El gobierno “estaba preparado”… hasta que llegó la realidad

Hay frases que envejecen mal. Y luego está aquella pronunciada por la vicepresidenta Raquel Peña apenas comenzaban a caer los misiles de Estados Unidos e Israel sobre Teherán: “Estamos preparados para enfrentar esta crisis”.
La intención probablemente era buena. Transmitir calma. Llevar tranquilidad. Dar la sensación de que en el Palacio Nacional alguien tenía el timón firme mientras el mundo comenzaba a incendiarse otra vez. El problema no fue la frase en sí, sino lo que vino después. O peor: lo que no vino.
Porque la población dominicana nunca logró conectar con el discurso oficial sobre la crisis derivada de la guerra en Medio Oriente. No lo entiende. No lo asimila. No lo siente coherente. Y en política, cuando la narrativa no coincide con la realidad cotidiana, el ciudadano deja de escuchar y empieza a sospechar.
Es cierto que nadie tenía una bola de cristal para prever la magnitud exacta del conflicto. Pero también es verdad que desde el primer día cualquier analista mínimamente informado sabía que una guerra en el Golfo Pérsico tendría consecuencias inmediatas sobre el petróleo. Irán y los países de la región abastecen una parte vital del mercado energético mundial, y el solo riesgo de cierre del estrecho de Ormuz —ruta estratégica para el tránsito petrolero— bastaba para disparar los precios internacionales.
Eso no era adivinación. Era geopolítica básica.

Sin embargo, el gobierno dominicano pareció reaccionar más desde la emoción que desde la planificación. Más preocupado por transmitir optimismo que por explicar con crudeza lo que podía venir. Una actitud muy propia de administraciones que confunden comunicación con gestión y marketing con gobernanza.
Pasaron apenas semanas antes de que llegaran las alzas en prácticamente todos los combustibles. El Gas Licuado de Petróleo y el gas natural fueron liberados. Y eso ocurrió pese a que el propio gobierno había anunciado una reserva presupuestaria de entre 8 y 10 mil millones de pesos para enfrentar el “choque petrolero”.
Entonces surge la pregunta inevitable: ¿de verdad había un plan o simplemente se estaba improvisando sobre la marcha?
Porque cuando las medidas llegan atropelladas, cuando las decisiones parecen responder al último incendio y no a una estrategia estructurada, la percepción pública cambia. Y cambia rápido.
Después vino la llamada “consulta nacional”. Un ejercicio que buscaba proyectar unidad frente a la crisis, pero que terminó convertido en una incómoda exhibición de debilidad política. Los expresidentes Danilo Medina y Leonel Fernández recibieron a los emisarios gubernamentales, sí, pero ambos dejaron claro —con elegante ironía— que nadie les presentó un plan concreto.
“El gobierno no tiene plan”, disparó Medina.

Fernández, más diplomático pero igual de incisivo, condicionó cualquier respaldo a que las medidas no afectaran a la población. Una condición prácticamente imposible en un país donde cualquier ajuste termina cayendo, directa o indirectamente, sobre los hombros de la clase media y los sectores más vulnerables.
Y mientras eso ocurría en el plano político, desde el gobierno y el sector empresarial se insistía en minimizar los efectos de la crisis. Yayo Sanz Lovatón aseguró que ningún producto de la canasta básica había aumentado de precio. César Dargam, desde el CONEP, garantizaba que no había escasez ni impacto significativo sobre el aparato productivo.
Todo estaba bien. O al menos eso decían.
Pero apenas 48 o 72 horas después llegó el famoso “tijerazo presupuestario”.
De repente apareció un Consejo de Ministros anunciando recortes para ahorrar 40 mil millones de pesos. Reducción de gastos operativos. Recortes en publicidad estatal. Disminución del 50 % de los fondos a los partidos políticos —una especie de castigo colectivo por no alinearse con el relato oficial— y una política de contención que inevitablemente afectará el ritmo de la economía.
Porque en países como República Dominicana el gasto público no es simplemente una variable técnica. Es gasolina para el consumo, el comercio y el crecimiento. Cuando el gobierno frena, el mercado lo siente.
Y ahí es donde la narrativa oficial vuelve a chocar con la realidad.

Si hace días la crisis “no se sentía”, ¿por qué entonces hay que recortar 40 mil millones? Si el aparato productivo estaba intacto, ¿por qué actuar con medidas de emergencia? Si todo estaba bajo control, ¿por qué la sensación generalizada de incertidumbre?
La población no necesita discursos tranquilizantes. Necesita sinceridad. Necesita que le expliquen el tamaño real del problema y las consecuencias posibles. Porque cuando el ciudadano percibe contradicciones entre lo que escucha y lo que vive, aparece el peor enemigo de cualquier gobierno: la desconfianza.
Y mientras la guerra siga extendiéndose y el petróleo continúe tensionado, habrá que ver cuánto resisten los bolsillos dominicanos. Especialmente los de quienes viven al día, lejos de las ruedas de prensa, de las mesas de diálogo y de las frases cuidadosamente ensayadas para la televisión.
Porque la realidad, a diferencia de la propaganda, no admite maquillaje.

