂ­a Signal, apreciada en todo el mundo por los amantes del secreto. Sin embargo, un chat solo es tan seguro como las personas que lo utilizan. Hace solo unos dĂ­as, el PentĂĄgono advirtiĂł de que piratas informĂĄticos rusos estaban engañando a la gente para que replicaran sus mensajes de grupo de Signal en un segundo dispositivo. Steve Witkoff, enviado especial, se uniĂł a un chat de todas formas, y lo hizo desde MoscĂș.Desde entonces, Witkoff ha dicho que utilizaba un dispositivo seguro, emitido por el gobierno. Pero no hay forma de hacer que un telĂ©fono sea completamente inviolable. En los SCIF (Instalaciones de InformaciĂłn Compartimentada Sensible, por su sigla en inglĂ©s), las salas seguras donde los funcionarios de Washington mantienen sus conversaciones mĂĄs delicadas, los telĂ©fonos ni siquiera pueden entrar por la puerta.

Las personas que estĂĄn en el centro del Signalgate —el asesor de seguridad nacional, Michael Waltz; el secretario de defensa, Pete Hegseth; la directora de inteligencia nacional, Tulsi Gabbard, por nombrar a algunos— lo saben. Todos ellos sirvieron en el ejĂ©rcito. Sin duda escucharon innumerables conferencias de expertos en contrainteligencia sobre todas las formas en que un adversario puede hacerse con datos sensibles. Pero este es un gobierno que rechaza activa y orgullosamente la experiencia. Considera a quien la tiene como la vieja guardia corrupta, el verdadero enemigo, el “Estado profundo”, y pregona su propia negativa a prestarles atenciĂłn como prueba de su legitimidad y rectitud. Desde ese punto de vista, el estamento de seguridad debe doblegarse a la voluntad de la Casa Blanca, y si las personas que estĂĄn en la cima no tienen las cualificaciones tradicionales para sus cargos, tanto mejor. Este es un gobierno que convierte a un presentador de fin de semana de Fox News en el lĂ­der del mayor ejĂ©rcito del mundo, pone a un presentador de pĂłdcast conspiracionista al mando del FBI y tiene en su cĂșspide a una estrella de telerrealidad convertida en presidente. Errores como este son una consecuencia inevitable.

“Por supuesto que tienen sus grupos de WhatsApp y sus grupos de Signal”, me dijo Matt Tait. Tait es un consultor de ciberseguridad bien relacionado y antiguo analista del GCHQ, el servicio britĂĄnico de inteligencia de señales. “Fundamentalmente, realmente no confĂ­an en los funcionarios que trabajan para ellos, y no creen en absoluto que ninguna de las restricciones que tradicionalmente se seguirĂ­an aplique para ellos”.

En los prĂłximos dĂ­as, los defensores del gobierno podrĂĄn señalar, con razĂłn, que gran parte de lo que el gobierno federal sella como secreto apenas puede calificarse de sensible, y que los gobiernos desde hace 20 años o mĂĄs han utilizado sus dispositivos personales para hablar de la guerra y la paz. Pero eso no es excusa para la reciente metedura de pata, y por eso los implicados intentan distraernos con afirmaciones que rozan la comedia. Waltz sugiriĂł que Jeffrey Goldberg, el periodista que fue invitado a la charla sobre la planificaciĂłn de la guerra, podrĂ­a haber hackeado su entrada al chat, como si eso mejorara, y no empeorara, los problemas de seguridad. Gabbard afirmĂł que los textos intercambiados por el grupo —en los que se detallaban los objetivos, el momento y el sistema de armas utilizado en un ataque estadounidense en curso— no eran clasificados en absoluto y, por tanto, no se habĂ­a filtrado realmente ningĂșn secreto.

AsĂ­ que si diriges un servicio de inteligencia extranjero, relĂĄjate. Tienes tiempo. Este fiasco podrĂ­a haber sido una llamada de atenciĂłn al equipo de Trump, una oportunidad para revisar sus procedimientos de seguridad y tal vez dejar de cortejar el desastre en tantos frentes. Este gobierno ha decidido lanzarse con todo en la otra direcciĂłn. “Nadie envĂ­a planes de guerra por mensajes de texto”, dijo Hegseth a los periodistas, despuĂ©s de que lo descubrieran haciendo precisamente eso. “SĂ© exactamente lo que hago”.

The New York Times

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