En defensa del derecho internacional
Flavio Darío Espinal
El viernes 9 de enero, en el Aula de las Bendiciones, el papa León XIV pronunció un discurso a los miembros del cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede en la presentación de las felicitaciones con motivo del nuevo año, el cual, a pesar de su riqueza conceptual y su importancia política, pasó bastante desapercibido. Nueva vez, el Santo Padre aborda un problema de gran actualidad y lo hace con una mirada de alto vuelo afincado en textos pilares de la tradición católica.
León XIV no llega a la sofisticación intelectual de Benedicto XVI, pero tiene una capacidad excepcional para iluminar problemas presentes con una perspectiva teológica y filosófica que pautan siempre una relación muy efectiva entre teoría y práctica en casi todas sus intervenciones. Se siente cómodo citando autores no católicos, como Hannah Arendt, al igual que lo hace con los grandes pensadores católicos, como esta vez que se vale de San Agustín y su gran obra La ciudad de Dios. El valor de sus reflexiones teóricas -de una gran riqueza, por demás- reside en que no son abstractas, desconectadas de la realidad ni evasivas de los problemas reales.
En su discurso a los diplomáticos en la Sante Sede, el papa León XIV reivindicó el derecho internacional en un momento en que este es cada vez más ignorado o despreciado. Lo hace de la mano de San Agustín, quien habló sobre las «dos ciudades», la ciudad terrenal y la ciudad de Dios. La primera es en la que vivimos y en la que hay que buscar formas de coexistencia, respeto, tolerancia y compasión. La segunda, en cambio, es la verdadera ciudad eterna (no aquella Roma imperial) a la que hay que aspirar a llegar.
La perspectiva de San Agustín, que León XIV asume, no excluye la conflictividad humana, sino que busca crear las condiciones abordar los problemas de la existencia humana sin tener que destruirnos unos a otros. Guiado por esa pauta agustiniana, el papa compartió sus reflexiones sobre el ambiente actual de las relaciones internacionales, resaltando el auge de la lógica pura del poder en detrimento del derecho y las instituciones internacionales.
En uno de los pasajes más sobresalientes de su discurso, el papa León XIV señala lo siguiente: «En nuestro tiempo, la debilidad del multilateralismo es motivo de especial preocupación a nivel internacional. La diplomacia que promueve el diálogo y busca el consenso entre todas las partes está siendo sustituida por una diplomacia basada en la fuerza, ya sea por parte de individuos o de grupos de aliados. La guerra vuelve a estar de moda y el entusiasmo bélico se extiende. Se ha roto el principio establecido tras la Segunda Guerra Mundial, que prohibía a los países utilizar la fuerza para violar las fronteras ajenas. La paz ya no se busca como un regalo y como un bien deseable en sí mismo… En cambio, se busca mediante las armas como condición para afirmar el propio dominio. Esto compromete gravemente el estado de derecho, que es la base de toda convivencia civil pacífica».
Para reforzar su argumento, el papa León XIV cita un pasaje de San Agustín que parece haberse escrito en estos días y no en el siglo V: «…no existe quien no ame la alegría, así como tampoco quien se niegue a vivir en paz. Incluso aquellos mismos que buscan la guerra no pretenden otra cosa que vencer. Por tanto, lo que ansían es llegar a una paz cubierta de gloria. ¿Qué otra cosa es, en efecto, la victoria más que la sumisión de fuerzas contrarias? Logrado esto, tiene lugar la paz […], y los que buscan perturbar la paz en que viven no tienen odio a la paz; simplemente la desean cambiar a su capricho. No buscan suprimir la paz; lo que quieren es tenerla como a ellos les gusta».
En su discurso, el papa León XIV plasma preocupaciones actuales válidas. Podría pensarse que se trata de un enfoque idealista, pero no lo es. Él pone de manifiesto cómo el predominio de la lógica de dominación fue la que precisamente llevó a dos guerras mundiales en el continente europeo. También resalta la importancia del orden jurídico internacional que se construyó como respuesta a esas guerras y como vía de alcanzar lo mejor posible el anhelo de paz entre los Estados. Ese orden internacional, cuyo centro ha sido el sistema de las Naciones Unidas, si bien imperfecto como toda obra humana, hizo posible construir la paz entre países que se habían enfrentado en guerras sucesivas, así como prevenir otras y buscar soluciones a conflictos en curso.
El papa León XIV hizo una elocuente y bien sustentada defensa del derecho internacional. Puso de relieve su preocupación por el debilitamiento de las reglas y las instituciones internacionales; criticó el uso de la fuerza como medio para imponer la voluntad de unos Estados sobre otros; defendió principios vitales del orden internacional como la soberanía y la integridad territorial de los Estados; y abogó por el diálogo y la búsqueda de consenso como forma de abordar los problemas y los conflictos en el escenario internacional.
Ciertamente, el ambiente actual no es muy propicio para este tipo de discurso, pero su valor consiste precisamente en que, nadando contra la corriente, el Santo Padre nos hace pensar en principios, valores, reglas e instituciones que son necesarios para atemperar conflictos, contrapesar poderes, encauzar demandas y propiciar acuerdos en el escenario internacional que sirvan de sustento a la estabilidad, la paz, la seguridad y la protección de los derechos de las personas. Su voz no produce efectos directos e inmediatos en la realidad de las relaciones internacionales -no tiene poder para ello-, pero sí constituye una referencia moral que recuerda incómodas verdades históricas, cuestiona determinados comportamientos e interpela a recuperar el camino de construcción de un orden internacional basado en el derecho y en el funcionamiento de las instituciones multilaterales.
Diario Libre
