Por qué eliminé mi cuenta de Gmail después de 20 años

Por Ezra Klein

Es columnista de Opinión.

The New York Times

Hay un sinfín de teorías para intentar explicar por qué internet se siente tan mal estos días. La revista The New Yorker culpa de este cambio a las listas algorítmicas. Para Wired, el culpable es un ciclo en el que han caído las empresas: en vez de prestarles servicios a sus usuarios, los monetizan. Por su parte, MIT Technology Review sostiene que los responsables son los modelos de negocios basados en anuncios. El sitio web The Verge culpa a los motores de búsqueda. Concuerdo con todos estos argumentos. Pero me parece que hay otro más: nuestra vida digital se ha vuelto una serie de clósets de la vergüenza.

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Un clóset de la vergüenza es ese espacio de tu casa en el que amontonas las cosas que no tienen lugar en ninguna otra parte. No tiene que ser un clóset. Puede ser un garaje, una habitación, una cajonera o todos ellos. Independientemente de cuál sea ese espacio, su característica principal es que no aplicas ningún criterio para decidir qué va ahí. Hay cosas que necesitas. Hay cosas que nunca vas a necesitar. El problema es que, conforme se llena el armario, la idea de excavar lo que hay dentro o intentar organizarlo se hace cada vez más agobiante para considerarla siquiera.

La era del clóset de la vergüenza de internet tuvo un principio. El 1 de abril se cumplieron 20 años desde que Google presentó Gmail. Si en ese tiempo no utilizabas internet, es difícil explicarte lo asombroso que fue ese anuncio de Google. Entonces, la capacidad máxima de los buzones de correos electrónicos por lo general era de 15 megabytes. Google ofrecía 1 gigabyte gratis, decenas y decenas de veces más espacio. Todos querían estar en Gmail. El problema era que alguien tenía que invitarte. Recuerdo haber competido por una de esas primeras invitaciones. También recuerdo la emoción que sentí cuando la conseguí. Mi sensación fue que era mi día de suerte. Sentí que alguien me había elegido.

Hace unos meses, maté esa cuenta de Gmail. Tengo más de un millón de mensajes sin leer en mi bandeja de entrada. La mayor parte de lo que hay ahí es basura. Pero no todo. No tenía acceso a muchas cosas que necesitaba ver. Pero la función de búsqueda no me ayudó. No sabía qué estaba buscando. Los algoritmos de Google habían comenzado a fallarme. Lo que ellos consideraban prioritario no coincidía con lo que yo consideraba prioritario. Así que configuré una respuesta automática para indicarle a quienes me envíen un correo electrónico que esa dirección ya murió.

Gmail fue el resultado de un asombroso triunfo tecnológico. El costo de almacenar datos estaba cayendo. En 1985, 1 gigabyte de memoria en disco duro costaba alrededor de 75.000 dólares. Para 1995, era de unos 750 dólares. Ya en 2004, el año en que arrancó Gmail, eran unos cuantos dólares. Hoy en día, es menos de un centavo. Ahora, Gmail ofrece 15 gigabytes gratis. Es una maravilla, pero también es un desorden.

La promesa de Gmail —enorme capacidad de almacenamiento mediada por potentes herramientas de búsqueda— se convirtió en la promesa de prácticamente todo en internet. Según iCloud, tengo más de 23.000 fotos y casi 2000 videos en alguna parte de los servidores de Apple. Tengo decenas de miles de canciones marcadas con Me gusta en alguna parte de Spotify. ¿Cuántos datos tengo en mi aplicación Notes? ¿Cuántas conversaciones tengo guardadas en mensajes directos de Messages, WhatsApp, Signal, Twitter, Instagram y Facebook? En esos archivos hay muchísimas cosas que disfruté. Muchísimas cosas que me encantaría redescubrir. Lamentablemente, no puedo encontrar las cosas importantes en esa montaña de datos. Así que me rendí y decidí dejar de intentarlo.

Lo que empezó con nuestros archivos pronto llegó a nuestros amigos y familiares. Las redes sociales facilitaron que cualquier persona que hubiéramos conocido, y mucha gente que nunca conocimos, se hiciera amiga nuestra y nos siguiera. Podíamos comunicarnos con todos ellos a la vez sin tener que hacerlo individualmente. O eso nos dijeron. La idea de que podíamos tener tanta comunidad con tan poco esfuerzo era una ilusión. Estamos conectados digitalmente con más gente que nunca y, sin embargo, terriblemente solos. La cercanía requiere tiempo, y el tiempo no ha bajado de costo ni ha aumentado en cantidad.

