El matrimonio heterosexual está en declive. Para saber la razón, preguntémosles a las mujeres solteras

Por Anna Louie Sussman

Sussman escribe sobre género, relaciones y reproducción.

The New York Times

Sarah Camino llevaba dos años en una relación cuando descubrió que estaba embarazada. El padre, al que conoció cuando ambos trabajaban en un restaurante de Times Square, se mostró entusiasmado al principio. Pero había estado consumiendo drogas, y lo habían despedido de sus cuatro últimos trabajos; cuando ella se atrevió a decirle que le daba miedo acabar criando al hijo ella sola, él se puso a la defensiva y se marchó. Ahora Camino y su hija viven con los padres de ella en Florida, y él no forma parte de sus vidas.

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Camino, esteticista y empleada de hostelería, cumple todas las condiciones del grupo demográfico que en los últimos meses ha sido objeto de consejos por parte de una serie de columnistas y escritores que han abogado por la promoción y la priorización del matrimonio, a veces en aras de la felicidad en general, pero más a menudo por el bienestar de los hijos.

Camino es una madre soltera de 37 años sin título universitario. Se preocupa mucho por la felicidad de su hija y por darle un buen futuro. Sin embargo, cuando le pregunté qué opinaba sobre el consejo de casarse, se mostró escéptica: “No creo que las cosas sean perfectas así”, me dijo. Ella había previsto seguir con el padre, pero no fue eso lo que ocurrió. “No pensé que fuese a abandonarme así”, dijo.

Recientemente, los opinadores tienden a posicionarse como iconoclastas que dicen verdades incómodas: las familias biparentales suelen dar mejor resultado para los niños, escribe Megan McArdle en The Washington Post, pero “por diversas razones”, prosigue, “son demasiadas las veces en que esto no se dice”, a pesar de que los analistas y expertos en políticas que pregonan sus ideas llevan décadas diciéndoles a las personas (heterosexuales) que se casen por el bien de sus hijos. Brad Wilcox, del Institute for Family Studies, que hace poco se burló de “la idea de que el amor, y no el matrimonio, es lo que forma una familia”, ha escrito un libro, de próxima publicación, titulado Get Married: Why Americans Must Defy the Elites, Forge Strong Families, and Save Civilization (que se traduciría algo así como “Cásate: por qué los estadounidenses deben desafiar a las élites, formar familias fuertes y salvar la civilización”). Todas estas reprimendas suelen basarse en los mismos estudios académicos, ahora recopilados por la economista Melissa Kearney en su nuevo libro The Two-Parent Privilege: How Americans Stopped Getting Married and Started Falling Behind (“El privilegio biparental: cómo los estadounidenses dejaron de casarse y empezaron a quedarse atrás”), que muestra por qué a los niños con dos figuras parentales les va mucho mejor en diversos aspectos de la vida que a los que son criados por padres o madres solteros, que en la inmensa mayoría de los casos son madres.

Puede que esto sea perfectamente cierto. Pero cuando se insiste desde lo alto de la torre de marfil en que la gente se case, no se tiene en cuenta la realidad a la que se enfrentan sobre el terreno las mujeres heterosexuales de diversas condiciones sociales: el estado de los hombres hoy en día. Después de haber escrito durante años sobre género, relaciones y reproducción, me sorprende con qué ligereza estas exhortaciones a casarse ignoran la experiencia de las personas. Una mirada más detallada a la realidad de cómo es, para las mujeres heterosexuales, salir con hombres y qué se siente puede explicar en gran medida por qué las tasas de matrimonio son más bajas de lo que preferirían los expertos en políticas públicas.

En las ocasiones inusuales en que se pregunta a las mujeres sobre sus experiencias en las relaciones, las respuestas no suelen ser las que alguien querría oír. A finales de la década de 1990, las sociólogas Kathryn Edin y Maria Kefalas entrevistaron a 162 madres solteras con bajos ingresos de Camden, Nueva Jersey, y Filadelfia para saber por qué habían tenido hijos sin estar casadas. “El dinero es rara vez la razón principal”, dicen las madres que ya no están con el padre de sus hijos. Las madres señalan, en su lugar, a problemas mucho más graves, escriben Edin y Kefalas: “Son el abuso de las drogas y el alcohol, la conducta delictiva y la consiguiente encarcelación, la infidelidad recurrente y los patrones de violencia íntima los villanos que más asoman en los testimonios de las madres pobres sobre sus relaciones fallidas”.

