Los ucranianos hallan una puerta abierta que Hungría cerró a otros refugiados

Beregsurány (Frontera de Hungría con Ucrania), 27 feb (EFE).- La invasión rusa de Ucrania ha forzado a cientos de miles de personas a abandonar sus hogares y cruzar la frontera de países vecinos, como Hungría. A diferencia del rechazo a los refugiados sirios que llegaron durante la crisis de 2015 y 2016, el Gobierno ultranacionalista húngaro se ha volcado esta vez en ayudar.

En el puesto fronterizo de Beregsurány continuaron llegando refugiados, en su mayoría mujeres, debido a la llamada a filas de los hombres. Todos cruzan la frontera con lo mínimo después de dejar atrás sus casas, coches y negocios.

Lo que el primer día era un puesto improvisado para ofrecer alimentos y bebida caliente en la frontera ha comenzado a extenderse: este domingo han aparecido dos grandes tiendas de campaña con calefacción, un puesto de la Cruz Roja para ofrecer asistencia médica y numerosos baños químicos.

La angustia y la incertidumbre ante el futuro es la sensación común entre los recién llegados, que todavía no pueden creerse que su país esté siendo invadido y bombardeado por Rusia.

MIEDO Y DUDAS

Évi, una mujer de 70 años, llegó de la localidad ucraniana de Beregovo, a apenas unos kilómetros de la frontera húngara, y admite no entender lo que sucede en su país, pero siente miedo.

«En Beregovo la gente tiene miedo, vemos en la televisión que hay guerra en el país y decidimos venir a Hungría», relata. Su marido, aunque es demasiado mayor para combatir y podría salir de Ucrania, se quedó en casa porque poseen vacas y caballos que no pueden quedar desatendidos.

Ludmila, una profesora de escuela de 32 años, cruzó la frontera con sus dos hijas de menos de diez años. Cuenta que procede de una ciudad del oeste, donde todavía no han llegado los combates y que no tiene miedo a los invasores, pero no quiere que sus hijas sufran por la situación.

«No quiero que la guerra llegue a ellas, aunque es duro irse. Espero que esto pase pronto», cuenta con resignación.

PUERTAS ABIERTAS

Hungría, que durante años rechazó refugiados de las guerras de Siria, Irak y Afganistán, ha abierto sus puertas a los ucranianos y ha ofrecido asilo temporal a todos los que lleguen a su suelo.

El primer ministro, Viktor Orbán, construyó una valla en el sur de Hungría en 2015 para detener la llegada de refugiados, calificó a los migrantes musulmanes como un «ejército invasor» y los vinculó con el terrorismo y la delincuencia.

Orbán, posiblemente el jefe de Gobierno de la Unión Europea con mejor relación con el presidente ruso, Vladimir Putin, está siendo muy criticado por la oposición por su cercanía durante años al mandatario que desencadenó una guerra contra Ucrania.

La sociedad civil -que sí se movilizó en la crisis de 2015- ha vuelto a volcarse en ayudar a los necesitados con donaciones, acogiendo a familias en casas particulares o en espacios de las universidades y centros municipales.

Desde Beregsurány también se han organizado transportes en furgonetas para llevar a los refugiados a distintas localidades que les ofrecen alojamiento, incluida la capital, Budapest.

70.000 LLEGADAS

Según Filippo Grandi, director de ACNUR, la agencia de la ONU para los refugiados, 368.000 ucranianos han llegado a países vecinos como Polonia, Hungría, Rumanía y Moldavia debido a la invasión rusa iniciada el 24 de febrero.

La Policía húngara asegura que desde que estalló la guerra ha registrado 70.000 entradas, aunque esa cifra incluye también a personas que cruzan la frontera a diario por diversos motivos.

Desde el inicio de los combates en Ucrania tan solo diez personas han presentado una solicitud de asilo en Hungría, según fuentes oficiales, lo que demuestra que la mayoría pretende volver a su país en cuanto cese el peligro.

El primer ministro húngaro ya dijo ayer que en caso de prolongarse la guerra la crisis humanitaria se agravará y el número de personas podría aumentar.

ESPERANDO PARA VOLVER

Un voluntario en Beregsurány que reparte alimentos, István, ya observa un cambio entre las personas que llegan. Si en los primeros días quienes huían eran personas con recursos que pueden costearse un alojamiento o tienen contactos, ahora han comenzado a hacerlo personas que han dejado todo atrás y no tienen dinero ni alojamiento.

«Muchos no quieren alejarse de la frontera, por si cambia la situación y pueden volver a Ucrania», explica.

La gran llegada de mujeres y niños, en muchos casos bebés, supone también un desafío ya que hay que garantizar apoyo pediátrico y alimentos especiales como papillas.

Diferentes organizaciones, como Las Madres de Hajdúszoboszló, una localidad cercana, han iniciado una campaña para recoger donativos, incluida comida y productos para bebés.

Luis Lidón y Marcelo Nagy

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