Por un merecido reconocimiento

Por JUAN LLADO

Diligenciar un reconocimiento póstumo es tarea difícil aun si el personaje involucrado tiene dimensiones continentales. La gente olvida pronto y no es dada a mirar hacia atrás. Pero a los seis años de su triste fallecimiento se impone recordar la obra de bien del eminente galeno Rafael Ortega González, un ejemplar ciudadano de San Francisco de Macorís (SFM). Apelar a medios como este para reclamar de las autoridades atención a sus merecimientos es un válido recurso en el gobierno del cambio.

              Rafael Ortega González, ciudadano ejemplar de la Provincia Duarte

El doctor Ortega se encumbra en el recuerdo como uno de esos personajes soslayados que fueron pulcros guayacanes de su pueblo. Son varias las semblanzas de su leyenda que merecieron publicación en la prensa, siendo tal vez la mejor la del Dr. Herbert Stern. Su obra de bien hoy perdura silentemente a pesar de todos los olvidos. Basta con glosar aquí sus excepcionales logros en las áreas de su profesión de medicina, las iniciativas de bien social en su ciudad natal, las prestigiosas presidencias que ocupó y su ejemplar familia. En los pueblos del interior habrá otros que se comparen, pero de seguro serán muy pocos.

Venciendo muchas estrecheces económicas, se recibió de Doctor en Medicina de la Universidad de Santo Domingo en el 1945, demostrando talento excepcional para el desempeño de su profesión. Eso le mereció ser asistente del afamado Dr. Francisco Moscoso Puello en el Hospital Padre Billini de Santo Domingo, donde laboró mientras asistía a la universidad. Siendo estudiante ya escribía artículos científicos que se publicaban en el Boletín del hospital. Tambien trabajó en otros hospitales de la ciudad, incluyendo el Marion y el Instituto Oncológico. Su tesis doctoral fue “El Cáncer en la República Dominicana”, la cual mereció una Mención Especial.

Al graduarse mereció un nombramiento como director del hospital de Dajabón. (Solo dos graduados destacados merecieron tal distinción.) Al regresar luego a San Francisco creó el primer laboratorio clínico privado y fundó la Clínica Nuestra Señora de Lourdes, donde realizó en el 1954 las primeras transfusiones de sangre en esa ciudad. En el Hospital San Vicente de Paul de SFM ejerció como practicante, médico interno, asistente del director, subdirector y, eventualmente, director. Estuvo en este último cargo 4 años con un sueldo simbólico de un peso mensual. Su Clínica fue un refugio seguro para los desheredados de la fortuna, quienes fueron siempre atendidos gratuitamente honrando el juramento hipocrático.

Fue presidente de la Asociación Médica de la provincia Duarte. Creó la Revista Médica de esa Asociacion, donde publico numerosos trabajos científicos que merecieron reconocimiento profesional en todo el pais. El presiente Balaguer intentó reclutarlo para nombrarlo secretario de Estado de Salud Pública, pero prefirió un nombramiento de Subsecretario en SFM para la región noreste. Ejerció ese cargo por varios años recibiendo como compensación un peso mensual. Esa mística de servicio público se reflejó tambien en su esposa, quien fungió como Gobernadora provincial por diez años con igual compensación. (Ambos siempre fueron apartidistas.) La Sala de Rehabilitación del Hospital San Vicente de Paul hoy lleva su nombre por su exitosos esfuerzos de levantamiento de fondos para su construcción.

Como cofundador, junto al entonces Monseñor Lopez Rodriguez, fue Vicerrector Académico de la Universidad Católica Nordestana (UCNE). El Dr. Ortega fundó la Escuela de Medicina de la institución, la cual hoy lleva su nombre. Además, ejerció como catedrático de varias materias por varios años: Patología Tropical, Medicina Legal y Hematología. Es autor de “Lecciones de Medicina Legal y Sexología Forense” (Santo Domingo, Ene Publicidad, 2002). Fue segundo vicepresidente de la Fundacion Universitaria de la UCNE y a él se le debe que el recinto universitario hoy deslumbre por la belleza de su jardinería. La siembra de árboles fue siempre su hobby preferido, habiendo desarrollado dos exitosas fincas agrícolas.

