Samaná: Notas de Nauta

En una botella de náufrago me llegaron estas notas de nauta ibero escritas sobre Samaná a 158 años

Por José del Castillo

En una botella de náufrago me llegaron estas notas de nauta ibero escritas sobre Samaná a 158 años de la última FITUR, cuando España reasentó sus reales en Santo Domingo. No exento de prejuicios etnocéntricos, su autor pondera las bondades de la península y la bahía bajo prisma de aprovechamiento capitalista imperial. El desdichado poeta Rodríguez Objío la perfiló así: “Pero entre todas descuella/Samaná, que es nuestra viña,/causa de perpetua riña,/ bien supremo o grave mal…”

“Al tomar la pluma para ocuparnos de la Península de Samaná vamos a emprender un trabajo más arduo de lo que a primera vista pudiera parecer: porque tenemos que empezar por destruir las gratas ilusiones que en muchos, como en nosotros mismos, engendraron los que nos han precedido en su descripción. Y no se crea que hacemos un cargo a los que antes la han dado a conocer; porque nada han exagerado al hablar de sus riquezas; pero como no citaron los obstáculos que había para explotarlas, sus descripciones nos cegaron y no dimos lugar al razonamiento frío que nos hubiera mostrado la verdad. La naturaleza en su estado primitivo y en un grado de fertilidad y de salvaje hermosura.

Leed cualquiera de las descripciones hechas por conocidos escritores que han visitado este país, y en el pequeño recinto de la Península os revelarán sus interesantes escritos, montes preñados de riqueza en maderas, carbón, metales preciosos y raras producciones. Figuraos luego una playa llena de variedad y siempre hermosa, en donde veis, ya una alameda de esbeltas palmeras, ya un tejido de ramas de diversos colores, siempre verdes nunca secos y desnudos como en nuestra Península Española, y repetidos a cortos trechos mil riachuelos serpenteando y corriendo hacia el mar. Mezclad a tanta hermosura algunas chozas esparcidas y aisladas, y que apenas se divisan entre el espeso ramaje, y tendréis un conjunto encantador y la descripción fiel de la Península.

Pero nosotros nos vemos en el caso de declarar que cualquier trozo de costa de la fértil América debe ser, con raras excepciones, descrita de igual manera. ¿Qué punto si no, de nuestra Isla de Cuba de los muchos que hay todavía en el estado de la naturaleza, no tiene frondosos árboles, profusión de riachuelos, playas deliciosas, y todo lo que hemos dicho de la Península de Samaná?

Pues bien, tomad a vuestro capricho un trozo de esa tierra virgen en la Isla de Cuba, procurad que sea aquel más escogido, rico y saludable, suprimid en él la esclavitud y la colonización de trabajadores contratados, y ved de qué servirá tanta riqueza. Esta es la Península de Samaná: fértil y hermosa como lo mejor de nuestra Isla de Cuba, pero sin brazos para hacerla productiva en mucho tiempo: y no es que esté completamente despoblada, sino que sus habitantes que tienen de común esa indolencia indefinible y que es innata en todos los indios y naturales de estos países que nacieron sin la obligación del trabajo y en el aislamiento de toda civilización, se hallan además divididos entre sí por la diferencia de raza, de idioma y de religión a que pertenecen, y que les hace preferir la soledad de su choza que cada uno fabrica en el punto que más le agrada; que es generalmente en lo más elevado de un montecillo, y siempre lo más lejos posible de los demás; y allí con una compañera de sus mismas creencias, sin más afán que estar lo más descansadamente posible, pasan su vida sin pesar, porque no tienen más necesidades que el vivir, y para esto les basta el plátano y las frutas que sembraron de una vez para siempre, en un corto recinto alrededor de su casita.

Hay sin embargo en la Península una población llamada de Santa Bárbara: pero esta, es más miserable que la última aldea de nuestro país. Se compone de una veintena de casas techadas con paja o con yaguas y colocadas sin concierto en el fondo de un puertecito cerrado por altos montes, que no permitiendo penetrar la brisa, la hacen insoportable por su clima, y peligrosa por sus enfermedades aun para aquellos más aclimatados.

Parecía natural que alrededor de esta pequeña población que está colocada entre dos ríos y en un país tan hermoso y fértil como lo hemos descrito, abundasen los sembrados y las flores; pero nada más distante de ello: el monte es tan virgen al lado de los vecinos de este pueblo miserable, como en lo más interior de la Península, porque ellos, no tienen más ambición, que la de vivir en la mayor quietud posible; y tendidos en su hamaca o recostados indolentes sobre su sillón de cuero, pasan los días sin pensar en mañana ni acordarse de ayer. No se consideran con obligaciones de sociedad ni de familia, y algunos ni de religión; para ellos el dinero es innecesario; y teniendo un techo para abrigarse del agua, y plátanos y frutas con que alimentarse, está satisfecho. Es, en fin, tan enemigo de la actividad y del movimiento, que hasta le incomoda si los ve ejercidos por algún otro.

