Opinión

Elon Musk confirma las antiguas preocupaciones sobre los superricos

Por David Lay Williams

Williams es profesor de ciencias políticas y estudia el papel de la desigualdad económica en la historia del pensamiento político.

Desde que Elon Musk se convirtió en el primer billonario del mundo, la gente ha estado intentando comprender la magnitud de su inconcebible fortuna.

Algunos han señalado que una pila de billetes de 100 dólares que sumara un billón de dólares alcanzaría una altura de más de 1000 kilómetros. El economista Steven Durlauf ha observado que la riqueza de John D. Rockefeller llegó a equivaler en su momento a alrededor del 1,5 por ciento del producto interno bruto de Estados Unidos y que la riqueza de Musk ahora asciende al menos al doble, con lo que supera el 3 por ciento. A los aficionados de los New York Knicks seguramente no se les escapa que incluso Jalen Brunson, que gana unos 39 millones de dólares al año, tendría que jugar más de 25.000 temporadas para acumular esa cantidad de dinero.

Pero de todas las cifras que he visto, la que más me ha impactado fue un cálculo publicado en el Times, según el cual el patrimonio neto de Musk es cinco millones de veces mayor que el de una familia estadounidense promedio.

Como historiador del pensamiento político, enseguida pensé en Platón, el primer filósofo occidental que abordó de verdad la desigualdad económica. En su diálogo Leyes, a través del personaje del extranjero ateniense, Platón sostenía que, en una república próspera, si alguien acumulaba más de cuatro veces la riqueza de los ciudadanos más pobres, debía donar el excedente a la ciudad. No cinco millones de veces la riqueza de una familia típica, sino cuatro veces la de los más pobres.

Sin duda, cuesta imaginar cómo funcionaría una economía moderna con las restricciones que proponía Platón para la acumulación de la riqueza. Pero a un lector de hoy no le cuesta entender las preocupaciones que lo llevaron a esa propuesta tan radical.

Platón creció en Atenas, una ciudad que en su día estuvo a punto de desmoronarse, como escribió Plutarco, por el “desequilibrio entre los ricos y los pobres”. La salvó un heroico legislador, Solón, que condonó todas las deudas de los pobres, para gran disgusto de los ricos. Y en la juventud de Platón, mientras la ciudad libraba la Guerra del Peloponeso, sufrió tres guerras civiles sucesivas basadas en las clases sociales: una revolución oligárquica de los ricos contra los pobres, seguida de una revolución democrática de los pobres contra los ricos y luego otra revolución oligárquica más.

No es de extrañar que cuando Sócrates reflexionó sobre la desigualdad en La república de Platón señaló que un Estado caracterizado por una disparidad de riqueza marcada no es un Estado, o ciudad, en absoluto, “sino dos, una de los pobres y otra de los ricos, que conviven en un mismo lugar y conspiran incesantemente la una contra la otra”.

Para Platón, la fuente de la desigualdad era una enfermedad del alma que los griegos llamaban pleonexia: una especie de codicia insaciable. En el diálogo Gorgias de Platón, Sócrates comparó esta condición con una jarra agujereada: por mucha agua que le eches, siempre exigirá más. Para algunos, el deseo de dinero solo llega hasta lo necesario para cubrir sus necesidades; para otros, ese deseo es infinito. Platón comparó esas almas insaciables con esclavos dominados por sus deseos.

Alguien consumido por sus deseos insaciables llega a quererse a sí mismo mucho más de lo que puede sentir por el resto de la humanidad. Para Platón, “juzga mal lo justo, lo bueno y lo bello”, porque siempre consideraría sus deseos más valiosos incluso que la verdad. Como consecuencia, escribió Platón, que los hombres “lleguen a ser muy ricos y buenos es imposible”.

Los temores de Platón sobre la codicia insaciable se han visto confirmados por Musk, que ya tiene la mirada puesta en los 10 billones de dólares. Ha confirmado las preocupaciones de Platón sobre los fallos morales de los superricos al calificar la empatía como “la debilidad fundamental de la civilización occidental”. Con su llamado Departamento de Eficiencia Gubernamental, echó el programa de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional “a la trituradora de madera”, como dijo con regocijo, lo que contribuyó a la muerte de unas 600.000 personas. Tal matanza es el resultado previsible de una sociedad que ha optado por no poner límites máximos a la riqueza.

Platón era muy consciente de que las soluciones ideales, como su proporción de riqueza de 4 a 1, son imposibles de llevar a cabo donde ya existe una gran desigualdad. Pero no animó a los legisladores ni a los ciudadanos a tirar la toalla. Más bien, instó a los ciudadanos (incluidos los pocos ricos con “sentido de lo justo”) a hacer lo que pudieran para equilibrar la sociedad, empezando por avergonzar a quienes poseían fortunas excesivas. Subrayó que la verdadera pobreza “no es disminuir la riqueza, sino el aumentar la insaciabilidad”.

Solo enseñando los males de la codicia extrema la sociedad podrá empezar a restablecer el equilibrio saludable de la riqueza necesario para una república próspera.

Fuente: The New York Times

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