La caída de Orbán es una oportunidad de oro

Por Stefano Bottoni

Bottoni es profesor asociado en la Universidad de Florencia y autor del libro de próxima aparición The Orban Enigma. Escribió desde Budapest.

Es tentador ver el dominio del primer ministro Viktor Orbán sobre Hungría como una anomalía: un experimento de 16 años en el que la democracia liberal ha quedado subordinada a la voluntad de un solo hombre. Pero esa lectura pasa por alto que el régimen de Orbán reactivó una tradición política que desde hace mucho ha marcado la vida pública húngara. Desde la monarquía austrohúngara hasta el fin del comunismo, el predominio de un solo partido y el gobierno paternalista fueron la norma. Visto así, Orbán no representa una ruptura, sino una continuidad.

También en el plano internacional, Viktor Orbán es menos una anomalía que un modelo. Bajo su liderazgo, Hungría se ha convertido en uno de los laboratorios más célebres del mundo de la política iliberal. Orbán transformó al partido Fidesz, antes de centroderecha, en una fuerza de extrema derecha, al combinar el nativismo autocrático húngaro con el saber político putinista y la tribalización trumpista. Al mantener un férreo control sobre los medios y la economía, Orbán construyó un formidable sistema de poder que resulta atractivo para autócratas afines en todo el mundo.

Ese sistema ha caído. El domingo, en unas elecciones parlamentarias muy vigiladas, el Fidesz de Orbán perdió por una abrumadora mayoría frente al Tisza, el partido de la oposición. Durante semanas, los sondeos mostraron que la oposición iba a la cabeza, pero no estaba claro si eso se mantendría. Sin embargo, los votantes aprovecharon la oportunidad para dejar atrás el largo gobierno de Orbán, abandonando el camino autoritario al estilo ruso en el que se había embarcado y reafirmando las credenciales democráticas de Hungría. Su golpe a las fuerzas reaccionarias globales es un logro asombroso.

A lo largo del siglo XX, Hungría experimentó una sucesión de regímenes autoritarios, con un breve interludio democrático después de la Segunda Guerra Mundial. La revolución de 1956 fue una muestra excepcional de valentía colectiva, pero duró muy poco como para dejar una huella duradera en la cultura política húngara. El levantamiento popular, reprimido por la fuerza a instancias de Moscú, originó una estructura de poder comunista algo más tolerante que con el tiempo se abrió más al consumismo y a las influencias occidentales. Pero seguía siendo represiva.

El colapso del comunismo ofreció un auténtico respiro al autoritarismo. Pero el cambio de régimen de 1989 no fue un acontecimiento revolucionario. Más bien fue el resultado de un consenso generalizado entre la élite a favor de una democracia de estilo occidental. Liberales y conservadores húngaros acordaron dar prioridad a una transición desde arriba por encima de una democracia de base, y pronto buscaron estrechar vínculos con la OTAN y la Unión Europea.

A principios de la década de 2000, este consenso a favor de Occidente empezó a resquebrajarse. Las deficiencias del nuevo sistema político, exhibido como ineficiente y corrupto, se volvían dolorosamente evidentes; en Budapest estallaron enfrentamientos callejeros. Hungría, muy endeudada, se vio duramente afectada por la recesión mundial de 2008. La arena política se convirtió en un campo de batalla en el que casi no había cuartel y los oponentes eran vistos como enemigos a los que había que eliminar.

Orbán surgió en medio de esa mezcla explosiva. En 2010, el Fidesz arrasó en las elecciones obteniendo dos tercios de los escaños parlamentarios. El sistema democrático de controles y equilibrios establecido después de 1989, con todos sus defectos, pronto entraría en su mira. Pero la confianza de los húngaros en la democracia liberal como una forma eficaz de gobierno ya se había erosionado, en medio del descontento popular con lo que Ivan Krastev y Stephen Holmes denominaron imitación occidental.

Durante los últimos 16 años, Orbán ha construido un complejo sistema de trampas institucionales diseñadas para blindar su poder y paralizar a cualquier sucesor. La base de este sistema es la Ley Fundamental de 2011, que sustituyó a la Constitución y solo puede modificarse por mayoría de dos tercios en el Parlamento. Afecta al poder judicial, los medios de comunicación, el sistema electoral, las finanzas públicas, la política familiar e incluso el estatus de las iglesias. Instituciones clave, como el Tribunal Constitucional, la Fiscalía General y muchas otras, están dirigidas por aliados de confianza.

Orbán no se detuvo ahí. Él y su partido se apropiaron de amplios sectores de la economía, asignando recursos públicos, incluidos fondos nacionales y europeos, a sus partidarios. Se calcula que, desde 2010, empresarios con acceso directo a Orbán, incluido su yerno, han acumulado decenas de miles de millones de dólares en fondos de capital privado, acciones, terrenos y propiedades inmobiliarias. En conjunto, se trata de un sistema clientelar estrechamente entrelazado.

Pero la economía está estancada desde la pandemia, con pocos remedios a la vista. El déficit comercial con China se ha cuadruplicado en la última década, pasando de 2600 millones de dólares a más de 10.000 millones; la inflación se disparó al 25 por ciento durante la pandemia y los niveles de consumo de los hogares siguen siendo bajos. Desde 2022, la mayor parte de los fondos de cohesión y desarrollo de la Unión Europea para Hungría se han congelado debido a sus infracciones sistemáticas del Estado de derecho, dejando un déficit creciente en lo que había sido un presupuesto nacional relativamente equilibrado.

Este fracaso económico ha tenido profundos efectos sociales. Una encuesta reciente dirigida por el sociólogo Imre Kovach reveló una marcada contracción de las clases medias. En 2021, un tercio de la población húngara se consideraba de clase media alta o alta y dos tercios de clase media baja o baja. Cuatro años más tarde, la proporción de los que pertenecen a las categorías superiores se redujo al 19 por ciento, mientras que la de las inferiores aumentó al 81 por ciento. Esto equivale a una degradación total de la sociedad húngara.

Esto sentó las bases para la derrota de Orbán. Su agresiva y costosa campaña —por no hablar del apoyo de Rusia y Estados Unidos, que incluyó una visita del vicepresidente JD Vance la semana pasada— no pudo salvarlo. Con la mayor participación de la historia democrática de Hungría, los votantes emitieron un veredicto aplastante: El Fidesz quedó reducido a solo 55 escaños, de 199, mientras que el Tisza obtuvo 138, superando el umbral mágico de los dos tercios para las reformas constitucionales. Las preocupaciones sobre un resultado impugnado o una transición complicada se han desvanecido.

Peter Magyar, un antiguo funcionario del Fidesz convertido en crítico, pronto dirigirá Hungría. Al frente del Tisza, logró movilizar un apoyo masivo en todo el país, especialmente entre los jóvenes y en las grandes ciudades, con un contundente mensaje anticorrupción. Desde luego, enfrenta desafíos. Cuando Magyar asuma el cargo, heredará un aparato estatal hostil y un erario público vacío. Pero la magnitud de su victoria le da margen de maniobra y debería relegar a Orbán a un segundo plano.

Hoy Hungría tiene una oportunidad de oro. El éxito del Tisza demuestra que la democracia puede ser restaurada pacíficamente por el pueblo, incluso frente a gobernantes atrincherados en el poder y aun cuando grandes potencias intervienen para ayudar a sus protegidos. Con el tiempo, con suerte y buen juicio, el partido podría provocar un cambio de rumbo muy bienvenido. En lugar de un laboratorio de autocracia, el país podría convertirse en un faro de democracia.

Fuente: The New York Times

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