El siglo XVII. Siglo de la miseria y de la pobreza

Por Manuel Núñez Asencio

Cien años de miseria en Santo Domingo (1600-1700) es una obra concebida contra la comodidad de la historiografía establecida. Frank Peña Pérez no escribe para añadir un capítulo más a la historia conocida, sino para desplazar el eje mismo desde el cual se ha pensado el pasado dominicano. El libro nace de una voluntad doble, académica y cívica. Por un lado, aspira a llenar un vacío historiográfico evidente; por otro, busca rescatar un tiempo fundacional cuya comprensión resulta indispensable para explicar la formación histórica del pueblo dominicano. El siglo XVII, tradicionalmente presentado como un simple paréntesis de decadencia, es reinterpretado aquí como un período decisivo, no por sus logros materiales, sino por las condiciones extremas en que se forjó una sociedad nueva. Para el autor, es en medio del aislamiento, la pobreza y el abandono metropolitano donde comienza a perfilarse el “verdadero hombre dominicano”, con sus hábitos culturales, su psicología colectiva y su peculiar relación con el poder.

El oeste de la isla, esa tierra que muchos prefirieron olvidar, emerge en la obra de Peña Pérez como un escenario vital, no como un prólogo ajeno a la historia dominicana, sino como un capítulo fundacional escrito sobre suelo español. Allí, entre 1606 y 1700, se gestaron acontecimientos que marcaron el destino de Santo Domingo, pero que la tradición historiográfica —cautiva de prejuicios y por desconocimiento— prefirió relegar al silencio.

Las Devastaciones de Osorio, lejos de ser un simple castigo al contrabando, fueron un error de cálculo monumental. La Corona, en su afán de control, despobló el noroeste y abrió las puertas a lo inevitable: la ocupación extranjera. Los hatos arrasados —120 de ellos—, el ganado perdido —más de 100,000 reses, de las que solo un 15% pudo salvarse—, y las haciendas reducidas a escombros, no fueron solo cifras de un desastre económico. Fueron el germen de un vacío que atrajo a bucaneros y colonos franceses, quienes, sobre las ruinas de la administración española, levantaron lo que sería Saint-Domingue.

Peña Pérez desmonta, con datos y lucidez, el mito de la sociedad hatera como columna vertebral del siglo XVII. Tras las devastaciones, el hato perdió su centralidad, y la economía colonial se redujo a la subsistencia: jengibre, cacao, y luego, en un retroceso casi prehistórico, la caza de animales salvajes y la recolección de frutos. La élite de antaño, dueña de ingenios y hatos, cedió su lugar a una casta de oficiales y prestamistas, mientras el situado —esa limosna real— mantenía viva, pero dependiente, a una colonia que, irónicamente, era rica en recursos.

El fracaso no fue de la tierra, sino del sistema: un gobierno ciego a la realidad local, una administración que prefirió la usura a la iniciativa, y una isla condenada a sobrevivir de lo ajeno. Así, el oeste no fue una pérdida inevitable, sino el resultado de una política que confundió el rigor con la ruina

El diagnóstico final es severo. El siglo XVII aparece caracterizado como la “Edad Media del pueblo dominicano”, un período de atraso e involución tan profundos que la sociedad parece colocada al borde de su desaparición histórica. Sin embargo, lejos de tratarse de un mero relato de ruina, la obra insiste en que fue precisamente en esa experiencia de miseria prolongada donde se forjó una identidad colectiva. La pobreza no es presentada como un accidente pasajero ni como un castigo divino, sino como una condición estructural que moldeó al conjunto humano frente al abandono metropolitano y las adversidades constantes.

En suma, Cien años de miseria en Santo Domingo propone una lectura incómoda pero necesaria: la identidad dominicana no nació en la abundancia ni en la gloria, sino en una tensión permanente entre evolución e involución, entre resistencia y precariedad. Al devolver centralidad al siglo XVII, Peña Pérez obliga a repensar los fundamentos mismos de la historia nacional y a reconocer que, en ese largo tiempo de miseria, se incubaron muchas de las continuidades que aún gravitan sobre la sociedad dominicana

Cuando se examina con serenidad el siglo XVII dominicano, sin la prisa del juicio ni la tentación del anacronismo, se advierte que no fue un tiempo de simple obediencia ni de resignación pasiva. Fue también un tiempo de resistencia callada y de huida, dos actitudes complementarias que revelan mejor que cualquier decreto la relación real entre la colonia y el poder imperial. Allí donde la autoridad quiso imponer orden, surgieron gestos de autonomía; donde se pretendió concentrar la población, apareció el movimiento disperso; donde se ordenó permanecer, muchos eligieron marcharse.

