Opinión

Las personas con la que Trump no puede negociar

Por David French

Columnista de Opinión

La guerra en Irán ha revelado la verdadera debilidad del presidente Donald Trump. Hay un tipo de persona que realmente lo desconcierta, la persona a la que simplemente no puede comprender: el verdadero creyente.

La principal idea política de Trump (y quizá su mayor ventaja) radica en que comprendió que los estadounidenses no éramos lo bastante cínicos respecto a muchos de nuestros políticos. Aunque ya sospechábamos que anteponían el poder a los principios, no teníamos ni idea de la magnitud del asunto. Él veía a nuestros políticos con más claridad que nosotros, quizá porque había pasado toda una vida en su presencia, extendiéndoles grandes cheques mientras oía sus promesas vacías.

Y lo demostró al colocar una gran zanahoria y un gigantesco palo delante de la clase política republicana, y luego vimos cómo prácticamente todos se ponían en fila.

Vale la pena subrayar el tamaño de la zanahoria y el palo. Primero, la zanahoria: unirte a Trump no solo significa que obtienes acceso a la habitación donde todo sucede, por utilizar la memorable frase de Lin-Manuel Miranda. Para un número considerable de partidarios, significa acceder a un grado de autonomía e impunidad prácticamente desconocido en la política estadounidense moderna.

Como aseguran que dijo Corey Lewandowski cuando estaba en el Departamento de Seguridad Nacional: “No me preocupa. Hago lo que me da la gana. DJT me indultará”. Unirse a Trump dio a las élites republicanas acceso a una riqueza y un poder que recuerdan más a una república bananera que a una democracia constitucional.

Pero se trataba de algo más que unirse a Trump: cuanto más profunda sea tu devoción, mayores serán tus oportunidades. La devoción profunda, no los logros personales, se convirtió en el requisito más importante para ocupar un alto cargo. Por ejemplo, escribe una serie de libros infantiles alabando al “Rey Donald”, y podrás llegar a ser director del FBI.

Por el contrario, rompe con Trump, y te enfrentarás a un apocalipsis personal y profesional. Los senadores republicanos del estado de Indiana volvieron a aprender esa lección el martes por la noche: la mayoría de los republicanos que se negaron a redistritar el estado para hacerlo más favorable a su partido perdieron las primarias, y no estuvo reñido.

Trump no es un hombre que valore la disidencia, por decirlo suavemente. La idea de un “equipo de rivales” le resulta completamente ajena. Habla con casi cualquier persona destacada que rompa con Trump, y podrá contarte historias de días terroríficos y noches en vela mientras los secuaces de MAGA convertían sus vidas en un infierno.

En el núcleo de la visión del mundo de Trump está la creencia de que el mundo es un lugar fundamentalmente transaccional, y que todo el mundo tiene un precio.

El Partido Republicano no ha hecho nada para sacarlo de esa idea. Incluso los líderes religiosos que lo rodean buscan fundamentalmente transacciones. Como han demostrado, soportarán prácticamente cualquier comportamiento de Trump con tal de que cumpla unas cuantas promesas sencillas. Y ahora —en especial en lo que se refiere al aborto— ni siquiera tiene que cumplirlas. Para algunos parece como si solo el acceso al poder fuera una compensación suficiente.

La clave del poder de Trump no reside solo en que intuyó con acierto que gran parte de la clase dirigente republicana defendía los principios solo en apariencia, pero en realidad solo le importaba el poder; reside en que sabía que millones y millones de votantes poseían valores similares. Sus compromisos con el carácter o la ideología pasaron a un segundo plano ante el simple deseo de derrotar a sus oponentes. Lo más importante era ganar. Cualquier otra cosa era un lujo.

Y, de una forma extraña, lo apreciaban por su descaro. Desde este punto de vista cínico, todos los políticos son, en el fondo, como Trump. Fingían su compromiso con los principios. En cuanto a Trump, era el delincuente honesto. Era como el jefe de la mafia que no insultaba nuestra inteligencia y fingía dedicarse al negocio de la limpieza.

Los semejantes se atraen, y con el tiempo Trump ha construido una de las coaliciones más puramente transaccionales de la política. No debería sorprender a nadie que los pastores del evangelio de la prosperidad fueran de los primeros cristianos en responder al llamado de Trump. Toda su religión es un intercambio: Dios dispensa salud y riqueza en respuesta directa a los donativos económicos de los fieles.

Tampoco debería sorprendernos que una proporción tan sustancial de los magnates de la tecnología del país se hayan unido a MAGA. Olvídate de la cultura, su política está supeditada al comercio, y Trump ha prometido riquezas criptográficas y de IA a todos aquellos que se alineen detrás de él.

