No, el presidente Trump no es populista
Por David Brooks
The New York Times
Columnista de Opinión
Durante los últimos 20 años, más o menos, muchos de nosotros, observadores sociales, hemos escrito sobre las terribles brechas que separan a la clase educada (gente con títulos universitarios) de la clase trabajadora (gente sin títulos).
Algunas de estas brechas tienen que ver con consecuencias de salud básicas. Las personas sin estudios universitarios mueren unos ocho años antes que las personas con títulos de cuatro años.
Algunas de las brechas afectan a la estructura familiar. Las mujeres con solo un diploma de bachiller o menos tienen unas cinco veces más probabilidades de tener hijos fuera del matrimonio que las mujeres con un título universitario.
Algunas de las brechas son sociológicas. Es mucho más probable que las personas que solo tienen un diploma de bachiller o menos digan que no tienen amigos íntimos. Es más probable que vivan en localidades donde el capital social se está derrumbando y los jóvenes huyen.
Algunas de estas brechas afectan los resultados educativos. En sexto grado, los hijos de familias pobres tienen un rendimiento cuatro grados inferior al de los hijos de familias acomodadas. Como ha señalado Daniel Markovits, de Yale, hoy la brecha educativa entre estudiantes acomodados y no acomodados es mayor que la brecha entre gente blanca y gente negra en la época de Jim Crow.
Si Estados Unidos eligiera a un populista como presidente, cabría esperar que dedicara su gobierno a abordar estas desigualdades, a impulsar el destino de los estadounidenses de clase trabajadora. Pero eso no es lo que está haciendo el presidente Trump. No parece tener planes para reducir las brechas en la educación, ni para reducir las brechas en las consecuencias de salud o en la estructura familiar. Básicamente, no tiene planes para revitalizar las comunidades que han sido diezmadas por la postindustrialización.
¿A qué se debe esto? La respuesta más sencilla es que a Trump parece importarle un comino la clase trabajadora. Trump no es un populista. Hace campaña como populista, pero una vez en el poder, es el traidor del populismo.
Lo que ocurre aquí no es una revuelta de la clase obrera contra las élites. Lo único que veo es a un sector de la élite educada persiguiendo a otro sector de la élite educada. Esto es como una guerra civil en un lujoso colegio en el que los chicos sinvergüenzas van tras los chicos pretenciosos.
Fíjate en quien dirige este gobierno. El presidente es un promotor inmobiliario educado en la Ivy League. El vicepresidente es un antiguo capitalista de riesgo educado en la Ivy League. Elon Musk, el emperador del DOGE, es un multimillonario educado en la Ivy League.
Fíjate en la gente que trabaja con Musk. Luke Farritor es un joven de 23 años que utilizó la inteligencia artificial para descifrar un antiguo pergamino griego. Ethan Shaotran es un estudiante de Harvard de 22 años. Gavin Kliger escribió una publicación en Substack titulada “Por qué renuncié a un salario de siete cifras para salvar a Estados Unidos”. Estas personas no son exactamente Joe el plomero.
Y fíjate en los programas que persiguen. No van tras los programas en los que se pueden conseguir grandes ahorros presupuestarios, como los de ayuda social. Van tras los programas en los que creen que trabajan los progresistas altamente cualificados. Van a por la comunidad de ayuda exterior, la comunidad científica, la comunidad de las ONG, las universidades, el Departamento de Educación y el Centro Kennedy.
Buscan destruir a los “wokesters” (la palabra que utilizan para referirse a los progresistas altamente educados) y la DEI (el término que utilizan para referirse a lo que hacen los progresistas altamente educados).
En 2018, la organización More in Common publicó la encuesta “Tribus Ocultas”. Descubrió que dos grupos dirigían la política estadounidense, a los que denominó activistas progresistas y conservadores devotos. Estos grupos están en extremos opuestos del espectro político, pero tienen mucho en común. Son los más ricos de todos los grupos de la tipología de More in Common. Son los más blancos de todos los grupos. Están entre los mejor educados de todos los grupos. Cuando escribí una columna sobre la amarga disputa entre estos dos grupos de élite, la titulé “La guerra civil de los blancos ricos”. Ese titular aún describe con precisión lo que estamos viendo.
¿Cómo nos hemos metido en este lío?
Bueno, a partir de hace unos 60 años, un grupo etiquetado de diversas maneras como los Bobos (burgueses bohemios) o la clase creativa empezó a establecer una hegemonía sobre las instituciones dominantes de la vida estadounidense: las universidades, los medios de comunicación, las fundaciones, la publicación editorial y el entretenimiento. Hay dos cosas que debes saber sobre esta clase. En primer lugar, como a la mayoría de los grupos, a sus miembros les disgusta la diversidad intelectual y tienden a imponer una asfixiante ortodoxia progresista en los lugares que dominan. En segundo lugar, más que la mayoría de los grupos, se ven a sí mismos como la inspiración moral de la sociedad, en todo, desde las actitudes medioambientales hasta la ética sexual, y disfrutan predicando para iluminar a sus compatriotas moralmente atrasados.
