Nos estamos autoengañando
Por Bernardo Vega
Primero Trump y luego Putin acaban de hacer su peregrinaje a Pekín. El primero consiguió un pedido grande para aviones, y el segundo aparentemente más cosas, pero la solución al cierre del estrecho de Ormuz y su consecuente efecto sobre los altos precios del petróleo aparentemente no se encontró.
La mayoría de los países han tenido que aumentar el precio al consumidor de la gasolina y el gasoil dado los incrementos en el precio del crudo. En Estados Unidos, desde el inicio de las actividades bélicas entre Israel, Estados Unidos e Irán, el precio de la gasolina ha subido un 48,9 %; en Europa, un 56 %, y en la mayoría de los países centroamericanos, un 30 %. Sin embargo, aquí la gasolina regular apenas ha subido un 11 %, el gasoil un 13 % y el gas propano ha permanecido congelado. Mientras en otros países se le solicita a la población que trabaje desde los hogares para ahorrar costos de transporte y se intensifica el uso del transporte colectivo, como en el nuestro no han subido mucho los precios, eso no se pone en práctica.
Pero nos estamos autoengañando. La gasolina y otros combustibles suben muy poco gracias a un enorme incremento en el subsidio del Gobierno que ha aumentado trece veces con relación al nivel previo al conflicto bélico. Como ha explicado un colega economista, «para quien consume gasolina y gasoil es como si el petróleo rondara los US$ 72 el barril» y no los US$ 100 actuales. ¿Y de dónde ha conseguido el Gobierno tanto dinero para cubrir no solo el incremento en el costo del subsidio a los combustibles, sino también el enorme incremento en el costo de la electricidad, cuyo precio al consumidor lleva meses sin ser modificado a pesar de los aumentos en el carbón y el gas propano, materias primas para producir luz?
El Gobierno no ha indicado los cambios presupuestales necesarios para lograr la gran reorientación, pero ya hace pocos días envió al Congreso un préstamo por 200 millones de dólares de la Corporación Andina de Fomento, cuyo propósito es simplemente alivio presupuestal. Es decir, que el país se está endeudando en moneda extranjera para mantener subsidiada la luz y los combustibles, generando presiones a futuras generaciones. Presumiblemente, el Gobierno también está sacrificando inversiones públicas para encontrar dinero con qué cubrir los incrementos en los dos déficits energéticos. Ya ha anunciado ahorros en gastos corrientes.
Todo indica que los precios internacionales del petróleo por mucho tiempo no bajarán, y uno se pregunta hasta cuándo el Gobierno podrá asumir un costo que en otros países lo asume el consumidor.
Es obvio que el Gobierno quiere evitar aumentar la inflación, que ya está en un 5,1 %, por encima del objetivo tope del 4 %, a pesar de que puede claramente alegar que se debe a factores externos al país. Pero lograr mantener los precios de la energía por debajo de su costo real tiene implicaciones presupuestales que cada semana se van acumulando. El déficit fiscal está aumentando y afectando nuestra capacidad de endeudamiento. ¿Hasta cuándo?
Esta política necesariamente afectará nuestro crecimiento, programado en un saludable 3,8 %, pero ya difícilmente lograble, así como la generación de empleos. El costo del choque petrolero no hay quien nos lo quite de encima por más esfuerzos del Gobierno y, mientras más tarde se sinceren los precios, más costoso políticamente será el ajuste. En Estados Unidos, para evitar que sigan aumentando los precios, se está considerando prohibir las exportaciones de combustible, lo que nos obligaría, no a repetir la tragedia cubana, pero sí a buscar otras fuentes de combustible, ya sea en México, Curazao, Brasil o en países africanos.
La verdadera solución, a mediano plazo, es imitar a Uruguay, país que a partir del 2008 comenzó a construir molinos de viento y ya el 40 % de su consumo de energía tiene esa fuente, lo que, junto con los paneles solares, ha logrado que el 89,5 % de su producción de electricidad provenga de fuentes renovables, eliminando millones de dólares en importaciones. Eso lo ha complementado con el auspicio de incentivos para vehículos eléctricos, que consumen luz y no gasolina.
Hoy