Desde los indultos hasta los mercados de predicción, la naturaleza transaccional del gobierno de Trump es quizá su característica más evidente. Y las personas que piensan en términos de intercambio suelen tranquilizar su propia conciencia con la creencia de que, en última instancia, todos los demás también piensan así. La única cuestión es su precio.

Pero eso es erróneo. No todo el mundo es transaccional. Algunas personas —para bien y para mal— realmente tienen convicciones por las que están dispuestas a morir, y Trump se siente dolorosa y obviamente desconcertado cuando se encuentra con creencias así.

Es vergonzoso, por ejemplo, verlo dar tumbos en la guerra de Irán, cambiando de estrategias, objetivos y plazos, a veces de un día para otro. Es obvio que pensó que Irán sería otra Venezuela. En Venezuela, pudo capturar al líder y luego doblegar más o menos a su voluntad a los elementos restantes del régimen, al menos hasta el momento.

Pero en Irán, ayudó a Israel a decapitar prácticamente a todos los altos dirigentes del país, y el resto del régimen parece haberse vuelto más intransigente y menos dispuesto a negociar. Peor aún, también parece haber activado a los elementos más fanáticos del régimen —el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica— en lugar de a los clérigos ligeramente más moderados.

En respuesta, Trump juega las únicas cartas que sabe jugar: alterna amenazas de muerte y destrucción con propuestas de acuerdos comerciales. ¿Recuerdas cuando consideró una “empresa conjunta” para controlar el estrecho de Ormuz con Irán?

Resulta que hay una inmensa diferencia entre tu típica autocracia sudamericana y el chiismo duodecimano, la religión dominante del régimen iraní. Amenazar de muerte a quien está dispuesto a morir por su causa no tiene el mismo efecto que amenazar a quien busca principalmente riqueza y poder. También están muy dispuestos a hacer que otras personas mueran también por su causa, y eso significa que el régimen iraní (como la Rusia de Vladimir Putin) soportará bajas catastróficas sin que su compromiso se tambalee ni se vea tentado a ceder.

¿Por qué Trump no ha podido forzar el fin de la guerra de Ucrania? Hay verdaderos creyentes en ambos bandos. Los ucranianos no cederán voluntariamente ni un milímetro ante quien quiere destruirlos, y Putin está imbuido de su propio sentido de propósito religioso y destino histórico.

Una vez más, esta creencia verdadera puede ser buena o mala. La celosa defensa de Ucrania de su propia libertad e independencia es heroica y profundamente virtuosa. También lo es la defensa de Dinamarca de su propia soberanía frente a la intimidación de Trump. De hecho, gran parte de Europa Occidental era transaccional con Trump hasta que se dieron cuenta de que el precio de tratar con Trump era sencillamente demasiado alto para pagarlo.

Pensaron que podrían agazaparse y sortear otro mandato de Trump, pero este creó una crisis tan grave que Europa tuvo que mantenerse firme si quería preservar cualquier atisbo de dignidad e independencia.

La firme adhesión del papa a la doctrina católica es otro ejemplo. Uno tiene la sensación de que casi le divierte la idea de que la retórica belicosa de Trump influya en absoluto en sus profesiones públicas de fe cristiana.

En su país, Trump se ha sentido obviamente desconcertado por los jueces que se apegan obstinadamente a los principios y parecen inmunes a sus bravatas. La fidelidad constitucional le es ajena. No puede entender por qué los jueces que nombró no hacen exactamente lo que él quiere.

Al mismo tiempo, no es casualidad que los miembros de la coalición MAGA más propensos a romper con él sean los excéntricos y conspiracionistas, gente como Marjorie Taylor Greene, Alex Jones e incluso Tucker Carlson. Entraron en la coalición MAGA como verdaderos creyentes, y son quienes parecen realmente indignados cuando Trump rompe sus promesas y traiciona su confianza.

Uno de los aspectos más fascinantes de los últimos 10 años de la vida política estadounidense ha sido la forma en que Trump ha puesto al descubierto profundas divisiones en la vida estadounidense que van más allá de la derecha frente a la izquierda. De hecho, en muchos sentidos la derecha frente a la izquierda ha sido el aspecto menos consecuente de la polarización estadounidense. El Partido Republicano guarda poca semejanza ideológica consigo mismo, incluso en el pasado más reciente.

En su lugar, se trata de la dicotomía entre lo decente y lo indecente. Lo honesto y lo deshonesto. Lo oportunista y lo íntegro.

Fuente: The New York Times

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