Caamaño disparó hasta la última bala

Miguel Franjul

En las primeras horas de la tarde del 16 de febrero, el rumor se había esparcido por todo el país, causando una sensación generalizada de pena, creando una especie de toque de queda en las ciudades e incesantes llamadas a las redacciones de los periódicos y radioemisoras: Caamaño ha muerto.

Las Fuerzas Armadas emitieron un comunicado informando que Caamaño, de 41 años y otros dos guerrilleros, Heberto Lalane José (de 27 años) y Wellington Ascanio Peterson Pieterzs (que luego el error fue corregido y en su lugar divulgado el de Alfredo Pérez Vargas, de 26 años) habían caído en la sección Nizao, de San José de Ocoa, en un combate con los soldados que se produjo a las 3:30 de la tarde. Cuatro miembros del Ejército, según el comunicado, resultaron heridos. Eran estos el primer teniente Francisco Israel Vásquez Cuevas y los rasos Ramón Lora Céspedes, Cristóbal Félix y Juan Eligio Lantigua Guzmán, adscritos al Batallón Juan Pablo Duarte de la Primera Brigada.

El comunicado añadió que las Fuerzas Armadas “continúan muy de cerca la persecución de los restantes miembros del grupo querrillero”.

Dos días después que se difundiera la noticia oficialmente, un todavía apesadumbrado Bosch llegaba a su nuevo escondite: el apartamento de un rico empresario soltero, ligado al ramo de los seguros, en la calle 22, del ensanche Serrallés. Esa noche lo acompañaba su guardaespaldas Ramón Lantigua, ya que los restantes miembros de la seguridad personal, López Mora y el ex-sargento Cuevas Medrano, estaban de descanso.

En una conversación franca con su nuevo anfitrión, Bosch le dijo que Caamaño era el único dominicano que en esos momentos reunía dos condiciones excepcionales al mismo tiempo: la de líder militar y líder político, y bastante impresionado por su muerte, se llevó las dos manos al rostro y  con lágrimas en los ojos se lamentaba:

“Caamaño no tenía derecho a dejarse matar; no tenía derecho a dejarse matar…”

Las imágenes de Caamaño muerto

La prensa divulgó dos días después del día 16, fecha en que se anunció la muerte de Caamaño y sus dos compañeros, las primeras fotografías de los cadáveres. Para tales fines se acordó en una reunión en el Palacio Nacional con los diferentes medios de comunicación que solamente irían tres representantes al lugar de los combates: el periodista José Goudy Pratt, de El Caribe, con el encargo de que su nota fuese publicada por todos los diarios simultáneamente; Antonio García Valoy, reportero gráfico del Listín Diario, que distribuiría las gráficas a los demás medios y por Eladio Guzmán (Güico) un camarógrafo de la Columbia Broadcasting System (CBS).

Los cadáveres estaban a un lado de la carretera entre La Nevera y Valle Nuevo. El de Caamaño estaba en el centro. “Los tres vestían traje verde olivo de campaña, del denominado chamaco, y los tres tenían barba de más de dos semanas. Bajo la camisa llevaban suéteres corrientes de lana. El del jefe guerrillero muerto era de color gris.”- indicaba el relato.

“Las botas habían sido quitadas a los cuerpos sin vida y en los pies de Caamaño se veían varias tiras de esparadrapo, del tipo denominado “curitas”. Debido al intenso frío imperante en la zona, los cuerpos no se habían descompuesto. Bajo un pedazo de tela de saco que alguien había puesto sobre el cuerpo de Lalane José, era visible el muñón del brazo izquierdo de éste, amarrado con una tira de goma o cuero. Las características físicas del que fuera líder del bando constitucionalista en la contienda armada de 1965, eran inconfundibles.

El reportero que identificó el cadáver de Caamaño conocía a éste desde la época de la escuela primaria. Ahora estaba mucho más delgado que lo usual, con el vientre hundido, pero su pecho aparecía, como siempre, ancho y fuerte. Era Caamaño, con su frente despejada. Y todos los rasgos fáciles de reconocer. Sus ojos, al igual que los de sus compañeros estaban ligeramente abiertos. Eran notorias heridas de bala en el vientre y una en el centro y otra en el lado izquierdo, y otra más encima de la ceja derecha, con profunda salida en el cráneo, entre la frente y la sien. Los labios del jefe guerrillero muerto estaban distendidos, en lo que podía tomarse como una leve sonrisa, y Caamaño parecía dormir…”

Los periodistas formularon numerosas preguntas al secretario militar, contralmirante Jiménez hijo así como al jefe de las operaciones militares, general de brigada Juan René Beauchamps Javier, sobre la forma en que se produjeron los combates.

Explicaron que Caamaño y sus compañeros fueron cercados el jueves 15 en la noche en un área boscosa del lado sur de la carretera entre La Nevera y la llanura de Nizao. Una tropa regular ordenó el “alto” a los guerrilleros, sin disparar, pero Caamaño y sus hombres, haciendo un rodeo, evadieron el cerco y cruzaron la carretera hacia el Noroeste.

“En ese momento-dijeron los jefes militares- pasaba por la vía un camión del Ejército que conducía a varios militares, entre ellos uno que había resultado herido. Los guerrilleros abrieron fuego contra el camión, haciéndole 43 impactos directos de proyectiles, y luego completaron la emboscada lanzándole una granada fragmentaria que hirió a todos sus soldados. Herido de tres balazos, el chofer del camión pudo continuar la marcha de manera veloz hasta llegar a un campamento instalado en la planicie de Nizao. Caamaño y sus hombres se internaron entonces entre los pinares del lado Noreste de la carretera eludiendo intensos tiroteos”.

“Al día siguiente -prosigue la narración de los jefes militares- los insurgentes fueron cercados por las tropas frente a la zona conocida como Arabia, densamente boscosa, y cayeron. Ellos pelearon. Ellos presentaron batalla. Caamaño disparó hasta la última bala”.

Extracto del libro “Bosch, noventa días de clandestinidad”, escrito por Miguel Franjul en 1998.

Fuente Listín Diario

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