Sin embargo, no hace falta una conducta tan nociva para desalentar casarse; a menudo, la mera incompatibilidad o la constancia pueden resultar esquivas. Camino, por ejemplo, se ha aventurado en el mundo de las citas desde que se fue su pareja, pero no ha conocido todavía a nadie que comparta sus valores, que sea divertido y —duda en utilizar la palabra “feminista”— no ponga los ojos en blanco y haga alusión a su menstruación cada vez que ella opina sobre algo. La última persona con la que salió desapareció de pronto, sin previo aviso, después de llevar saliendo con ella cuatro meses. “Hay mujeres que están ahí intentándolo, y los hombres no están preparados”, me dijo. “No les importa, a la mayoría de ellos”. ¿Con quién, exactamente, se supone que se va a casar Camino?

Desde siempre que la gente ha promovido el matrimonio, también se ha venido observando que es difícil encontrar un buen hombre (véanse William Julius Wilson o Nora Ephron en sus primeros tiempos). Pero lo que antes se tachaba de mera queja de mujeres quisquillosas ahora está respaldado por un montón de datos. Los mismos expertos que promocionan el matrimonio también se lamentan de la crisis en los hombres y los niños, lo que ha dado en llamarse la deriva masculina: hombres que abandonan la universidad, el mercado laboral o descuidan su salud. Kearney, por ejemplo, reconoce que mejorar la posición económica de los hombres —en especial los que no poseen título universitario— es un paso importante para que sean parejas más atractivas.

Pero incluso esta señal ignora el aspecto cualitativo de la experiencia de tener citas con hombres, la parte que es difícil de tocar en las encuestas o de abordar con políticas públicas. Daniel Cox, investigador principal del American Enterprise Institute, quien encuestó recientemente a más de 5.000 estadounidenses sobre citas y relaciones, averiguó que casi la mitad de las mujeres con estudios universitarios afirmaron estar solteras porque tenían problemas para encontrar a alguien que cumpliera sus expectativas, frente a un tercio de los hombres. Las entrevistas a fondo, dijo, “fueron aún más descorazonadoras”. Por diversas razones —mensajes contradictorios de la cultura en general sobre la dureza y la vulnerabilidad, la naturaleza orientada a la actividad de las amistades masculinas— parece que, cuando los hombres empiezan a salir con mujeres, se ven relativamente “coartados en su capacidad y voluntad de estar presentes y disponibles, de forma plena, en el plano emocional”, dijo.

Orientarse en las relaciones interpersonales en unos tiempos de evolución de las normas y expectativas de género “requiere un nivel de sensibilidad del que creo que carecen algunos hombres, o no tienen la experiencia”, añadió. Había leído recientemente acerca de un trabajo de escritura creativa en una escuela, en el que se les pidió a los alumnos que se imaginaran un día desde la perspectiva del sexo opuesto. Mientras que las chicas hacían redacciones más detalladas que demostraban que ya habían dedicado bastante tiempo a pensar en el tema, muchos de los chicos se negaban a hacer el ejercicio o lo hacían con resentimiento. Cox lo comparó con las relaciones heterosexuales de hoy en día: “Las chicas hacen de más, y los chicos hacen poco o nada”.

Los partidarios del matrimonio comparan a menudo los patrones de relaciones estables entre los titulados universitarios con la inestabilidad de aquellos con un nivel académico inferior, pero una licenciatura no garantiza ningún anillo de compromiso. En su reciente libro Motherhood on Ice: The Mating Gap and Why Women Freeze Their Eggs (“La maternidad con hielo: la brecha en el emparejamiento y por qué las mujeres congelan sus óvulos”), Marcia Inhorn, antropóloga de Yale, sostiene que las mujeres con estudios universitarios congelan sus óvulos porque son incapaces de encontrar una pareja masculina adecuada: señala una amplia brecha entre el número de mujeres tituladas respecto al de los hombres durante sus años reproductivos, una brecha que se cuenta por millones.

