El drenaje de divisas del choque petrolero al sostener crecimiento del PIB en 4%
Haivanjoe Ng Cortiñas
La economía dominicana mejora su eficiencia energética, pero sigue enfrentando una restricción externa: crecer implica transferir miles de millones de dólares al exterior para financiar su consumo de petróleo.
En la discusión económica nacional, el petróleo suele analizarse desde su manifestación más visible: el precio de los combustibles. Cada semana, el ajuste de los precios internos concentra la atención pública, mediática e incluso de buena parte del análisis económico. Sin embargo, esa focalización, aunque comprensible, resulta limitada. El verdadero impacto del petróleo sobre la economía dominicana se percibe en las cuentas externas del país, donde opera como un mecanismo persistente de drenaje de divisas.
Esta concentración en el precio semanal introduce una distorsión relevante: se termina evaluando el fenómeno petrolero por su efecto inmediato sobre el consumidor, mientras se ignoran sus implicaciones estructurales sobre la balanza de pagos y las finanzas públicas. En otras palabras, se discute el síntoma, pero no la enfermedad.
Cada año, la República Dominicana transfiere al exterior miles de millones de dólares para sostener su consumo energético. De acuerdo con cifras del Banco Central de la República Dominicana, la factura petrolera ha oscilado en los últimos años entre aproximadamente 4,500 y 7,500 millones de dólares, representando entre un 3.5% y un 7% del producto interno bruto. Este flujo no es marginal: constituye uno de los principales componentes del déficit comercial y una de las mayores fuentes de presión estructural sobre la balanza de pagos.
Pero más allá de su magnitud, lo que convierte al petróleo en un factor crítico es su carácter inelástico. A diferencia de otros bienes importados, el consumo de hidrocarburos no puede ajustarse rápidamente sin afectar la actividad económica. El transporte, la generación eléctrica y buena parte de la logística productiva dependen directamente de estos insumos. En consecuencia, la importación de petróleo no es una elección discrecional, sino una condición necesaria para el funcionamiento de la economía.
Es precisamente esta rigidez la que explica por qué el petróleo actúa como una restricción externa energética. Su precio no se determina internamente, no responde a decisiones de política económica nacional, y sin embargo condiciona de manera directa variables clave como el tipo de cambio, la inflación y el balance fiscal. Cada incremento en el precio internacional del crudo se traduce en una mayor salida de divisas, intensificando las presiones macroeconómicas.
Un aumento de apenas 10 dólares por barril puede implicar, dadas las magnitudes actuales de consumo, un incremento cercano a los 700 millones de dólares en la factura petrolera anual. Este efecto no solo amplía el déficit externo, sino que también obliga a respuestas internas que terminan redistribuyendo el impacto, pero no eliminándolo, como es el caso del reciente anuncio de reasignación del gasto público.
Aquí es donde la fijación semanal de los precios de los combustibles vuelve a jugar un papel engañoso. Cuando las autoridades optan por contener los precios mediante subsidios, se genera la percepción de que el impacto del petróleo ha sido mitigado o incluso neutralizado. Sin embargo, lo que realmente ocurre es un desplazamiento del costo: el consumidor deja de pagarlo directamente y más recientemente lo hace parcialmente, pero el Estado lo asume a través de mayores erogaciones fiscales.
El resultado es una doble invisibilización. Por un lado, el drenaje de divisas continúa intacto y en crecimiento en el frente externo; por otro, su costo fiscal queda diluido en el presupuesto público. Así, el país sigue pagando el choque petrolero, pero sin una percepción clara de su magnitud real. Esto convierte al petróleo no solo en un factor de presión externa, sino también en un determinante clave de la sostenibilidad de las finanzas públicas.
La economía dominicana sí ha registrado avances en eficiencia energética. De hecho, los datos más recientes muestran una mejora sostenida en la relación entre consumo de petróleo y producción económica. Mientras en 2019 la economía requería aproximadamente 0.79 barriles de petróleo por cada mil dólares de PIB, para 2024 esa cifra se había reducido a cerca de 0.56 barriles, y para 2025 en torno a 0.54 barriles por cada mil dólares de producto interno. Esto implica una mejora acumulada de más de un 30% en eficiencia energética, debido a la diversificación de la matriz de consumo.
