Reforma policial

César Duvernay

La muerte el pasado primero de mayo del joven David de los Santos debido a una golpiza recibida mientras estaba detenido en un destacamento y por la cual hay cuatro policías y tres civiles imputados, muestra aristas bochornosas de la sociedad, pero sobre todo, la necesidad impostergable de una reforma policial.   Los hechos, que según la fiscalía indican que el occiso fue introducido a una celda esposado y que fue torturado por tres reclusos (Santiago Mateo Victoriano, Michael Pérez Ramos y Jean Carlos Martínez Peña), evidencian, primero, la indolencia y la barbarie de quienes golpearon salvajemente a un hombre indefenso y segundo, la irresponsabilidad y la crueldad de los agentes presentes (el segundo teniente Germán García de la Cruz, el cabo Alfonso Decena Hernández y el raso San Manuel González García) que permitieron impávidamente lo sucedido. Una tragedia que pudo evitarse si los uniformados se hubiesen ceñido a un correcto protocolo operativo. Solo que, y hay que admitirlo, a 86 años de historia, la Policía Nacional (PN) ha venido acumulando una serie de comportamientos perversos y normas no escritas, que, amparadas en las debilidades del reclutamiento y de una adecuada formación, producen este y otro tipo lamentables situaciones.

Lo de la PN es un tema complejo porque una transformación no se hace de la noche a la mañana y un cambio de mentalidad requiere de voluntad, recursos y tiempo. El gobierno ha decidido valientemente enfrentar, caiga quien caiga, el problema en contraste de algunas voces, hoy críticas, pero que cuando tuvieron la oportunidad, no solo no la hicieron, sino que ni siquiera la intentaron.

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