Los progresistas ejercen la hegemonía sobre estas instituciones, pero no el control total. Cada año, por ejemplo, las universidades de élite admiten a unos pocos estudiantes conservadores. Suelen tener uno o dos conservadores de muestra en el profesorado, a los que sacan para participar en mesas redondas. Estos conservadores poco frecuentes tienden a formar comunidades disidentes entre sí. En la década de 1980 existía The Dartmouth Review, que nos dio a Laura Ingraham y a Dinesh D’Souza. Más tarde, The Princeton Tory nos dio a Pete Hegseth. Hoy existe The Claremont Review of Books, uno de los portavoces intelectuales de la ideología de Trump.
Hay algo en ser uno de los pocos conservadores en un mar de insularidad progresista que tiende a volver loca a la gente. Lo entiendo. Cuando trabajaba en la National Review y en la página editorial del Wall Street Journal, algunos de mis vecinos neoyorquinos me hacían el saludo hitleriano cuando subía al ascensor. Me daban ganas de unirme a la Sociedad John Birch solo para fastidiarlos.
Los disidentes universitarios de la élite de derecha a menudo se sienten asediados, acosados. A menudo son a la vez alegres bromistas y también malhumorados, amargados y opositores. Catastrofizan. Contemplan los paisajes infernales de Hanover, Nuevo Hampshire; Princeton, Nueva Jersey; y Claremont, California, y deciden que la civilización occidental está en ruinas. Por encima de todo, buscan la venganza social contra los que los trataron con condescendencia.
Y he aquí el hecho crucial sobre muchos de ellos. Muchos de ellos no son pro-conservadores; son anti-izquierda. Hay una gran diferencia. No se centran en construir y reformar las instituciones cívicas que los conservadores consideran cruciales para cualquier sociedad sana. Se centran en derribar cualquier institución que ocupe la izquierda.
Los conservadores creen en el cambio constante y gradual. Los nihilistas creen en la ruptura repentina y caótica. El conservadurismo surgió contra el radicalismo arrogante de la Revolución Francesa. La gente de Trump son básicamente los revolucionarios franceses con sombreros rojos: existen las mismas burdas distinciones entre el bien y el mal, el mismo desprecio por los acuerdos existentes, el mismo descenso al fanatismo, la misma tendencia a dejar que la revolución devore a los suyos.
Podría decirse que los progresistas se lo merecen. En el momento en que empezaron a dejar fuera de sus instituciones a las voces conservadoras y obreras, estaban invitando a una reacción violenta, y aquí está.
Pero he aquí el problema: como escribió F. Scott Fitzgerald en El Gran Gatsby, los ricos son descuidados. Destrozan cosas. Los miembros de la élite de Trump creen que van tras las élites educadas de la USAID (sigla en inglés de Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional) y los NIH (sigla en inglés de Institutos Nacionales de Salud), pero ¿sabes quién va a pagar realmente el precio? La mujer de Namibia que va a morir de sida porque el Plan Presidencial de Emergencia para Alivio del Sida (PEPFAR por su sigla en inglés) ha sido aplastado. Es el niño de Ohio que va a morir de cáncer porque se ha frenado la investigación médica. Son los futuros ciudadanos de Estados Unidos cuyas vidas serán peores porque sus instituciones estatales ya no funcionan. Son las comunidades de clase trabajadora que seguirán consumiéndose porque Trump ignora sus retos principales y en cambio se centra en distracciones de la guerra cultural.
He aquí la esencia de la ideología de Trump: es despreocuparse alegremente de que las personas sin título universitario mueran unos ocho años antes o de que ahora cientos de miles de personas africanas puedan morir de sida, pero caer en paroxismos de pánico moral por quién compite en una contienda de natación de chicas de secundaria.
Por supuesto, la parte superior de la fuerza de trabajo federal suele ser de izquierda o de centro-izquierda, como cabría esperar de un grupo que posee una abundancia de títulos avanzados. Pero también son en su mayoría patriotas apolíticos que a menudo trabajan 60 horas semanales para mantenernos a salvo, para salvar vidas, para hacer que Estados Unidos funcione. Esta es una complejidad que los seguidores de Trump parecen incapaces de contemplar. Son personas que destruirían tu casa porque no les gusta tu cartel en el jardín.
No soy partidario del populismo, pero un populismo real sería mejor que los nihilistas de la élite de derecha que dirigen el país ahora.
The New York Times