Pesimismo dominicano

José Luis Taveras

Somos antropológicamente pesimistas. Encontramos sombras hasta en las mejores noticias. Es un «sentimiento cultural» alimentado por viejos prejuicios. El dominicano se percibe culpable aun cuando acepta su propio bienestar, de ahí las formas más rebuscadas para expresar ese estado: «en la lucha», «ahí», «más o menos», «bien, por no decir otra cosa».

El pesimismo dominicano es algo más que las notas depresivas escritas en las hojas académicas de José Ramón López, Federico García Godoy, Francisco Henríquez y Carvajal o Américo Lugo; es un aliento quejumbroso de su cotidianidad, razón para tapar su negra autoestima.

Ese pesimismo nos hace igualmente recelosos. Pocas veces confiamos en los gestos ajenos, sino que sospechamos casi siempre algún designio encubierto. Algunos piensan que esa propensión es un legado de los timos tolerados en una historia de extorsiones, empezando con la conquista española, que vino «armada» de la cruz y terminó aniquilando toda memoria aborigen, siguiendo con el abandono colonial de la Corona detrás de los imperios descubiertos en la América continental, y ni hablar de la fundación de la República, en la que los próceres que la lograron acabaron exiliados o ejecutados y un tirano en el poder con la intención de volvernos a la tutela colonial. Historia repetida como déjà vu en la Restauración.

57 presidentes nos han gobernado y cada uno ha ocupado un espacio apenas permitido por las circunstancias. Solo entre siete (Santana, Báez, Heureaux, Trujillo, Balaguer, Fernández y Medina) se cuentan 108 años de gobierno, las dos terceras partes de la vida republicana; los restantes 50 apenas consumieron 69 años (un año y cuatro meses per cápita). De ahí que el autoritarismo sea tan genético como el pesimismo que ha engendrado.

Es cierto, hemos sufrido estafas, simulaciones y traiciones, pero a todas hemos sobrevivido y, aunque no lo quisiéramos admitir, seguimos avanzando: a retazos, a golpes o a tumbos, pero, quiérase o no, mejor que antes.

Las macabras imágenes de la reciente guerra Hamás-Israel me han dejado un aturdimiento reflexivo. Y uno de esos pensamientos ha sido comparar el país con el resto del mundo, al menos en paz y convivencia. Entonces empiezan a discurrir las imágenes más despejadas, a pesar de las sombras del pesimismo.

Tenemos como bendición grandes carencias: ni terrorismo, ni guerrillas ni maras. No anidamos odios de raza, tampoco reductos de esclavismo ni segregaciones étnicas. Nuestra violencia es más social que delincuencial y en ella todavía no se revelan patrones tan nefastos como el secuestro o la tortura. Los tiroteos masivos son formas culturalmente extrañas para liberar el odio reprimido. Somos tolerantes con las creencias y poco a poco nos abrimos a la diversidad.

A pesar de nuestras desbalanceadas estructuras sociales, hemos vivido cambios fascinantes en los últimos cincuenta años. En ese tramo casi triplicamos la población; la economía cambió su perfil agrícola a una base multifuncional de servicios. Nuestro PIB nominal casi se centuplica; de un modelo de sustitución de importaciones transitamos a una economía globalmente integrada con un crecimiento sostenido de 5.2 % en las últimas cinco décadas. Tenemos una población mayoritariamente joven (53 % por debajo de los 35 años) con nuevos hábitos de consumo y otras expectativas de bienestar; disfrutamos de mayor conexión con el mundo y acceso a la tecnología de la comunicación y la información. Nuestro futuro no es para temerle; es para desafiarlo.

Es cierto, nos falta más de lo logrado, pero en el recorrido no hemos sufrido los traumas que otras sociedades han encontrado: genocidios, masacres, atentados suicidas, guerras fratricidas. Así, debemos cuidar lo que tenemos, que, si bien no nos parece mucho, es seguro que más de ochenta naciones del mundo se desvivirían por alcanzarlo en los próximos treinta años.

El 71 % de la población dominicana es teísta (WIN/Gallup International, 2017), condición que parece contradecir ese pesimismo ancestral que nos disminuye. Toda comparación es molestosa, pero en las tensiones y conflictos que vive el mundo, al menos es justo reconocer que Dios todavía nos ama.

Tenemos como bendición grandes carencias: ni terrorismo, ni guerrillas ni maras. No anidamos odios de raza, tampoco reductos de esclavismo ni segregaciones étnicas. Nuestra violencia es más social que delincuencial y todavía no se revelan patrones tan nefastos como el secuestro o la tortura.
Diario Libre

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