Madrid, Barcelona y el teatro de las izquierdas frente al espejo venezolano

Hay días en que la política deja de disimular y se exhibe tal cual es: cálculo, simbolismo y, por qué no, un poco de teatro bien ensayado. Lo ocurrido recientemente en España encaja perfectamente en ese libreto. Mientras en Madrid la líder opositora venezolana María Corina Machado era ovacionada por miles de personas y condecorada con la Medalla de Oro de la ciudad por la presidenta regional Isabel Díaz Ayuso, en Barcelona el jefe del Gobierno español, Pedro Sánchez, reunía a un selecto club de mandatarios progresistas con una agenda tan ambiciosa como predecible.

¿Coincidencia? Difícil de creer. En política, como en el ajedrez, cada movimiento tiene intención. Y cuando dos eventos de esta magnitud se celebran el mismo día y a la misma hora, lo mínimo que se puede decir es que alguien quiso medir fuerzas. No entre Machado y Sánchez, que juegan en ligas distintas, sino entre los aparatos que realmente organizan el espectáculo: el Partido Socialista Obrero Español y el Partido Popular.

La escena madrileña fue, sin rodeos, un espaldarazo político. Al grito de “¡Presidenta!” y “¡Libertad!”, miles de asistentes convirtieron la plaza en un acto de afirmación contra el régimen de Delcy Rodríguez, otrora Nicolás Maduro. Machado, que venía de una gira europea que incluyó Francia e Italia, encontró en la capital española un escenario ideal: emotivo, mediático y, sobre todo, útil. Porque en política no solo importa tener razón, sino quién te aplaude y dónde.

Mientras tanto, en Barcelona, Sánchez hacía lo propio con su narrativa. Acompañado de figuras como Luiz Inácio Lula da Silva, Gustavo Petro y Claudia Sheinbaum, entre otros, el mensaje era claro: contener el avance de la derecha. Una consigna repetida casi como mantra, aunque con resultados cada vez más inciertos en América Latina y Europa.

Porque, más allá de los discursos, la realidad electoral no parece acompañar ese entusiasmo. En Perú, la derecha vuelve a tomar impulso; en Colombia, las encuestas sugieren un escenario adverso para el oficialismo; y en Brasil, Lula gobierna con una oposición que no termina de desaparecer. Es decir, el “avance de la derecha” que tanto preocupa no es una amenaza hipotética, sino un fenómeno en curso.

En ese contexto, el contraste entre Madrid y Barcelona resulta revelador. En un lado, una oposición venezolana que logra movilizar multitudes en Europa y posicionarse como alternativa. En el otro, un bloque progresista que, pese a su retórica, parece más concentrado en resistir que en proponer.

Y en medio de todo, Venezuela. Siempre Venezuela. El elefante en la habitación que nadie termina de abordar con coherencia. El gobierno de Sánchez ha mantenido históricamente una relación permanente con el chavismo, heredada en parte de figuras como José Luis Rodríguez Zapatero, cuya cercanía con el oficialismo venezolano es tan conocida como controvertida.

Mientras tanto, nombres como Delcy Rodríguez siguen generando rechazo incluso fuera de su país. En Madrid, los manifestantes no escatimaron calificativos. Y aunque el tono pueda parecer excesivo, refleja un sentir que también aparece en encuestas recientes de firmas como Delphos y Meganálisis, donde el rechazo a las figuras del oficialismo supera ampliamente cualquier nivel de apoyo competitivo.

Multitud en Madrid aclamó a María Corina Machado y reclamó libertad para Venezuela

Aquí es donde la ironía se vuelve inevitable. Durante años, sectores de la izquierda europea defendieron —o al menos justificaron— el modelo venezolano en nombre de la soberanía y la autodeterminación. Hoy, ese mismo modelo depende en buena medida de equilibrios geopolíticos que incluyen, paradójicamente, relaciones con actores que antes eran demonizados.

Porque sí, el tablero cambió. Y mucho. La política energética, las sanciones, y el reposicionamiento global han obligado al régimen venezolano a moverse con pragmatismo, incluso si eso implica acercamientos incómodos. Y en ese reacomodo, la figura de Donald Trump —o más bien su legado político— sigue proyectando sombra.

Ahora bien, incluso si mañana se abrieran las compuertas hacia una transición democrática en Venezuela, el panorama electoral no sería necesariamente favorable para el oficialismo. Las mismas encuestas que muestran el desgaste del chavismo también reflejan un posicionamiento sólido de Machado como figura opositora.

Y aquí viene el punto incómodo: por más discursos, cumbres y declaraciones conjuntas, la realidad es que el futuro político de Venezuela no se decidirá en Madrid ni en Barcelona. Tampoco en Washington. Se decidirá, cuando llegue el momento, en las urnas venezolanas, si es que estas logran recuperar su credibilidad.

Mientras tanto, lo visto en España no deja de ser un espejo. Uno que refleja no solo la polarización interna de ese país, sino también las contradicciones de una izquierda internacional que aún no termina de definir su relación con regímenes que, en la práctica, se alejan cada vez más de los valores que dicen defender.

Y como todo buen espejo, no siempre devuelve una imagen cómoda.

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