En España como en cualquier otro país de Europa, no se comprende la existencia de seres tan inútiles a sí mismos y a la sociedad.”

El autor pasa a referir un caso de “intercambio desigual” narrado a él por un comerciante catalán establecido en Omoa, pueblo costero de Honduras que mantuviera activo comercio bajo su estatus colonial y que en los años 60 del siglo XIX deviniera en “un conjunto de chozas miserables en que viven los naturales, y a un pequeño número de casas de madera, habitadas por tenderos españoles y norteamericanos”. Un lugareño vende al tendero un cañón de plumas lleno de polvo de oro sin regatear precio y compra con ello un pañuelo colorido, pantalón y camiseta de algodón de bajo costo.

“Porque el indio es igual en todas partes donde la civilización y la cultura no han progresado tanto como en las Islas de Cuba y Puerto Rico. Ayer lo pasó sin otra cosa que lo que le da la naturaleza, y mañana lo pasará lo mismo. Solo necesitaba una mujer porque no la tenía o porque le satisfizo el variar, y eso lo conseguiría con la preciosa adquisición que acababa de hacer. Esto no es un suceso extraño; aquel catalán nos informó que su comercio consistía en recoger ópalos y polvos de oro, que adquiría así y le producía una pingüe utilidad.

Pero volvamos a Samaná donde difícilmente se ofrecerá un hecho de tal naturaleza, por proceder la mayor parte de sus habitantes de la vecina República de Haití, y los restantes «casi sin excepción» del Estado de Florida: traídos como colonos por el gobierno de los Estados Unidos. Así que, nosotros no hemos hallado todavía un vecino que se pueda asegurar desciende de los de nuestra anterior dominación. En cambio, hemos visitado el pueblo de Sabana la Mar situado al Sur de Samaná y en la costa que forma con la Península su extensísima bahía, cuyos habitantes hijos de Canarias o descendientes de ellos, forman un contraste notable con los que llevamos descriptos. Allí, el deseo del trabajo, el afán de mejorar y el afecto a España, nos hace reconocerlos de la misma raza que el leal y activo guajiro de nuestras Islas de Cuba y Puerto Rico.

Conocida ya la Península y el carácter de sus habitantes, para deducir con facilidad las ventajas que podremos esperar de su posesión bajo el punto comercial; fijemos la atención en aquellas de sus riquezas que parecen más fácilmente explotables, examinemos los recursos que serán indispensables para inaugurar los trabajos, y si el resultado será proporcional al capital que se emplee.

Empecemos por el carbón de piedra, cuyas minas tanto se ponderaron; creyendo encontrar un pingüe negocio en la bondad del mineral y en su fácil explotación, sin que bastase a desvanecer por completo estas ideas, las declaraciones que sobre ello hizo el entendido Sr. Fernández de Castro que lo reconoció, y consideró de mala calidad, y solo útil para ciertos usos secundarios.

Vamos a suponer contra nuestra opinión y para seguir la de otros muchos, que profundizando en la mina mejora su clase, y llegará a ser tan bueno como el mejor de Inglaterra, y convengamos en que la posición de la cuenca a la orilla de un río y muy próxima al puerto, es inmejorable para la facilidad de la exportación: todo pues, tiene las mejores condiciones y se trata de explotar esta riqueza.

Introduzcamos para ello y como cosa indispensable, 200 colonos asiáticos: no europeos porque morirían a los ocho días, ni negros que causarían una seria agitación en los del país, que por sus escasos alcances y extrañas sugestiones, están todavía temerosos de la institución de la esclavitud. Construyamos habitaciones para ellos y los empleados de la pequeña Colonia. Hagamos un cálculo aproximado de los gastos de manutención, sueldos, herramientas y vestidos de los colonos; contando siempre con que el país no nos facilitará lo más insignificante para estas necesidades, hasta que nosotros mismos no desmontemos y labremos algún trozo de terreno.

Una vez inaugurado el trabajo, considerémosle completamente improductivo por seis meses, que es bien poco en verdad, por más cercana de la superficie que supongamos se halla el magnífico carbón que se espera encontrar. Sumemos los desembolsos verificados a este tiempo; examinemos el gasto diario de la mina ya en explotación, y veamos a qué precio podremos vender la tonelada de este mineral, para que sea proporcional al capital que hemos empleado; y es indudable que no podremos darla a menos del doble a que nos cuesta en este mismo punto el carbón traído de Inglaterra; ¿y quién nos lo pagará así; aun suponiéndolo de una calidad que no es de esperar a juzgar por las pruebas que hicimos con algunas toneladas, y también por lo mucho que nos merece la opinión que hemos citado del Sr. Fernández de Castro?

¿Quién a la vista de tales consideraciones estará tan mal con sus intereses y su tranquilidad que se atreva a hacer la trabajosa prueba práctica de esta explotación? Convengamos en que es preciso dudar haya capital que se exponga en tan ruinoso negocio.”

Como las buenas series, estas notas de nauta, continuarán.

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