COLABORACIÓN

Las vacunas y el derecho a ser tontos

Edgar Lantigua[email protected]

De mu c h a – chos, con frecuencia nos sentábamos en el Parque Regalado o parque de los juegos, frente al cuartel de bomberos de Puerto Plata, a escuchar los cuentos de pequeños grupos de adultos que se sentaban allí.

En una de esas veladas, creo haber escuchado por primera vez los cuentos de Juan Bobo y Pedro Animal, no sé si también los del general Checo, testimonios de la inocencia, la falta de entendimiento y las tonterías de sus personajes.

Imposible olvidar aquel del general Checo en que este, de visita en Nueva York ante una máquina de refrescos deposita una moneda de 5 centavos y la máquina enciende un letrero indicando que debe depositar una de 10, un dime, en inglés, que el obtuso general interpreta como la pregunta ¿dime? Por lo que se acerca a la máquina para decirle que le dé una Coca Cola. En la radio solíamos escuchar a los cómicos cubanos, mofarse de los gallegos como personas de poco entendimiento, un estereotipo cuya falsedad hemos comprobado más de una vez. Créanme, de los gallegos que he conocido no tienen un pelo de tontos. Estas referencias vienen a cuento a propósito de las tonterías que uno escucha entre quienes se oponen por miedo, ignorancia o por creer en teorías conspirativas, a las vacunas contra la Covid-19.

El gobierno ha dispuesto esta semana un cambio en su estrategia para el combate de la enfermedad al eliminar el toque de queda e imponer mecanismos para exigir la presentación de la tarjeta de vacunas, en centros de trabajo y otros lugares.

Que tanto influyó en este cambio, cuando no hemos alcanzado el 70% de vacunados, la necesidad de introducir en el ambiente un tema diferente a los que dominaron la semana, a saber; el asesinato de la arquitecta Leslie Rosado y los Papeles de Pandora son, en esencia, otro tema. La decisión pone en el tapete nuevamente la gran cantidad de personas que aún se resisten a ser vacunadas, por lo que en el informe del 10 de octubre de VacunateRD, apenas llegamos al 58% a nivel nacional. Cuesta decirlo, pero algunas reticencias a las vacunas rayan en la más simple estupidez. Da pena ver cómo personas iletradas, analfabetos funcionales, al igual que profesionales con más de un título universitario, se resisten a ser vacunados con los más pueriles argumentos. Con razón dice mi compadre que: “Lo que natura no da, Salamanca no presta”. De Bolsonaro, el señor Trump y sus seguidores, mejor ni hablar. Hay quien todavía cree que con la vacuna nos inyectarán un chip. No les basta saber que aún la ciencia no llega al chip líquido que tome forma dentro del cuerpo. Tal vez mañana. Ayer alguien argumentaba que un amigo, después de ponerse la vacuna, estuvo “casi quince días enfermo”, razón de sobra para él no vacunarse. Incluso contemplaba la posibilidad de ver si encontraba a alguien que le vendiera una tarjeta falsa.

Unos se amparan en videos que circulan en las redes de gente que ellos ni siquiera saben quiénes son, pero que afirman esto o lo otro para oponerse a las vacunas. Tampoco sirven, para ellos, las estadísticas que comprueban que hoy el 90% de los hospitalizados no están vacunados.

Se plantean incluso si la medida constituye una violación de sus derechos constitucionales, no dudemos que ahora quieran que se declare inconstitucional hasta la obligatoriedad de las vacunas que recibieron cuando chiquitos y hasta que haya que indemnizarlos por habérselas puesto sin su permiso. No será necesario parafrasear a Clinton y decirles que hasta el momento la única forma efectiva de contener la Covid-19 “es la vacuna, estúpido”, al fin al cabo cada quien tiene derecho a ser tonto o a creer en tonterías.

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