La 42: fracaso, temor y burla

Carmen Imbert Brugal

Los gestores de la nueva moralidad, líderes del cogobierno de las redes, decidieron validar la impunidad y venderla. Reivindican los espacios ocupados por el crimen y la derrota. Promueven el desastre y celebran la existencia de una muchachada atrapada por la adicción y el desamparo, por la desnutrición y la ignorancia, como algo positivo y negociable.

Proclaman que la identidad urbana contemporánea está en la calle 42 del Ensanche Capotillo y nada ocurre. Desafiantes, compensan la ineficiencia de la titubeante autoridad, suplantándola. Los promotores de aquello saben que el esfuerzo del gobierno y de sus colaboradores cívicos se destina al descrédito del pasado, al discurso ético, también a la exhibición de logros para garantizar la permanencia del régimen.

Tampoco les mortifica la violencia porque guardianes sobran y las cámaras, alarmas, gps, protegen vida y patrimonio. Para la delincuencia basta el disparo y la complicidad destinada a preservar las esquinas para repartir las ganancias que produce el microtráfico. Omiten las minucias de la gleba porque, además, temen provocar la agresividad de “influencers” capaces de torcer rumbos y arriesgar simpatías.

La “Estrategia Integral de Seguridad Ciudadana” y el olvidado “innovador programa de recompras de armas ilegales” queda para propaganda y edición de lujo, para conferencias y congresos. El “País Seguro” del Ministerio de Interior y Policía eligió un referente para la juventud y evita nombrar esos espacios de libertinaje y disfrute, ocupados por la población irredenta, adicta, ágrafa, violenta. Esos muchachos que buscan aprobación y propina con la coreografía febril de la desesperanza. Su orfandad ha sido instrumentalizada por el mercadeo. Los tratantes ofrecen el estropicio social y la marginalidad como marca artística, la adicción como gracia. Invitan, de manera descarada, a consumir sustancias controladas, actividad que desde hace tiempo es libre, pública, consentida en el país, desde antes que el Big Papi confesara su amor por la marihuana y a pesar de la vigencia de la Ley 50-88.

La miseria y sus miserias reditúan y ahora se destapa el alofokismo desde la elite. Una altiva vocería elogia el caos y el desmadre de y en la 42. Consciente de su influencia pretende competir para reivindicar la anarquía con propuestas que ratifican el clasismo, la peyorativa intelección de la sociedad. Para los cerdos no hay perlas. La 42 como oferta turística asumida desde el estado. Aislar la gentuza para incluir en el tour el espectáculo de la pocilga. Convertir el pandemonio en atractivo turístico, avalaría la incompetencia y el desconcierto oficial, el temor a la aplicación de la ley. Sería otro triunfo del tambaleante conservadurismo criollo que siempre obliga al estado a ceder. La discusión de la propuesta fue postergada. Los aplausos, loas y pendientes, después de la rendición de cuentas del pasado 27 de febrero acallaron la boutade, más cerca del sarcasmo que del ingenio. Empero, es fácil presumir convocatorias, pactos, editoriales, redes tejiendo la posibilidad y piropeando el acierto. Todo para evitar la intervención del lugar, tal y como permiten las leyes y solicitan los representantes de la Junta de Vecinos de Capotillo.

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