Sin embargo, esta mejora no elimina la vulnerabilidad estructural. La razón es simple: todo el petróleo que se consume es importado y pagado en dólares. Esta realidad se vuelve aún más evidente cuando se proyecta el desempeño económico hacia 2026. Con un crecimiento estimado entre 3.75% y 4.0%, el tamaño de la economía dominicana se ubicaría en torno a los US$ 143,000 a YS$ 144,000 millones. Para sostener ese nivel de actividad, el país requeriría importar aproximadamente 75 millones de barriles de petróleo y derivados.
Bajo este escenario, el drenaje de divisas dependerá críticamente del precio internacional del crudo:
● A un precio promedio de 80 dólares por barril, la factura petrolera rondaría los 6,000 millones de dólares
● Si el precio se eleva a 90 dólares, el drenaje aumentaría a unos 6,750 millones de dólares
● En un escenario de mayor tensión, con precios cercanos a 105 dólares, la erogación de divisas podría alcanzar aproximadamente 7,875 millones de dólares
Estas cifras no son menores. Implican que para sostener un crecimiento económico cercano al 4%, la economía dominicana tendría que transferir al exterior entre 6,000 y casi 8,000 millones de dólares en importaciones de energía.
Lo descrito revela con claridad la naturaleza del problema: el crecimiento económico no solo genera ingresos, sino también una demanda estructural de divisas para financiar su base energética.
Desde una perspectiva macroeconómica, implica que el crecimiento está condicionado por un factor externo. En fases de expansión, la demanda de energía tiende a aumentar, lo que incrementa la necesidad de importaciones de hidrocarburos. Si este incremento coincide con un contexto internacional de altos precios, el resultado es una intensificación del drenaje de divisas, con posibles efectos en cadena sobre el tipo de cambio, la inflación, si operara un sistema de mercado y no un sistema de precios administrado y el balance fiscal como resultado de la ampliación de la política de subsidios.
En ese escenario, el petróleo actúa como un amplificador de los ciclos económicos y como un canal de transmisión de choques externos hacia la economía interna, con un alcance que dependerá de la duración del conflicto en el medio oriente y de la capacidad presupuestaria para identificar mayores montos a contener los precios de los combustibles.
La implicación de política es profunda. Mientras la estructura energética del país dependa mayoritariamente de combustibles importados, la economía dominicana seguirá enfrentando un límite implícito a su crecimiento sostenido. Este límite no es visible en el corto plazo, pero se manifiesta recurrentemente en episodios de presión externa, ajustes fiscales o tensiones inflacionarias.
Por ello, el debate económico no debería centrarse exclusivamente en la gestión coyuntural de los precios de los combustibles. Esa discusión, aunque necesaria, es incompleta. El verdadero desafío consiste en abordar la raíz del problema: la dependencia estructural de una fuente de energía importada que actúa como el principal drenaje de divisas del país.
Reducir la intensidad petrolera es un paso importante, pero no suficiente. La prioridad estratégica debe ser avanzar hacia una matriz energética más diversificada, resiliente y menos dependiente de choques externos.
En ausencia de esta transformación, el país continuará operando bajo una lógica en la que parte significativa de su crecimiento económico se traduce en una transferencia de recursos hacia el exterior.
En definitiva, el petróleo no es solo un insumo energético: es un determinante macroeconómico de primer orden. Ignorar su papel como principal drenaje de divisas conduce a diagnósticos incompletos y a políticas que abordan los síntomas, pero no la causa del problema.
La pregunta recurrente relevante no debe ser solo cuánto subirán los combustibles la próxima semana, sino, además, cuánto más puede crecer una economía cuya base energética depende de un mercado externo que no controla y que, en momentos de tensión, actúa como un mecanismo de extracción de divisas.
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