Opositores desafían el miedo y exigen libertad en Venezuela tras la caída de Maduro
CARACAS, 5 Feb. — Andrés Velásquez no se quedó para convertirse en otro crítico del gobierno encarcelado tras las elecciones presidenciales de Venezuela de 2024.
El exgobernador, que había recorrido Venezuela haciendo campaña por el oponente del entonces presidente Nicolás Maduro en la disputada contienda, se dejó crecer una espesa barba, envió a sus hijos al exilio y evitó eventos públicos que pudieran exponerlo a ser arrestado.
Pero tras el derrocamiento de Maduro por parte de Estados Unidos, reunió el valor para hablar. Primero, el 19 de enero, Velásquez, con su nuevo aspecto, apareció en un video en el que expresó su apoyo a la destitución de Maduro mientras pedía nuevas elecciones. Luego, unos días después, se arriesgó aún más, grabando un breve video frente a la infame prisión de Helicoide en Caracas, la capital, para exigir la liberación de todos los presos políticos.
“No puede quedar un solo preso por razones políticas y debe desmontarse todo el aparato de represión del régimen”, dijo Velásquez en el video. “Venezuela será libre”.
Velásquez no está solo. Desde la destitución de Maduro, varios críticos prominentes han comenzado a salir de la clandestinidad para poner a prueba los límites del discurso político tras años de silencio autoimpuesto impulsado por el miedo. Los venezolanos comunes también van dejando atrás la moderación, y las familias de activistas encarcelados protestan frente a las prisiones mientras que quienes han sido liberados desafían las órdenes de silencio que suelen imponerse como condición para su liberación. Mientras tanto, los medios de comunicación han comenzado a reabrir sus ondas a voces críticas desterradas en los últimos años.
¿Una glasnost en Venezuela?
La liberalización política, aunque incipiente, fue comparada por Velásquez con la glasnost, refiriéndose a la era de reformas y mayor libertad en el debate público que precedió al colapso de la Unión Soviética. Pero a diferencia de esa y de otras aperturas democráticas, esta ocurre casi enteramente bajo la tutela del gobierno del presidente Donald Trump, que ha utilizado una combinación de incentivos financieros y amenazas de más ataques militares para cumplir su aparentemente improbable promesa de “dirigir” Venezuela desde Washington.
Aún se ignora cuál es el objetivo final de las maniobras del gobierno de Trump. Aunque la Casa Blanca ha elogiado la disposición de la presidenta interina Delcy Rodríguez para asociarse con Estados Unidos y abrir las vastas reservas de petróleo de Venezuela, combatir las redes criminales y frenar la influencia de los adversarios estadounidenses Irán y Rusia, los opositores del gobierno han expresado su preocupación de que sus demandas de elecciones y la restauración de la democracia podrían retrasarse indefinidamente.
La semana pasada, Rodríguez, una aliada de larga data de Maduro, anunció planes para una amnistía general que podría liberar a cientos de líderes opositores, periodistas y activistas de derechos humanos detenidos por razones políticas. También anunció el cierre de Helicoide, jurando transformar el edificio en espiral —un ícono arquitectónico futurista transfigurado en un símbolo de las mazmorras de Maduro— en un complejo deportivo y cultural para la policía y los residentes de los barrios marginales circundantes.
“Que sea una ley que sirva para reparar las heridas que ha dejado la confrontación política, desde la violencia, desde el extremismo”, dijo en un evento, rodeada de incondicionales del partido gobernante.
Pedro Vaca, el principal experto en libertad de expresión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, el organismo defensor más respetado de la región, dijo que las pocas “migajas” ofrecidas por la administración de Rodríguez no sustituyen a un poder judicial y una aplicación de la ley independientes.
“El espacio cívico de Venezuela sigue siendo un desierto”, dijo Vaca, quien, durante meses, ha tratado de obtener permiso de las autoridades venezolanas para encabezar una misión de evaluación sobre el terreno en el país. “Las pocas voces críticas que emergen son semillas que rompen el suelo endurecido, y sobreviven no porque exista libertad, sino porque la represión se ha relajado aunque sigue presente. Seamos claros: esto no marca un punto de inflexión democrático”.
La autocensura se profundiza tras las elecciones de 2024
El pluralismo político se erosionó gravemente en Venezuela después de que Maduro asumiera la presidencia tras la muerte de Hugo Chávez en 2013. Las protestas antigubernamentales y los episodios de disturbios civiles fueron aplastados sistemáticamente por fuerzas de seguridad cuya lealtad al autoproclamado líder socialista resultó inquebrantable, aunque impotente frente a un ejército estadounidense muy superior.
La autocensura se profundizó tras las elecciones de julio de 2024, cuando Maduro lanzó una ola de represión marcada por miles de detenciones arbitrarias tras desconocer las pruebas que mostraban que había perdido la disputada contienda ante el candidato opositor, Edmundo González, por un margen de más de dos a uno.
Los disidentes se escondieron, y los pocos medios de comunicación independientes que quedaban suavizaron su ya cautelosa cobertura por temor a ser desconectados.
En una entrevista con la AP, Velásquez dijo que continuará poniendo a prueba los límites de la actividad política permitida, pero sigue siendo cauteloso porque el aparato represivo del estado sigue completamente bajo el control de Rodríguez y sus aliados.