Las consecuencias económicas de las despoblaciones de 1606 de la banda occidental fueron devastadoras. La destrucción de ingenios y trapiches aceleró el colapso de la industria azucarera; la pérdida masiva de ganado —del cual solo pudo trasladarse una fracción mínima— dejó el territorio cubierto de reses cimarronas, fuera del control de la administración española. Aquello que había sido riqueza se transformó, paradójicamente, en la base material de la presencia extranjera. Los bucaneros franceses no llegaron a un desierto: llegaron a un espacio abandonado, lleno de recursos sin dueño efectivo. La colonización francesa del oeste no fue una conquista fulminante, sino una ocupación paciente del vacío.

Desde el punto de vista fiscal, la colonia entró en una espiral de dependencia. Las rentas tradicionales resultaron insuficientes; los diezmos, alcabalas y almojarifazgos no alcanzaban para sostener la burocracia ni la defensa. Fue necesario recurrir al situado, primero desde Panamá y luego desde Nueva España. Este subsidio evitó el colapso total, pero al precio de consolidar una economía desligada de su base productiva. Santo Domingo sobrevivía gracias a recursos externos, no por su capacidad de generar riqueza. Se formó así una sociedad administrada, sostenida desde fuera, cada vez más distante de la lógica creadora del trabajo.

En el plano social, la despoblación forzosa produjo una dispersión rural que dio origen a nuevos grupos humanos: conuqueros, monteros, maroteros, campesinos arcaicos cuya existencia se organizaba en torno a la subsistencia. De esta vida dispersa nació una cultura criolla marcada por la autosuficiencia mínima, la movilidad y la adaptación al medio. No fue una cultura de abundancia ni de grandes empresas, sino de resistencia cotidiana. En ella puede rastrearse el germen de una identidad dominicana temprana, forjada no en la ciudad ni en el mercado, sino en el campo abierto y en los márgenes del sistema imperial.

Así, la resistencia armada de Guaba y la huida hacia Cuba no son episodios marginales, sino claves interpretativas del siglo XVII. Revelan que el pueblo que comenzaba a formarse en Santo Domingo no aceptó pasivamente su destino, aunque tampoco tuviera los medios para transformarlo de manera decisiva. Entre la rebelión y el éxodo, entre la obediencia forzada y la adaptación silenciosa, se fue configurando una experiencia histórica común: la de un país que aprendió a sobrevivir en medio del abandono. Y en esa experiencia, más que en las leyes o los tratados, se encuentra una de las raíces más profundas de la historia dominicana.

El abismo demográfico. ¿Que nos dicen los censos?

El siglo XVII marcó el ocaso demográfico de Santo Domingo, una colonia que pasó de ser cabeza de imperio a un territorio en franca agonia. En 1606, el gobernador Osorio registró apenas 1,117 vecinos blancos —cabezas de familia— distribuidos en diez poblaciones, con Santo Domingo como núcleo urbano reducido a 648 habitantes, mientras los esclavos, columna vertebral de la economía agrícola, superaban los 10,000, dedicados principalmente al cultivo de jengibre y casabe. Sin embargo, para 1650, la población blanca se había contraído a 1,021 vecinos, una disminución que reflejaba no solo el estancamiento, sino el inicio de un éxodo masivo hacia tierras más prósperas. La crisis se agravó con las epidemias de viruelas (1666 y 1669), que segaron más de 3,000 vidas, y los desastres naturales —terremotos en 1671 y 1673, huracanes en 1668 y 1672—, que destruyeron cultivos básicos como la yuca y el plátano, profundizando el hambre y la emigración. Para 1678, el arzobispo Fernández Navarrete advirtió con clarividencia el colapso inminente: la isla, antes dominada por españoles, se encaminaba hacia un futuro de negros y mulatos, como confirmó el censo de 1681, donde las 6,312 «almas de confesión» se dividían casi equitativamente entre españoles (2,434), esclavos (2,195) y pardos libres (1,640). La Corona intentó paliar el despoblamiento con la llegada de familias canarias (108 en 1684 y 21 en 1698), pero su impacto fue insignificante frente a la hemorragia demográfica. Más significativo —y paradójico— fue el asentamiento de esclavos cimarrones en San Lorenzo de los Minas, a quienes se otorgó libertad a cambio de trabajar la tierra y defender la colonia, ironía de un sistema que los había esclavizado. Según Amadeo Julián, las causas del declive fueron múltiples: desequilibrio biológico (alta mortalidad y baja natalidad), emigración constante de las élites hacia Cuba y Puerto Rico, inmigración insuficiente, y una crisis social donde la pobreza extrema disuadía los matrimonios y la reproducción, mientras los hombres, aferrados a un orgullo anacrónico, preferían la ociosidad al trabajo. Así, la sociedad blanca, incapaz de regenerarse, cedió espacio a una nueva composición étnica, mientras la isla, antes faro de las Indias, se convertía en un escenario de abandono, miseria y supervivencia precaria, donde incluso los esfuerzos de repoblación resultaban gotas de agua en un cántaro roto.

