Geopolítica y teoría de juegos: la partida

Por Ramón Núñez Ramírez

Las negociaciones entre Irán y Estados Unidos no es solo diplomacia, como paréntesis entre la guerra, representa un caso clásico de teoría de juegos: un dilema de prisionero donde la desconfianza puede llevar al peor resultado, y al mismo tiempo un juego de gallina donde ambos avanzan al borde del choque, con el petróleo como árbitro final.

Las negociaciones entre Irán y Estados Unidos no es solo diplomacia, como paréntesis entre la guerra, representa un caso clásico de teoría de juegos: un dilema de prisionero donde la desconfianza puede llevar al peor resultado, y al mismo tiempo un juego de gallina donde ambos avanzan al borde del choque, con el petróleo como árbitro final. La teoría de juegos estudia como toman decisiones los individuos cuando el resultado de cada uno depende de lo que hagan los demás. Es una herramienta para conflictos, cooperación, estrategias, con aplicaciones desde la política hasta la vida cotidiana. Su desarrollo moderno fue obra de dos eminentes matemáticos y economistas, John Von Newman y Oskar Morgenstein quienes publicaron en 1944 “Theory of games and economic behavior”. Pero fue el economista y Premio Nobel, John Nash, quien con el concepto del “Equilibrio de Nash”, estudia el comportamiento estratégico cuando dos o más individuos interactúan y el equilibrio ocurre cuando ningún jugador puede mejorar su resultado cambiando su estrategia de forma unilateral. Hoy esa teoría es fundamental en economía, banca, regulaciones, negociaciones y política.

En el caso de las negociaciones entre Irán y los Estados Unidos, si se mantienen, pueden ocurrir diferentes variantes de la teoría de juegos.

El primer caso sería el juego de suma cero, no es el caso donde uno pierde y el otro gana, hay espacio para un acuerdo donde Irán obtiene el levantamiento de las sanciones a cambio de Estados Unidos limitar su capacidad nuclear, pero si no cooperan ambos pierden, se produce escalada de la guerra, alza del petróleo e inflación global. El dilema del prisionero ilustra esa tensión: cooperar genera beneficios mutuos, la falta de cooperación de uno o dos de los actores, por la falta de confianza, empuja a decisiones que terminan perjudicando a ambos. Las negociaciones se parecen también al “juego de la gallina”: Irán insiste en mantener el control del Estrecho de Ormuz y EEUU responde haciendo un cierre exterior. Ambos avanzan hacia el choque, si uno se desvía pierde credibilidad. Si mantienen el curso el resultado será un choque inevitable de proporciones inimaginables. También está presente el juego de señales. Declaraciones públicas, sanciones, movimientos militares o gestos de distensión envían mensajes estratégicos. No se trata solo de actuar, sino de influir en la percepción del adversario.

La gran interrogante es si los actores están dispuestos a asumir los costos de no cooperar. La Teoría de juegos parte del supuesto de racionalidad, pero en conflictos de alta tensión geopolítica, esa racionalidad no siempre guía las decisiones.

Cuando la política se impone sobre la lógica estratégica, los equilibrios dejan de ser estables y los errores de cálculo se vuelven más probables. En ese terreno, una señal mal interpretada, una escalada no prevista o una decisión tomada bajo presión pueden alterar completamente el resultado del juego. El riesgo no es solo bilateral. El verdadero impacto se transmite al resto del mundo: mercados energéticos más volátiles, inflación importada y economías más vulnerables, especialmente en países dependientes del petróleo como la República Dominicana.

En este tablero, no ganar también es perder, pero evitar perderlo todo exige algo más que fuerza o retórica: requiere cálculo frío, credibilidad y, sobre todo, voluntad de cooperación. La historia ha demostrado que cuando los actores cruzan ciertos umbrales, el margen de maniobra desaparece.

Porque en este juego, si nadie cede, el desenlace no será un equilibrio, sino una colisión.

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