Si el ejercicio médico del Dr. Ortega estuvo marcado por el desprendimiento y el servicio a los demás, su trayectoria ciudadana fue aún más impresionante. Por limitaciones de espacio solo es posible reseñar algunas de sus más prominentes iniciativas y responsabilidades: 1) cofundador y presidente del Colegio de Profesionales de la Provincia Duarte, 2) cofundador y presidente de la Asociacion para el Desarrollo de la Provincia Duarte, 3) cofundador y primer presidente del Instituto de Cultura Dominico-Americano, 4) cofundador y presidente del Patronato del Banco Regional de Sangre, 5) presidente del Club Rotario, 6) cofundador y primer presidente del Círculo Social Juan XXIII, 7) dos veces presidente del Comité Provincial de la Defensa Civil, 8) cofundador y presidente por más de 30 años de la Asociacion Duarte de Ahorros y Prestamos, y 9) presidente del Club Esperanza Inc. de SFM.

Además de lo anterior, vale la pena destacar otras funciones importantes del Dr. Ortega. Se ganó ser Miembro Benemérito del Cuerpo de Bomberos por varios aportes que consiguió para esa institución y sería imposible mencionar aquí otras muchas diligencias exitosa de levantamiento de fondos para varias agendas de la comunidad. Fue Tesorero de la Zona Franca de SFM, cofundador del “San Diego Campo Club”, cofundador de la extensión Salcedo de la UCNE y alto dirigente de la Asociacion Medica Regional Norte. Entre otras distinciones fue declarado Hijo Distinguido de SFM y tanto la secretaria de Estado de Salud como la UCNE le rindieron homenaje de reconocimiento por los servicios prestados a su comunidad. Entre estos sobresale haber introducido por primera vez (1961) en el pais y la Provincia Duarte las charlas de educación sexual.

El Dr. Ortega, a quienes amigos y allegados le llamaban cariñosamente “Fellito” sin dejar de decirle usted, estuvo casado con Violeta Martinez con quien procreó siete hijos, todos los cuales son hoy profesionales sobresalientes en sus respectivos campos. Digno de mención tambien es el hecho de que fue miembro de la Banda de Música de SFM y profesor de esta, tocando el saxofón como instrumento preferido.

Este prontuario debe ser suficiente para que cualquier lector se percate de la excepcional bonhomía y altruismo del individuo. Sin duda fue un sólido pilar de la sociedad francomacorisana, sin que desde entonces haya surgido otra figura que aglutine tantos merecimientos cívicos. El insigne poeta Manuel Mora Serrano sintetizó en su panegírico su excelsa leyenda: “Ha rendido la jornada de la vida después de vivirla y sufrirla por ciento cuatro años, un privilegio que pocos seres han disfrutado. Y dije sufrirla propiamente, su vida no fue siempre la de un exitoso sin problemas económicos. Venía de la pobreza y fue hijo de sus actos. Luchó con lo que tenía: Su extraordinaria tenacidad y su indiscutible talento.” Sin embargo, la indiscutible sonoridad de su sencilla grandeza no ha inspirado la veneración que otorgaría un premio póstumo a su memoria.

Esa grandeza pueblerina no merece la rudeza del olvido. Así como el presidente Abinader condecoro a una pléyade de luchadores por la democracia entiendo que debe condecorar póstumamente a este ejemplar ciudadano con la Orden de Duarte, Sanchez y Mella en el Grado de Comendador. Entre los nacionales no solo ameritan reconocimiento los personajes políticos sino tambien aquellos que construyen y encarnan la sociedad civil. Mis intentos de conseguir (en este y en el anterior gobierno) la atención de varios ministros para estos fines ha sido en vano, tal vez porque he pedido una distinción póstuma. Pero este es el gobierno del cambio y se debe presumir que debe rendir honor a quien, vivo o muerto, honor merece.

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