¿Fue el 2020 un choque económico permanente?
Por Rolando M. Guzmán y Magdalena Lizardo
En los cuatro últimos decenios, la economía dominicana atravesó tres momentos en los que el nivel de producción se redujo. Los tres episodios fueron profundamente disruptivos, pero cada uno tuvo un proceso de recuperación particular. En 1990, el PIB se contrajo 5.5% y atravesó un periodo de bajo crecimiento. Posteriormente, su expansión se aceleró hasta superar el ritmo anterior a la crisis, y el producto comenzó a converger hacia la trayectoria que habría tenido si la crisis no hubiera ocurrido.
En el segundo episodio, 2003-04, una contracción de 1.9% del PIB fue seguida de inmediato de una recuperación vigorosa. En este caso, sólo fueron necesarios tres años para que la producción sobrepasara la senda de expansión precrisis. En el tercer episodio, que tuvo lugar con la pandemia de 2020, el producto se contrajo en 7.1% y se observó un intenso rebote en 2021, pero el crecimiento posterior ha sido menor que el logrado en el quinquenio previo a la pandemia. En consecuencia, la brecha entre la trayectoria actual y la senda precrisis no se ha cerrado, sino que tiende a ampliarse. Una pregunta de vital importancia es si aceleraremos de aquí en adelante hasta recuperar el trayecto anterior, como ocurrió en las crisis anteriores, o si seguiremos un camino divergente.
La respuesta requiere entender las causas del bajo crecimiento de los años recientes, un tema sobre el cual han surgido análisis muy interesantes. La mayor parte de ellos enfatiza factores coyunturales que inciden en la demanda agregada, como las altas tasas de interés o el bajo crecimiento del crédito. Otros han destacado el débil crecimiento de la inversión pública y del consumo. Todos estos elementos seguramente influyen en la moderación del crecimiento a corto plazo. Sin embargo, desde una perspectiva temporal más amplia emerge un factor más sutil pero igualmente preocupante: la contribución de la productividad al dinamismo de la economía ha venido cayendo de manera sistemática. Según estimaciones del Banco Mundial, entre 2010 y 2015, alrededor de un tercio del crecimiento del PIB se explicó por aumentos de productividad; entre 2016 y 2020, solo el 2%. A la vez, nuestras estimaciones sugieren que el nivel de productividad prácticamente se estancó durante los cinco años siguientes. La cantidad de capital y las horas trabajadas han crecido, pero el producto no se expande a la velocidad de otros tiempos. Es claro que estamos enfrentando un problema estructural, en adición a (o en lugar de) cualquier problema cíclico de demanda.
Las causas probables son múltiples, y solo mencionamos algunas. Un elemento obvio proviene de los rezagos en la formación del capital humano y de su correspondencia con las competencias requeridas. El bajo nivel de inversión en infraestructura pública —en su papel de complemento al capital productivo privado— podría tener igual trascendencia, y refleja restricciones fiscales de carácter permanente. A esto se suman obstáculos institucionales que dificultan la asignación eficiente de recursos, así como cuellos de botella persistentes en los servicios básicos. Algunos de esos elementos, aunque han estado presentes desde antes, parecen haberse intensificado en el período pospandemia, en el marco de las incertidumbres del contexto mundial. En suma, existen indicios claros de que la caída del crecimiento no debe interpretarse como un fenómeno de este o aquel año, ni atribuible a una administración u otra. Es el reflejo de una condición crónica que limita la capacidad de mantener un crecimiento sostenido y alto.
Lo anterior no implica abandonar la gestión de la demanda agregada en aras de un largo plazo en el que todos estaremos muertos, sino un llamado a ver la coyuntura desde una perspectiva más comprehensiva. Una expansión del gasto (sea público o privado) no constituye por sí misma una solución de fondo a problemas estructurales, y aunque puede ser necesaria dentro de ciertos límites, también puede ser inflacionaria si se exagera la dosis. Esto último es especialmente relevante en un contexto en el que la inflación ronda el límite superior del rango meta establecido por el Banco Central, la tasa de desocupación es relativamente baja y la participación laboral alcanza niveles históricos. Nuestro reto es cómo abordar el problema cíclico de corto plazo y el tendencial de baja productividad, sabiendo que cada uno demanda decisiones, instrumentos y tiempos distintos. Profundizar en el diagnóstico y acordar una estrategia de acción debería ocupar un lugar prioritario en la agenda de economistas, funcionarios, líderes empresariales y dirigentes sindicales.
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