Repensar y a la estrategia de desarrollo del país

Juan Temístocles Montás

A partir de 1991, la República Dominicana puso en marcha una serie de reformas orientadas al libre mercado y a la apertura económica en línea con las tendencias mundiales de la globalización. Este hecho marcó un cambio radical con las políticas que se pusieron en vigor y marcaron la década perdida de 1980, representando un punto de inflexión en el modelo de desarrollo del país.

Los resultados de ese cambio no se hicieron esperar. Durante los años posteriores a las reformas el país experimentó un crecimiento promedio superior a la media regional, lo que permitió que el PIB, a precios constantes en 2024, superara al de 1991 en 523%. La economía dominicana se transformó en una de las economías más dinámica de América Latina y el Caribe, permitiendo que, en paridad de poder adquisitivo, el PIB per cápita pasara de la posición No. 14 en 1991 a la posición No. 5 en 2024, entre los países de la región.

La apertura de la economía facilitó una mayor atracción de inversión extranjera directa (IED), particularmente en áreas como el turismo, las telecomunicaciones, la energía y las manufacturas de zonas francas. Esta inversión ha contribuido a la generación de empleos, la transferencia de tecnología y el fortalecimiento de la infraestructura nacional. República Dominicana se convirtió en el destino preferido de la IED en el Caribe y Centroamérica.

El país se integró en la cadenas globales de valor por la vía de acuerdos de libre comercio, como el RD-CAFTA, el Acuerdo de Asociación Económica con la Unión Europea, el Acuerdo con Caricom y el Acuerdo con el Mercado Común Centroamericano. Estos acuerdos permitieron una cierta diversificación de los mercados de exportación.

En lo social, el cambio producido, en comparación con 1991, ha sido destacable. Se redujo la desigualdad social y la pobreza; la clase media se expandió, superando hoy porcentualmente a los sectores que viven en la pobreza. En términos de cobertura ha habido avances importantes en educación, salud y conectividad digital, todos ellos esenciales para la competitividad en el entorno global. Aun así, persisten desafíos considerables.

Resumiendo, la inserción del país en el proceso de globalización, producto de las reformas impulsadas desde principios de 1991, contribuyó significativamente a impulsar el desarrollo del país. El índice de desarrollo humano mejoró de forma tal que el país pasó de ser un país de desarrollo humano medio a un país de desarrollo humano alto.

Ahora, el mundo está entrando en una nueva fase. Si bien, la globalización no ha desaparecido, el contexto internacional está cambiado radicalmente, y la República Dominicana debe prepararse rápidamente y adaptarse inteligentemente. La nueva fase a la que nos enfrentamos se caracteriza por más fragmentación, con bloques regionales, guerras comerciales, nacionalismo económico y una fuerte competencia tecnológica. En este nuevo escenario, la República Dominicana necesita replantear su estrategia de inserción internacional.

Un ejemplo concreto de la nueva fase que se abre son las decisiones de Trump de imponer aranceles a las exportaciones que recibe Estados Unidos, lo que representa un giro hacia el proteccionismo, incluso contra aliados de su país. Estas decisiones son mensajes claros para nuestro país. Uno de esos mensajes es que el libre comercio ya no es un principio garantizado y que no se debe depender ciegamente de tratado como el DR-CAFTA.

Los Estados Unidos han pasado a priorizar su interés nacional, incluso a costa de sus socios. Make America Great Again (MAGA) significa poner los intereses de Estados Unidos por encima de todos los demás. Significa que Estados Unidos actuará unilateralmente cuando considere que un producto, industria o región afecta sus intereses estratégicos.

En este contexto, los aranceles no se imponen sólo por razones económicas sino como instrumento de presión política, lo que significa que las decisiones económicas ya no se explican sólo con lógica de mercado.

Las medidas adoptadas por Trump no deben verse como episodios aislados, son síntomas de un nuevo orden global. La conclusión que debe sacar nuestro país de este nuevo escenario es clara. Es preciso repensar ya la estrategia de desarrollo para estos nuevos tiempos: diversificar los mercados, fortalecer la autonomía productiva, desarrollar una diplomacia económica activa, e invertir en tecnología y capital humano para competir por calidad, no solo por bajos costos.

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