Pero el libro de Inhorn va más allá de estos desajustes cuantitativos y documenta la experiencia cualitativa de las mujeres que buscan pareja activamente: la frustración, el dolor y la decepción. “Casi sin excepción”, escribe, “las mujeres de este estudio se estaban ‘esforzando mucho’ por encontrar una pareja amorosa”, la mayoría a través de sitios web y aplicaciones para buscar pareja. Las mujeres de treinta y muchos años denunciaron una discriminación por edad en internet, y otras dijeron que habían eliminado su doctorado del perfil para no intimidar a posibles parejas, y aún otras descubrieron que los hombres solían ser reacios al compromiso.

Dichas conductas estaban tan extendidas, que Inhorn recopiló una especie de taxonomía de la sinvergonzonería, como los “machos alfa” que “quieren retos en su trabajo, pero no en su pareja” o los “hombres poliamorosos” que afirman que sus diversos vínculos con las mujeres son todos relaciones de “compromiso”. El desglose que hace Inhorn —en la tabla 1,1 del libro— parece la versión académica de todas las quejas que le has escuchado alguna vez a tus amigas solteras.

A una de las mías, con la que fui a la universidad, nada le gustaría más que casarse. Es guapa y exitosa, y no es, por lo que yo sé, demasiado exigente. Ha tenido relaciones largas y valora la intimidad y la estabilidad que proporcionan. Para ello, tiene siempre una nota de Post-it en un tablero de corcho. En ella ha dibujado 10 líneas con 10 círculos cada una. Cada vez que sale con una persona nueva, rellena un círculo. Se ha comprometido a salir al menos con cien en su búsqueda de una pareja masculina con la que pueda formar una familia. En dos años, ha rellenado casi la mitad de los círculos, y todavía sigue soltera. Es como un formulario en el que todas las respuestas son incorrectas. Cuando les pide a sus amigos que le arreglen una cita con alguien, estos le dicen invariablemente que ninguno de sus conocidos sería lo bastante bueno para ella. “Es como: ¿tan mal están, chicos?”, se pregunta asombrada.

Sin duda, muchos hombres son fantásticos como personas y como parejas, y estoy segura de que muchas mujeres son odiosas, peculiares o por lo demás irrespetuosas. Muchas conocemos a esos hombres estupendos —son nuestros amigos, familiares y colegas— y nos encantaría encontrarnos con alguien parecido. Las relaciones son una parte importante de la vida; la compañía es muy grata, y un deseo humano natural. Pero, en vez de reprender a la gente (en su mayoría mujeres, en su mayoría madres solteras) para que se casen por el bien de los hijos, ¿qué tal un poco de empatía ante el hecho de que atravesamos un momento en el que varios factores han dificultado encontrar una compañía significativa?

Hay soluciones políticas que pueden ayudar a todos: subsidios familiares para frenar la pobreza infantil, guarderías para ayudar a las personas solteras con hijos y que trabajan, nueva formación profesional para hombres desempleados, reforma de la educación superior para quienes quieren ir a la universidad pero no pueden asumir el costo. En ese proceso, estas políticas podrían fomentar el matrimonio al proporcionar estabilidad económica. Sin embargo, para atajar de verdad el declive del matrimonio heterosexual, debemos prestar atención a los detalles, y reconocer los aspectos cualitativos de la formación de una relación. Y, en particular, deberíamos escuchar las experiencias de las mujeres que intentan encontrar pareja. Deberíamos preocuparnos por la vida interior, no solo por el nivel educativo o la situación laboral, de los hombres que podrían ser esas parejas.

Todo esto es una propuesta mucho más complicada, sin una solución política clara a la vista. Requiere tomarse en serio las historias de las mujeres solteras y no tratarlas como un cliché con el que hacer chistes, algo que tiene escasos precedentes históricos, pero que algunos académicos están empezando a hacer poco a poco. Pero, a menos que prestemos atención a las experiencias concretas de quienes están en las trincheras de la búsqueda de pareja, limitarse a aconsejar a la gente que se case no solo es francamente desagradable para muchas mujeres que lo están intentando: es que además no va a funcionar.

Anna Louie Sussman es periodista y está trabajando en un libro sobre la reproducción.

The New York Times

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