Las familias en Irán sufren el cierre de escuelas, aunque los ataques aéreos han cesado
TEHERÁN, Irán, 18 abril. — Mahnaz Ataei, una gerente financiera en Teherán, lleva a su hijo de 7 años a la oficina y supervisa sus clases online mientras intenta hacer su trabajo.
Las escuelas están cerradas en todo Irán desde que Estados Unidos e Israel iniciaron la guerra el 28 de febrero, sin que se sepa cuándo se reanudará la enseñanza presencial. El temor a los bombardeos ha disminuido desde la entrada en vigor un frágil alto el fuego, pero la vida no ha vuelto a la normalidad.
Igual que los confinamientos por el COVID de hace seis años, la situación es especialmente difícil para los padres que trabajan y tienen niños pequeños.
“Mi productividad baja cuando tengo que prestar atención a mi hijo y a mi trabajo al mismo tiempo”, afirmó Ataei. “La parte más difícil es intentar crear un equilibrio entre el trabajo y las clases en línea, y estar siempre estresada por si realmente está aprendiendo bien sus lecciones”.
La guerra mató al menos a 3.000 personas en Irán, incluidas más de 165 en un ataque a una escuela primaria. Está previsto que el alto el fuego expire a comienzos de la próxima semana, y Estados Unidos e Irán siguen alejados en cuestiones clave como el uranio enriquecido de Teherán. El bloqueo naval estadounidense podría dañar aún más la economía iraní, ya de por sí hundida.
Más seguro, pero no más fácil
Muchos padres huyeron de Teherán con sus hijos cuando comenzaron los bombardeos. Pero la relativa seguridad se ha conseguido a costa de la alteración de las rutinas, la vida en espacios abarrotados y el estrés financiero. Ahora luchan por retomar la normalidad en sus vidas sin tener idea de qué les deparará el futuro.
“Siento que estoy suspendida: ni en el aire ni en el suelo”, dijo Roya Amiri, un ama de casa que regresó recientemente a Teherán tras haberse ido con sus dos hijos, de 10 y 18 años, pocos días después del inicio de la guerra.
La familia se sumó a los cientos de miles de iraníes que abandonaron la capital y otras ciudades en busca de seguridad en zonas rurales o en el norte, relativamente intacto. Se alojaron con familiares, con 15 personas viviendo bajo un mismo techo.
Las tensiones se agudizaron entre los niños al estar apiñados en espacios reducidos y al verse alteradas sus rutinas —y el sueño. Su hijo de 10 años tiene una enfermedad respiratoria y les costó encontrar su medicación.
Las escuelas cerraron tras los primeros ataques y reanudaron brevemente su actividad con clases online durante una semana en marzo, antes de la festividad del año nuevo o nowruz. La enseñanza a distancia se retomó el 4 de abril.
A pesar del riesgo de que el conflicto se reavivara en la capital, Amiri dijo que sentía que regresar a Teherán era la decisión correcta. Si la guerra estalla de nuevo, planea quedarse en su casa.
“Estaba cansada de vivir en comunidad. Quería volver a mi propia casa y a mi rutina”, apuntó. “Extrañaba Teherán”.
Reza Jafari y su esposa llevaron a sus hijos a quedarse con la familia de ella, en otra casa que pronto se llenó con más de una docena de parientes y familiares políticos.
“Como el sonido de las explosiones era angustiante y mis hijos estaban aterrados, salí de Teherán por su tranquilidad”, explicó. “Me alegró estar con familiares. Se sintió como una oportunidad forzada, pero valiosa, para reconectar”.
Los niños parecían adaptarse más rápido, rodeados de abuelos, primos y de una actividad constante, apuntó. Fueron los adultos quienes lidiaron con la interrupción del sueño, la pérdida de privacidad, la presión financiera y el agotamiento que conlleva ser huésped durante semanas, por cálida que sea la acogida.
La vida a toda velocidad
La arquitecta Padideh Teymourian y su esposo, Amir Ramezani, dueño de una joyería, han tenido que reorganizar sus vidas en torno al colegio infantil online de su hija de 6 años.
La oficina de Teymourian retomó la actividad tras las vacaciones y no permite trabajar remoto, contó. A los empleados que no se presentaron se les dijo que solicitaran una licencia sin sueldo.
Sus mañanas comienzan con prisas para preparar un aula improvisada en casa. Uno de los dos tiene que sentarse con la niña durante todas sus clases, asegurándose de que tenga abierto el libro correcto y de que vaya siguiendo la lección.
Ramezani modificó su horario para poder quedarse en casa durante el día. Teymourian se hace cargo por la tarde, echando mano de permisos por horas para cubrir los huecos. “El horario de trabajo de mi esposo se ha visto completamente alterado, y yo también tomo alrededor de una hora y media de permiso por horas todos los días”, explicó.
Ramezani suele regresar a casa tarde por la noche, cuando su hija se ha ido a dormir. Las cenas familiares son poco frecuentes.
“Esto ha puesto una presión económica y emocional sobre los dos”, manifestó. “La vida pasa a toda velocidad… Ni siquiera te das cuenta de cómo el día se convierte en noche. Solo estamos dejando pasar el tiempo hasta que las cosas vuelvan a ser como eran”. (AP)

