La trinchera

La izquierda que condena a Cortés y absuelve dictaduras

A juzgar por el tono encendido de la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum, cualquiera pensaría que Hernán Cortés desembarcó en Veracruz la semana pasada y no hace más de cinco siglos. Porque otra explicación racional no parece existir para esta obsesiva necesidad de revivir, una y otra vez, los horrores de la conquista española como si el calendario histórico estuviera detenido en 1521.

Han transcurrido 505 años desde la caída de Tenochtitlán y 507 desde el inicio de la expedición de Cortés. Más de medio milenio. Tiempo suficiente para que las heridas históricas hayan sido estudiadas, documentadas, debatidas y condenadas incluso por historiadores españoles. Pero no. Para ciertos sectores de la izquierda latinoamericana, el pasado colonial sigue siendo un recurso electoral de primera categoría, una especie de combustible ideológico para mantener viva la narrativa del victimismo perpetuo.

Ese libreto no lo escribió Sheinbaum. Lo heredó de su mentor político, Andrés Manuel López Obrador, quien convirtió la relación con España en un ring diplomático donde cada discurso parecía una audiencia judicial contra “La Madre Patria”. En su momento tensó innecesariamente las relaciones con Madrid exigiendo disculpas formales por los abusos de la conquista, como si la diplomacia contemporánea tuviera que cargar eternamente con pecados de hace cinco siglos.

Lo curioso es que el rey Felipe VI reconoció públicamente los excesos y barbaridades cometidas durante la conquista. Incluso expresó arrepentimiento histórico, gesto que muchos españoles consideraron exagerado, innecesario y hasta humillante. Pero aun así se hizo. España reconoció el dolor histórico. Punto. ¿Qué más se pretende entonces? ¿Una indemnización en lingotes? ¿La devolución simbólica de Tenochtitlán piedra por piedra?

La contradicción se vuelve todavía más evidente cuando la propia Sheinbaum viaja sonriente a Barcelona para participar en encuentros internacionales convocados por el gobierno español junto a otros líderes progresistas. Allí nadie intentó sabotear su presencia, ni hubo manifestaciones multitudinarias exigiendo que regresara a México por “antiespañola”. La recibieron con respeto institucional. Pero bastó que sectores opositores mexicanos invitaran a Isabel Díaz Ayuso, Presidenta de la Comunidad de Madrid, para que desde el oficialismo se activara nuevamente el viejo discurso anti conquista.

Según denunció la propia Ayuso, hubo intentos de hostigar y boicotear su visita. Y para rematar, Sheinbaum volvió el viernes pasado, durante su ya tradicional rueda de prensa mañanera, a lanzar críticas tanto contra la dirigente madrileña como contra los opositores mexicanos que se atrevieron a invitarla. Como si en democracia las visitas internacionales fueran exclusividad del partido gobernante.

Pero el problema no es España. El verdadero problema es la doble moral ideológica.

Porque mientras la presidenta mexicana levanta la voz contra Cortés cinco siglos después, guarda un prudente silencio frente a dictaduras contemporáneas de carne y hueso. Mientras Nicolás Maduro reprimía a venezolanos que reclamaban democracia y libertad, Sheinbaum apelaba al cómodo argumento de la “autodeterminación de los pueblos”. Tampoco ha mostrado entusiasmo alguno por reconocer la lucha democrática de María Corina Machado, pese a declararse defensora del liderazgo femenino. De Cuba, donde vivió y se formó políticamente en sus años juveniles, tampoco suele hablar de presos políticos, elecciones libres ni represión. Ahí la memoria histórica parece sufrir convenientemente de amnesia selectiva.

Y mientras tanto, calla cuando Donald Trump insiste en afirmar que el narcotráfico gobierna partes de México. Ahí no hay discursos inflamados sobre dignidad nacional ni exigencias diplomáticas airadas. Curioso patriotismo.

Coincidencia histórica o cosa del destino

Pero las coincidencias históricas también tienen su extraño sentido del humor. En febrero de 2020, quien escribe estas líneas se encontraba en España participando en una gira comercial encabezada por Luisa Fernández, entonces DIrectora Ejecutiva del Consejo Nacional de Zonas de Franca. Una madrugada, varios integrantes de la delegación despertaron alarmados: un hotel en Tenerife había sido puesto en cuarentena tras detectarse el primer caso de Covid-19 en España. Algunos decidieron regresar apresuradamente al país temiendo lo peor, como ocurrió.

Luisa Fernández, mujer de temple y determinación, decidió continuar la agenda prevista en Barcelona y Valencia, completando la misión en medio de una incertidumbre mundial creciente. El resto de la historia ya la conocemos: el Covid terminó paralizando al planeta entero.

Y ahora, apenas este domingo, otro fantasma sanitario vuelve a tocar las Islas Canarias. El crucero Hondius registró varios contagios y hasta muertes asociadas al hantavirus. Esperemos que la historia no tenga deseos de repetirse y que las garantías de la OMS resulten ciertas.

Porque bastante tenemos ya con políticos empeñados en revivir guerras de hace quinientos años mientras ignoran los incendios del presente.

Gloria al Señor.

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