Los gigantes digitales se benefician de mi pasividad. Ahora le pago a Apple y Google una cuota mensual por más almacenamiento. Tardaría demasiado tiempo en borrar todo lo necesario para permanecer dentro de sus límites. Varios algoritmos intentan hacer por mí lo que yo ya no hago por mi cuenta. Me presentan fotos del pasado y ofrecen venderme libros de mis recuerdos. Me presentan canciones que se parecen a las que me han gustado antes pero perdí hace tiempo. Mi feed está repleto de contenidos recomendados por influyentes y anunciantes que no significan nada para mí.

Hace unos meses, decidí volver a tomar las riendas de mi vida digital. Empecé por mi correo electrónico. Me suscribí a Hey, un servicio de correo electrónico cuya perspectiva sobre la forma en que debe operar ese servicio es muy distinta. Gmail y prácticamente todos sus competidores se basan en la premisa de que cualquiera debe tener la posibilidad de enviarme un correo electrónico y luego yo debo guardar, clasificar, buscar y organizar en categorías esos mensajes. Hey opera con base en la premisa de que solo las personas cuyos correos electrónicos quiero recibir deben poder enviarme correos electrónicos.

La primera vez que alguien envía un mensaje, se recibe en un espacio denominado el Screener (filtro); entonces, debes aceptar al remitente o marcarlo como no deseado. Si marcas a un remitente como no deseado, eso es todo. Nunca más ves correos electrónicos de esa dirección. Además, tiene otra función que me encanta: una pantalla limpia para responder tus correos electrónicos, que te deja pensar y redactar sin el barullo visual tan común en muchos otros servicios.

Hey me obliga a tomar decisiones en vez de alentarme a evitarlas. Debo preguntarme constantemente si quiero correos electrónicos de algún remitente y, si los quiero, a dónde deben ir. Tampoco estoy diciendo que Hey sea perfecto o que resuelva por completo los problemas que describí. Su función de búsqueda no se compara en absoluto con la de Google. Es muy difícil volver a encontrar correos que vi si no hice nada al respecto. No es posible clasificar distintos tipos de correo si provienen de la misma dirección. También se le complica mantener el hilo de conversaciones largas con muchos participantes. Además, echo de menos la integración fácil con los demás productos Google que necesito utilizar.

Pero, por ahora, lo que busco es fricción. Estoy agradecido —en serio— por lo que Google, Apple y otros hicieron para facilitar mi vida digital en las dos décadas pasadas. Por desgracia, que todo sea demasiado fácil también tiene un costo. Me dejé convencer de que no era necesario tomar decisiones. Ahora, mi vida digital es una serie de monumentos al costo de combinar una capacidad de almacenamiento máxima con una intencionalidad mínima.

Tengo miles de fotos de mis hijos, a pocas les puse alguna marca para volver a verlas. Tengo registro de casi todos los textos que he enviado desde que estaba en la universidad, pero no tengo ni la menor idea de cómo encontrar los que fueron significativos para mí. Durante muchos años acribillé con mis ideas a millones de personas en X y Facebook, pero no me di el tiempo para responder correspondencia con amistades queridas. Almacené todo, pero no conservé nada.

Solo yo tengo la culpa. No me quejo de que las grandes corporaciones me hayan hecho algo. Yo me causé estos males. Pero ahora busco software que insista en que tome decisiones en vez de susurrarme que no necesito tomar ninguna. No quiero que mi vida digital sea una serie de clósets de la vergüenza. Ahora empleo una nueva metáfora: quiero que sea un jardín que pueda cuidar, en el que pueda recortar la mala hierba y nutrir las plantas.

The New York Times

Ezra Klein se incorporó a la sección de Opinión en 2021. Anteriormente, fue fundador, editor jefe y luego editor at large de Vox; presentador del pódcast The Ezra Klein Show; y autor de Why We’re Polarized. Antes de eso, fue columnista y editor en The Washington Post, donde fundó y dirigió la vertical Wonkblog. Está en Threads.

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