“Hay que seguir ganando terreno, desafiando el poder… Se abrió una oportunidad y no podemos dejarla cerrar”, afirmó. “El mayor obstáculo es el miedo”.
Busca organizar un evento público en las próximas semanas, con otros opositores al gobierno que han salido recientemente de la clandestinidad. Entre ellos está Delsa Solórzano, una exlegisladora que también fue una figura destacada de la campaña presidencial de la oposición en 2024. Solórzano reapareció públicamente la semana pasada en una inusual conferencia de prensa para su partido, describiendo con lágrimas cómo tuvo que tomar vitamina D para compensar la falta de luz solar mientras vivía en la clandestinidad.
“No me resguardé porque haya cometido ningún delito, sino porque aquí luchar por la libertad se convirtió en un altísimo riesgo contra tu vida”, afirmó.
Aliados de Rodríguez se resisten a la liberalización política
Los medios de comunicación también han comenzado a mostrar más fuerza.
Venevisión, que como la mayoría de las redes privadas dejó de cubrir críticamente al gobierno en los últimos años, ha reabierto sus ondas a voces antigubernamentales, cubriendo cada movimiento de la líder opositora María Corina Machado en Washington desde la captura de Maduro.
Mientras tanto, Globovisión, la mayor cadena privada del país, cuyo propietario está sancionado por Estados Unidos por sus vínculos con Maduro, invitó de nuevo al prominente comentarista Vladimir Villegas por primera vez en años.
Villegas se ganó una reputación por navegar hábilmente las ya restringidas ondas venezolanas al mantener a los opositores acérrimos del gobierno fuera de su influyente programa de entrevistas políticas. Pero el programa fue cancelado abruptamente en 2020 cuando Villegas criticó a Maduro por obligar a DirecTV a transmitir la televisión estatal en violación de las sanciones estadounidenses, un acto que obligó al proveedor de televisión satelital —y su variedad de medios de noticias internacionales— a abandonar el país.
La propia Rodríguez no ha participado en ningún debate público significativo sobre los problemas de la nación, aparte de anunciar la creación de una comisión asesora sobre coexistencia política que será encabezada por el hermano de Villegas, el ministro de Cultura Ernesto Villegas.
Pero algunos de sus aliados parecen decididos a acallar cualquier crítica. Mientras tanto, las autoridades aún no han restaurado el acceso completo a la plataforma de redes sociales X, que Maduro bloqueó después de que su propietario, el multimillonario Elon Musk, lo acusara de robar las elecciones de 2024.
En respuesta a la cobertura de Venevisión sobre la reunión de Machado en Washington con el secretario de Estado Marco Rubio, el ministro del Interior Diosdado Cabello —un partidario de la línea dura que enfrenta una orden de arresto por drogas en Estados Unidos— acusó a los medios de jugar en un complot de la ganadora del Premio Nobel para sembrar el caos en Venezuela.
“Sin estridencia mediática, su figura se diluye. Sin titulares, simplemente desaparece”, advirtió Cabello en la televisión estatal, señalando la cobertura de Venevisión.
Pero incluso en la televisión estatal —que durante mucho tiempo fue un bastión de propaganda progubernamental y control ideológico— han comenzado a aparecer grietas.
Un ejemplo: la reciente gira de Rodríguez por un campus universitario en Caracas en la que fue confrontada por un pequeño grupo de estudiantes que se manifestaban. Aunque la televisión estatal no mencionó las demandas de los estudiantes, la escena en sí —en la que se mostró a Rodríguez separándose calmadamente de su séquito de seguridad para “intercambiar ideas” con lo que el locutor llamó activistas de “partidos extremistas”— hubiera sido impensable hace unas semanas.
En el régimen de Maduro, incluso la crítica más leve era enterrada en la televisión estatal, y las transmisiones de los frecuentes mítines y eventos al aire libre del presidente dejaron de emitirse en vivo tras una serie de embarazosas interrupciones, incluida una visita en 2016 a la isla Margarita en la que fue expulsado por un grupo de enfurecidos manifestantes que golpeaban cacerolas.
Inspirándose en activistas encarcelados
Aunque el panorama para una futura transición democrática en Venezuela sigue siendo desconocido, los opositores al gobierno esperan que Rodríguez desate fuerzas que están más allá de su control. Mientras tanto, siguen inspirándose en aquellos que sufrieron la represión de primera mano.
El periodista y activista político Carlos Julio Rojas pasó 638 días en una prisión venezolana donde, como docenas de prisioneros, fue esposado repetidamente, se le negó la luz solar y fue confinado a una pequeña celda sin cama, a veces durante semanas, según su propio testimonio.
El mes pasado, cuando fue liberado como parte de un gesto de buena voluntad anunciado por Rodríguez, dice que se le ordenó no hablar nunca del abuso.
Su silencio obligado duró apenas 15 días.
“Para mí, el no hablar era que todavía me sentía preso. No hablar era una forma de tortura ”, afirmó Rojas, quien fue acusado sin pruebas de participar en un complot de asesinato en 2024 contra Maduro. Por ello, dijo, decidió quitarse la mordaza y hablar. (AP)

