¿Un solo hombre en el ojo del huracán? Trump, la incertidumbre permanente y el enigma de un liderazgo global

Si existe una figura que hoy encarna la polarización, la incoherencia estratégica y la incertidumbre constante, esa es Donald J. Trump, presidente de los Estados Unidos desde su regreso a la Casa Blanca en enero de 2025. No es exageración: desde el interior de su propio país hasta los rincones más remotos del escenario internacional, su estilo ha transformado decisiones políticas en un terreno movedizo, donde nada parece estable ni previsible.
Operativos migratorios: Minneapolis como campo de batalla

Pocas semanas atrás, la ciudad de Minneapolis —una vez sinónimo de derechos civiles tras la muerte de George Floyd— volvió a ser escenario de violencia estatal con consecuencias trágicas. Agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), actuando bajo órdenes de la Casa Blanca, llevaron a cabo operativos migratorios que ya han causado la muerte de al menos dos civiles durante protestas y enfrentamientos con manifestantes, como las de Renée Good y Alex Pretti, abatidos por fuerzas federales en el marco de lo que se denomina Operation Metro Surge —operativo planeado para 2025–26 centrado en redadas de inmigrantes indocumentados.
Es un saldo mortal que no solo ha provocado indignación, sino que ha tensado las relaciones entre el gobierno federal y autoridades locales de estados demócratas, despertando protestas callejeras masivas y la crítica abierta de gobernadores y policías locales que cuestionan la coordinación y la proporcionalidad del uso de la fuerza.
El resultado es un país respirando una atmósfera casi bélica: operativos dirigidos por una agencia federal convertida en símbolo de represión, habitantes enojados y un debate intenso sobre hasta dónde puede el poder ejecutivo presionar sin pasar por encima de jurisdicciones estatales y de las libertades civiles básicas. Bienvenidos al Estados Unidos 2.0: donde la inmigración deja de ser un tema técnico para convertirse en conflicto directo entre ciudadanía y Estado.
Amenazas arancelarias, Groenlandia y la ilusión imperial

Si la política interior pareciera un hervidero, el exterior no se queda atrás. Trump ha protagonizado una serie de episodios que combinan tacticismo diplomático, amenazas económicas y ambiciones estratégicas tan extravagantes como polémicas.
Ejemplo reciente: su insistencia en adquirir Groenlandia, ese enorme territorio ártico semi-autónomo bajo soberanía danesa, usando —según él— razones de seguridad nacional, mientras insinuaba la posibilidad de ejercer soberanía sobre suelo ajeno “aunque no les guste” a las partes interesadas.
La idea de “comprar” o, peor aún, de influir militarmente sobre Groenlandia ha marcado tensiones con Europa occidental e incluso fracturas entre los aliados de la entonces poderosa NATO, obligando a movimientos diplomáticos inusuales.
La Unión Europea debió activar mecanismos de respuesta a eventuales aranceles de hasta el 25 % como represalia por la presión estadounidense —plan que se suspendió temporalmente tras negociaciones—, mientras Dinamarca reforzaba tropas en la isla y líderes europeos alertaban sobre los riesgos para la cohesión de la alianza transatlántica.
¿El mensaje? La visión unilateral de Trump para proyectar poder —a veces con aranceles al estilo de Martillo de Thor— ha sembrado inquietud entre antiguos aliados y reforzado la percepción global de que los EE. UU. ya no es el socio confiable y predecible de antaño.
Venezuela, petróleo y la ambigüedad estratégica

Mientras tanto, en América Latina, la crisis venezolana puso a Trump en el centro de otro cóctel explosivo: aunque fuerzas estadounidenses capturaron al presidente Nicolás Maduro —hecho que marcó un quiebre en décadas de política externa—, la administración ha mantenido un enfoque ambiguo respecto al futuro político de Venezuela y con claros ojos puestos sobre sus reservas petroleras.
Este enfoque extractivista hace que observadores de la región se pregunten si Estados Unidos busca realmente estabilizar a Venezuela o simplemente reorientar sus recursos energéticos hacia intereses estratégicos de Washington, lo cual, lejos de disminuir tensiones, agrava la percepción de injerencia geopolítica sin un plan claro que mejore las condiciones de vida del pueblo venezolano.
La OTAN, divisiones internas y la sombra de un liderazgo incierto

En paralelo, Trump ha añadido más incertidumbre al futuro de alianzas clave, como la OTAN, al cuestionar su viabilidad y la equidad de cargas entre Europa y Estados Unidos. El tira y afloja comercial con Europa, amenazando y luego posponiendo aranceles en función de acuerdos sobre Groenlandia, es una prueba de que la cohesión histórica entre aliados está bajo estrés constante.
Mientras tanto, dentro de Estados Unidos mismo, movimientos de protesta —como las bautizadas No Kings— reflejan que una parte significativa de la ciudadanía ve al presidente como un actor que excede los límites institucionales y camina peligrosamente cerca del autoritarismo percibido.
¿Hacia dónde va Estados Unidos?

El resultado de todo este combo es una nación obsesionada por la confrontación, donde cada frontera —física o diplomática— se vuelve un campo de batalla. Trump, alabado por sus partidarios como un outsider disruptivo o criticado por otros como riesgo para la democracia, encarna esta tensión.
Desde Minneapolis hasta Groenlandia; desde Caracas hasta las oficinas de la OTAN, su liderazgo plantea una pregunta incómoda: ¿está Estados Unidos redefiniendo su papel en el mundo o desmoronando pilares tradicionales de cooperación y seguridad? Lo que es indiscutible es que, con cada declaración impredecible, cada amenaza arancelaria y cada operativo polarizador, la incertidumbre se ha convertido en una constante. Y en política internacional, la incertidumbre es a menudo el peor enemigo de la estabilidad.

