Mi amigo Henry Segarra Santos

Andrés Blanco Díaz

En estos días se cumplen cincuenta y tres años del apresamiento, desaparición y asesinato de Henry Segarra Santos, a quien conocí y traté en Cristo Rey, mi barro capitaleño de adopción, desde una tarde en que este llegó a la casa 112 de la calle 41 (hoy llamada Arzobispo Licenciado Alonzo de Fuenmayor), donde vivía Amada la Coja, la cual llevaba en su cuerpo las marcas de las torturas y la lisiadura permanentes en su pierna derecha, como respuesta a sus reclamos de que apareciera su único hijo, detenido y asesinado por miembros del Servicio de Inteligencia Militar debido su militancia en el Movimiento Popular Dominicano.

Amada era una antigua profesora de la Escuela Primaria Cachimán (la que hoy es la Fidel Ferrer). Tenía fama en el barrio de ser una persona de malas pulgas, que siempre estaba malhumora, no salía nunca a la calle ni abría las puertas del frente de su casa; siempre estaba a medio abrir una de las dos puertas traseras de su casa de madera y zinc. Y quien esto escribe puede aseverar que aquello no dejaba de tener visos de certeza, pues hasta a mi hermano Pedro Antonio y a mí nos recibía con mala cara y con improperios cada vez que íbamos a su patio a buscar agua o cuando Pedro el Rubio, su esposo, nos contrataba para que limpiáramos el patio y sacáramos el coquillo, que no daba tregua, brotando por todas partes. Este último siempre intervenía para calmarla.

El cambio de postura
La actitud hostil de Amada hacia nosotros comenzó a variar cuando supo que Pedro Antonio y yo habíamos trabajado como muchachos de mandados en una casa de antitrujillistas en nuestro pueblo natal, San José de Ocoa. Y a ese hecho se unía otro más específico todavía: Guarionex Contreras Rojas, el hijo único de don Benjamín y doña Fila, nuestros patronos, había sido apresado en Rancho Arriba el 16 de junio de 1959, mientras andaba en diligencias para enterarse cómo marchaba la guerrilla encabezada por Enrique Jiménez Moya en las lomas de Constanza. Desde ese momento, ella fue tornándose más amable y hasta intercambiabamos palabras.

Desde finales de 1965 hasta que fue enviado al Cibao por el MPD a realizar trabajos políticos, dentro de aquella campaña de “Lo mejor al campo”, casi todas las tardes, a eso de entre tres y cuatro, Henry hacía una visita a Amada. Fue dentro de esa apertura de Amada la Coja que entré en contacto con quien fue y seguirá siendo mi gran amigo de los años sesenta. Vestía siempre de caqui dos cabos, muchas veces con unas botas de las que usaban entonces los ingenieros; y en ocasiones lo vi también con el casco empleado por estos profesionales.

Al principio llegaba y penetraba a la casa de inmediato, pues esa zona de Cristo Rey estaba fuertemente vigilada por los agentes de la seguridad del Estado disfrazados de civil, alguno de ellos simulando estar lisiados y andar con muletas, y otros en un automóvil Rekord color azul. De Henry recuerdo su personalidad atrayente, la forma en que penetraba en aquella casa, el saludo siempre con una sonrisa, la calidez de su trato, amable hasta la despedida; la forma en que explicaba sus ideas con la mayor destreza didáctica posible, la vez en que él y Amada me presentaron al Moreno (Maximiliano Gómez, a quien volví a ver en tres o cuatro ocasiones allí, siempre con aquella boina a lo Rolando Laserie que llevaba en la cabeza) y a Otto Morales, entre otros cuyos nombres escapan a mi memoria.

“Ya no volverás a ver a Henry” Con esa frase me recibió Amada la Coja aquella tarde de comienzos de agosto de 1969, luego de enterarse que el dirigente del Henry había sido detenido el viernes 25 de julio de 1969 en Dajabón, adonde se había dirigido desde Santiago, para continuar su trabajo con los campesinos de El Pino, Cañongo, El Copey, Santiago de la Cruz y Carbonera. Ella sabía, por la experiencia vivida en el caso de su hijo, que Henry no aparecería vivo jamás. Y así fue.

A raíz del apresamiento y desaparición, comenzó una estrategia de los organismos oficiales que rememoraba la practicada durante la dictadura trujillista: pusieron a su esposa Gladys Gutiérrez y otros los familiares a dar vueltas por diferentes lugares; abrigar una esperanza imposible y coger lucha; hacer diligencias infructuosas; recibir informes de que el deudo había salido del país; que el desaparecido era víctima de las luchas y rivalidades entre dirigentes de diferentes grupos de la izquierda revolucionaria o comunista, etc. Y hasta el mismo Presidente de la República participó en esa campaña desinformativa y de encubrimiento.

Lo cierto es Henry fue apresado en un operativo coordinado y ejecutado bajo las directrices del coronel José Demetrio Almonte Mayer, jefe de la Vigésimosexta Compañía del Ejército, con asiento en la fortaleza Beler, a eso de las dos y media de la tarde, cuando se desplazaba en el carro placa 44518 por la esquina de las calles Sánchez y Beler, en Dajabón. El propio Henry se encargó de dejar huellas de su paso por una celda de aquella fortaleza, con unas palabras escritas en las paredes de la misma, las cuales fueron encontradas por Gladys cuando logró, a regañadientes y a pesar de las trabas de Almonte Mayer, visitar el recinto militar en compañía del fiscal Víctor Lemoine Belliard y de miembros de la prensa.

Henry fue fusilado al día siguiente de su apresamiento, o sea el 26 de julio de 1969, en terrenos cercanos a una unidad de la Fuerza Aérea en Dajabón. Los pecedeístas señalaron en el hecho al coronel Almonte Mayer y Rafael Belliard Estévez.

El Henry solidario
Los muchachos de mi generación recordamos todavía los gestos de solidaridad que practicaba Henry cada vez que giraba la visita a Amada la Coja. Siempre hacía un alto en el frente de la casa 106 de la calle 41 esquina 38 para decirnos, siempre con su sonrisa inacabable que mi memoria no ha borrado, a los que jugábamos allí al taquito, al ron o al trúcamelo: “Voy a estar donde la profesora Amada”. Y todos sabíamos por dónde venía la cosa: eso significaba que cuando pasara el panadero lo llamáramos para continuar con su costumbre de regalar un pan de agua a cada uno.

Jamás he podido olvidar a Henry Segarra Santos; las noticias e imágenes sobre él aparecidas en los periódicos y revistas y recuerdo las lágrimas de mi querido vecino Don Pedro Pulá cada vez que echamos un par de párrafos sobre aquellos años: “Tantos esfuerzos, tanta sangre…”

Publicado en Listín Diario

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