RD: Crónica de un país en el dilema de reinventarse

Por Milton Olivo

Santo Domingo amanece como siempre: el sol golpea temprano, el tránsito ruge, y en los colmados se habla de lo mismo… el precio de los alimentos, la gasolina, la incertidumbre. No es una conversación aislada; es el eco local de una crisis global que aprieta silenciosamente.

El mundo tiembla sobre una base inestable. Las guerras reconfiguran los mercados, la inflación erosiona los ingresos, y el petróleo —ese viejo motor del siglo XX— comienza a mostrar signos de agotamiento estructural.

Lo que antes era abundancia hoy se convierte en tensión. Y en medio de ese tablero convulso, la República Dominicana sigue avanzando… pero sobre una cuerda floja.

Porque, aunque crecemos, dependemos.  Dependemos de barcos que traen alimentos. Dependemos de combustibles que no producimos. Dependemos de un turismo que no controlamos.  Y esa dependencia, en tiempos normales, pasa desapercibida. Pero en tiempos de crisis… se convierte en vulnerabilidad.

El mundo cambió… y nosotros aún no

La crisis no llegó de golpe. Se fue formando, como una tormenta en el horizonte: lenta, acumulativa, inevitable. Primero fue la pandemia, luego los conflictos internacionales, después la disrupción de las cadenas de suministro. Hoy, el golpe es más profundo: una crisis energética global que amenaza con redefinir la economía mundial.

El petróleo, que durante décadas sostuvo el crecimiento, ya no es garantía de estabilidad. Sus precios son volátiles, su disponibilidad incierta, y su impacto ambiental insostenible. Las grandes potencias lo saben… y se están moviendo.   La pregunta es inevitable:  ¿Dónde queda la República Dominicana en este nuevo orden?

Un país con debilidades… y un potencial inmenso

La realidad es clara. Somos un país con limitaciones estructurales: Importamos gran parte de lo que consumimos. Nuestra matriz energética depende del exterior. Nuestra industria es débil. La basura, lejos de ser recurso, sigue siendo problema .

Pero también somos un país con ventajas que pocos tienen: Sol todo el año. Tierra fértil. Ubicación estratégica. Estabilidad relativa. Un pueblo trabajador y resiliente. Es decir, no somos pobres en recursos… somos pobres en modelo de desarrollo.

La crisis como punto de quiebre

En los momentos críticos, las naciones toman decisiones que definen su destino por generaciones. Y este es uno de esos momentos.  Porque la crisis no solo amenaza… también revela.  Revela nuestras debilidades, pero también nuestras oportunidades. Y es aquí donde comienza a tomar forma una idea poderosa: transformar el modelo económico dominicano desde sus cimientos.

Sembrar el futuro: volver a la tierra

En los barrios, en los patios, en los techos… podría estar la primera gran revolución.  La seguridad alimentaria ya no es un discurso romántico, es una necesidad estratégica. Producir alimentos en casa, en comunidades, en municipios… no solo reduce la dependencia, sino que crea empleo, abarata costos y fortalece el tejido social.  Imaginar miles de familias sembrando, produciendo, intercambiando…no es retroceder. Es avanzar con inteligencia.

E imaginar la RD construyendo un tejido de agroindustrias provinciales para estar en capacidad de procesar la producción agropecuaria. No costando un centavo al Estado, si luego de construidas, su inversión es convertida en acciones de mil pesos y vendidas a la población, a emigrados o inversionistas internacionales.

El sol como nueva riqueza

Mientras el petróleo encarece la vida, el sol sigue brillando gratis sobre cada techo dominicano.  La transición energética no es una opción ideológica, es una necesidad económica. Paneles solares en hogares, (con financiamientos donde las familias paguen mensual la misma cantidad de sus recibos de energía) comunidades energéticas, transporte eléctrico… no son sueños lejanos, son soluciones urgentes. El país que logre independizarse energéticamente… tendrá una ventaja competitiva decisiva.

Cuando la basura deja de ser basura

Cada día, toneladas de residuos terminan en vertederos, perdiendo valor. Pero en un mundo que avanza hacia la economía circular, eso es simplemente dinero enterrado. Reciclar, reutilizar, transformar… no solo limpia la ciudad, crea riqueza.

Empresas comunitarias, industrias del reciclaje, generación de energía a partir de desechos… todo eso ya existe en otras partes del mundo.  La diferencia es que allá lo ven como negocio.
Aquí, aún lo vemos como problema.

Producir o depender: la decisión inevitable

No hay desarrollo sin producción. Es una verdad simple, pero ignorada.  El país necesita industrializarse, aunque sea de forma inteligente y progresiva. Procesar lo que producimos, fabricar lo que consumimos, exportar valor agregado. Cada producto que importamos pudiendo producirlo aquí… es una oportunidad perdida.

El mar, el gran olvidado

Rodeados de agua, con kilómetros de costa, la República Dominicana aún no explota plenamente su potencial marítimo.  Pesca, acuicultura, turismo ecológico, economía azul… el mar no es frontera. Es oportunidad.

El momento de decidir

Las grandes transformaciones no ocurren por accidente. Requieren visión, liderazgo y, sobre todo, decisión.  La República Dominicana está frente a una encrucijada histórica: Seguir dependiendo de un modelo vulnerable… o construir una economía resiliente, productiva y soberana. No se trata de ideología.  Se trata de supervivencia y de grandeza.

El futuro no se improvisa

Quizás dentro de algunos años, cuando se mire hacia atrás, este momento será recordado como el punto de quiebre.  El instante en que un país pequeño decidió pensar en grande. El momento en que dejó de reaccionar… para empezar a construir. Porque al final, las naciones no se definen por las crisis que enfrentan, sino por lo que hacen con ellas.

Y la República Dominicana, si así lo decide, puede no solo resistir esta crisis… puede salir de ella convertida en una potencia regional.

El autor es  presidente de la Corriente Quisqueya Potencia-PRM y precandidato a la Secretaria General Nacional-PRM

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