Una sociedad deshecha

El  Santo Domingo del siglo XVII fue un infierno de miseria, corrupción y hambre, donde la grandeza de antaño se pudrió bajo el sol implacable de la decadencia. Rodrigo Pimentel, ese capitoste del cual nos hace un cabal retrato doña Maria Ugarte (Estampas coloniales) gobernó durante medio siglo con mano de hierro y alma de usurero, extrayendo de los vecinos hasta el último real mediante préstamos leoninos, mientras desfalcaba el situado —la limosna de México— y traficaba con esclavos traídos de Curazao como si fueran mercancía de pacotilla. Su fortuna, amasada con la sangre de los pobres, se codeaba con el crimen: amancebado con Isabel de Ledesma, ordenó degollar a su rival, el capitán Juan Agustín, y la justicia, cómplice, miró hacia otro lado. La Iglesia, ahogada en su propia penuria, bendecía con una mano lo que maldecía con la otra: mientras el arzobispo Navarrete fulminaba contra los mulatos que lucían encajes de Holanda en medio del hambre, las monjas veían a sus criadas prostituirse para llevar un mendrugo al convento, y las damas nobles, avergonzadas de sus harapos, solo osaban salir de noche, como sombras, a esconder su miseria tras el velo de la oscuridad. La mesa del dominicano era un testimonio de indigencia: casabe duro como su suerte, plátano verde por falta de qué echar al fuego, y, cuando había suerte, un trozo de cecina salada que envenenaba el estómago o una gallina de guinea cazada a duras penas. El trigo, ese lujo de civilización, había desaparecido, y en su lugar reinaba la dieta del conuco: batata, yautía, auyama, y, en los días peores, hasta hicotea o tortuga para engañar el hambre. Mientras, en las calles, el vicio florecía como maleza: el juego, la brujería, el contrabando y la mala vida eran el pan de cada día, y los hombres, sin oficio ni esperanza, se entregaban al ocio y al azar, como si el mañana no existiera. La frontera con los franceses, marcada a sangre y fuego en la Batalla de Sabana Real (1691), no era más que un espejismo de soberanía: España ya no tenía hombres para defender lo que una vez fue suyo, y la isla, dividida entre dos banderas, se hundía en un mar de provisionalidad y abandono. Así, entre la usura de Pimentel, las pestes que diezmaban a los esclavos, y una Corona que solo enviaba migajas, Santo Domingo vegetó, no vivió, aprendiendo a sobrevivir entre el casabe y la desesperanza, con el alma marcada por el sello indeleble de la ruina.

Como se ve, la proyección de las devastaciones de Osorio de 1605 y 1606  llevo a la formación  de la incipiente colonia francesa de Saint Domingue (1697-1804). En cuarenta años, se fraguo en La Tortuga la colonización francesa. De allí se extendió a La Española, pareció decaer definitivamente tras la batalla de Sabana Real de la Limonade de 1691,  pero España carecía de población para repoblar ese territorio, hasta cederlo finalmente en el castillo de Ryswick en 1697. Así quedo sellada la dualidad étnica, social y territorial que dividió definitivamente a la  isla de Santo Domingo.

Referencias bibliográficas

Ugarte, M. (1998). Estampas coloniales: Volumen II (Siglos XVII-XVIII-XIX). Santo Domingo, República Dominicana: Comisión Permanente de la Feria Nacional del LibroFinal del formulario

Páez Piantini, W. (2001). Relaciones domínico-haitianas: 300 años de historia. Recopilación de documentos desde el 1678 hasta el 2000. Secretaría de Estado de Relaciones Exteriores, Escuela Diplomática y Consular.

Peña Batlle, M. A. (1988). Historia de la cuestión fronteriza domínico-haitiana (2a ed.). Sociedad Dominicana de Bibliófilos, Inc. (Obra original publicada en 1946).

Deive, C. E. (1988). La mala vida: Delincuencia y picaresca en la colonia española de Santo Domingo. Fundación Cultural Dominicana.

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