Perú y el laberinto de la transición política

Edgar Lantigua

La historia de América, marcada por un rastro de sangre, luchas interminables, enredos y traiciones, camina en el primer tercio de este siglo hacia la consolidación de las instituciones democráticas en la mayoría de los países, con avances y retrocesos aquí y allá.

Uno de los países que conjuga la complejidad política de la construcción democrática, que parece atrapado en un interminable laberinto de conflictos e indefinición es Perú, sumido ahora en una nueva crisis con el intento del presidente Pedro Castillo de disolver el Congreso y su posterior detención.

Mario Vargas Llosa, en su discurso al recibir el premio Nobel de Literatura, recordó la expresión de José María Arguedas, que llamó al Perú el país de “todas las sangres”, tal vez la misma “mezcla explosiva”, de la que habló Fidel Castro.

Es la culminación de un proceso caótico marcado por sucesivas crisis, con seis presidentes en 4 años, un escenario solo comparable con los dramas latinoamericanos del siglo XIX, en el que la construcción en ciernes de las democracias hacía de los gobiernos, experiencias efímeras de apenas meses o años.

El Perú que se debate hoy en una crisis institucional con protestas que han causado la muerte de al menos 4 personas, en hechos violentos en reclamo de la renuncia de la recién juramentada presidenta Dina Boluarte, la primera mujer en ocupar el cargo en una nación que busca, sin encontrar, un destino más o menos estable desde la caída del régimen de Alberto Fujimori en el 2000.

En la Constitución aprobada a raíz del ascenso al poder de Fujimori, en 1993, uno de sus artículos establece que la presidencia de la República queda vacante por: “permanente incapacidad moral o física, declarada por el Congreso”, con ese artículo terminó la era de Fujimori en el 2000, fue destituido Martin Vizcarra y ahora Castillo.

Pedro Castillo es uno de esos casos atípicos en su país y en América, de un hombre sencillo, un maestro de escuela, de hablar campechano, reflejo de una de las tensiones permanentes en escenario político del continente, el péndulo girando de presidentes procedentes de las élites intelectuales, y la gente común.

Pedro Pablo Kuczyinski graduado en Princenton, Alejandro Toledo graduado en Stanford, frente a Castillo, un péndulo que hemos vivido los dominicanos en 1978 con el triunfo de don Antonio Guzmán, frente al intelectual Joaquín Balaguer o en el 2000, del agrónomo Hipolito Mejía, frente a Danilo Medina, después de los gobiernos de Balaguer y Leonel Fernández.

En el libro Transiciones Democráticas, Sergio Bitar y Abraham F. Lowental refieren que Felipe González, figura estelar de la transición política española, “señala que el liderazgo no se aprende en la universidad sino en la práctica, principios generales en circunstancias concretas”.

En frontera con Perú, se prepara para asumir un nuevo mandato, Luis Inacio Lula Da Silva, el obrero metalúrgico responsable de una presidencia paradigmática en Brasil, un hombre sencillo, como para recordar, que no es menester ser un intelectual para tener éxito en promover la inclusión social y el buen gobierno.

Sumido en un interminable laberinto, Perú lucha por alcanzar hoy la transición democrática dilatada en el tiempo, quizás por el influjo de los demonios tutelares que compiten permanentemente con la Divina Provincia, buscando sumir en el caos las naciones.

Ojalá de esta crisis, surja, la salida milagrosa hacia una etapa de consolidación democrática, para esta patria hija de la impronta de San Martín, de Bolívar y de Sucre.

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