Predije la crisis financiera de 2008: Lo que se avecina puede ser peor

Por Richard Bookstaber

Bookstaber es el autor de A Demon of Our Own Design, que en 2007 advirtió de la inminente crisis financiera.

The New York Times

Al comienzo de la crisis financiera de 2008, yo trabajaba en un fondo de cobertura. Cuando terminó, estaba en el Departamento del Tesoro de Estados Unidos. En ambos, trabajé con personas que tenían pocos años de haber salido de la universidad. El drama de 2008 era lo único que sabían sobre los mercados financieros. “Recuerden lo que está pasando”, les decía. “Nunca volverán a ver algo así”.

Ahora no estoy tan seguro. Quizá vean cosas peores.

Hemos vuelto a un periodo de riesgo, plagado de presiones similares a las que han provocado grandes crisis financieras. Esta vez, los riesgos se extienden a través industrias, mercados y naciones: la inteligencia artificial, la industria crediticia privada de aproximadamente 2 billones de dólares, los mercados bursátiles, Taiwán y ahora Irán. Estos riesgos se analizan uno a uno, noticia a noticia. Los entendemos de forma aislada. Sin embargo, son diferentes puntos de acceso a la misma estructura subyacente: un sistema complejo y estrechamente interconectado en el que la fuente específica de tensión importa menos que la rapidez con que esa tensión puede propagarse.

Están surgiendo señales de tensión sistémica.

Empecemos por el crédito privado, que ya está mostrando signos preocupantes. En las dos últimas décadas, la retirada de los bancos tradicionales después de la crisis financiera ha hecho que muchas empresas dependen cada vez más de los préstamos de los inversores institucionales. Pero estos préstamos rara vez cambian de manos, lo que deja a los inversores en la incertidumbre sobre el valor real de dichos instrumentos o la facilidad con que podrían venderse si las condiciones se deterioran.

Ahora enturbia el panorama el hecho de que muchos de los prestatarios que sustentan el sector de los préstamos son empresas de software y tecnología, el tipo de empresas cuyos servicios podrían ser sustituidos por la IA.

Esta vulnerabilidad está empezando a preocupar a los inversores. Ya inquietos por la forma en que los tipos de interés más altos elevan los costos de los préstamos, algunos han empezado a retirar su dinero de los fondos de crédito privados de empresas reconocidas como Blue Owl, BlackRock y Blackstone. Las acciones de Blue Owl han caído bruscamente. Y como el mercado no tiene un intercambio organizado y la información es inaccesible, las retiradas de los inversores pueden desencadenar una fuga masiva de capitales, como la que en el pasado convirtió las tensiones financieras en una crisis en toda regla.

Al mismo tiempo, el auge de la IA impulsa una inversión extraordinaria en un pequeño grupo de empresas tecnológicas dominantes, lo cual infla sus valoraciones hasta el punto de que 10 acciones representan ahora más de un tercio del valor del S&P 500. Ese nivel de concentración no tiene precedentes, y es peligroso, porque significa que una sacudida en cualquiera de estas empresas puede propagarse por todo el mercado en lugar de ser absorbida por él.

Lo que parecen ser fenómenos independientes —por un lado, un nuevo tipo de mercado crediticio y una disrupción tecnológica y, por otro, la euforia del mercado bursátil— son en realidad la misma red de dinero y expectativas, vista desde diferentes perspectivas.

Por supuesto, el crédito privado no solo financia a las empresas vulnerables a la IA, sino que también es una fuente fundamental de financiación para la infraestructura que impulsa a la IA: los centros de datos y los chips semiconductores. Esta infraestructura en gran medida es construida por el puñado de empresas como Google y Microsoft que dominan nuestro mercado bursátil. En este sistema estrechamente conectado, el debilitamiento del crédito privado pone a prueba las inversiones en IA de los gigantes tecnológicos, lo que a su vez amenaza las carteras de valores, las jubilaciones y las pensiones de decenas de millones de personas.

Además, el auge de la IA ejerce nuevas tensiones sobre la infraestructura física de la que depende. Requiere un enorme consumo de electricidad y tiene un voraz apetito de semiconductores avanzados. Esto tiene un peso geopolítico.

Por ejemplo, Irán. Una crisis energética provocada por el conflicto que aumente el costo de la energía o limite su suministro afecta directamente a los centros de datos y a la producción de IA, lo que aumentaría los costos para los gigantes de la IA, que luego trasladarían esas presiones a nuestros mercados privados de crédito y de valores.

Luego está Taiwán. Si China lo invadiera o bloqueara, el acceso de Estados Unidos a los semiconductores se vería gravemente limitado. Eso ralentizaría inmediatamente el despliegue de la IA, lo cual debilitaría a las empresas que impulsan el auge de la IA, con los inevitables efectos en cadena.

Nuestro sistema financiero actual falla no porque una sola cosa vaya mal. Falla porque diferentes perturbaciones se propagan a través de la misma estructura y de formas difíciles de prever. Cuando algo sale mal, se propaga más rápido de lo que puede contenerse.

Es fundamental que nuestros legisladores se den cuenta de que el crédito privado no es solo un riesgo paralelo al auge de la IA. Los centros de datos, los chips y la infraestructura de la IA se han construido en gran medida con préstamos privados. Los inversores en esos préstamos no pueden vender fácilmente sus posiciones. Por tanto, si se produce alguna sacudida en el sistema y descubren que necesitan conseguir efectivo, harán lo que hacen los inversores cuando no pueden vender lo que quieren vender: venden lo que pueden. Y lo que pueden vender fácilmente son las grandes acciones tecnológicas cotizadas en bolsa que dominan los principales índices.

No es la primera vez que construimos un sistema como este. La crisis de 2008 se recuerda a menudo como una historia de propietarios de viviendas que se atiborraron de deudas excesivas, una burbuja inmobiliaria alimentada por la especulación y millones de hipotecas impagadas. Pero la burbuja inmobiliaria en sí no fue la razón por la que la crisis se volvió tan destructiva. El acelerador que empujó la crisis a tales profundidades fue el sistema financiero que se había construido en torno al mercado de la vivienda. Instrumentos financieros novedosos y complejos ocultaron el riesgo, entrelazaron los balances de todo el sistema financiero y eliminaron los amortiguadores que antes absorbían las perturbaciones. Cuando el mercado de la vivienda se hundió, estos instrumentos casi se llevaron por delante todo nuestro sistema financiero.

Esta vez, el peligro no reside en la ingeniería financiera. El problema radica en que nuestro sistema financiero se ha vinculado a las vulnerabilidades de nuestro mundo físico —redes eléctricas, agua, tierra, cadenas de suministro— y ha creado peligros que los mercados no tienen un marco para analizar. Nuestros modelos para detectar riesgos se basan en los precios, la volatilidad y las correlaciones. No tienen instrumentos para leer un fallo de la red, una sequía o una cadena de suministro cortada. Para cuando las señales de alarma aparezcan en los datos del mercado, el daño ya estará hecho.

Los riesgos físicos de Irán, Taiwán y el auge de la IA están reemplazando los riesgos financieros que existían antes de 2008. Sin duda, prefiero los riesgos financieros. El riesgo financiero solo afecta los precios. El riesgo físico afecta el mundo.

The New York Times

Comentarios
Difundelo