Tensión en Oriente Medio mantiene en vilo a la economía mundial, aunque América Latina aún evita un escenario sombrío

Londres, 18 de abril de 2026. (Agencias)– La incertidumbre global sigue dominando el pulso de la economía mundial en medio de la guerra en Oriente Medio, con mercados que han oscilado bruscamente al ritmo de los mensajes políticos y militares de los bandos enfrentados, en particular de las declaraciones del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, sobre un cese al fuego parcial, la reapertura del estrecho de Ormuz y el mantenimiento del bloqueo estadounidense sobre puertos iraníes.

Ese vaivén narrativo se reflejó de inmediato en los precios: el Brent, que llegó a tocar US$119.50 por barril en marzo, cayó cerca de 9 % el 17 de abril para cerrar en torno a US$90 tras los anuncios sobre la reapertura del paso marítimo, aunque sigue muy por encima de los niveles previos al estallido de la crisis.

La razón de fondo es el peso estratégico del estrecho de Ormuz. Según la Agencia Internacional de Energía (AIE), por esa vía pasaron en 2025 casi 15 millones de barriles diarios de crudo, equivalentes a 34 % del comercio mundial de crudo.

Si se suman crudo, productos refinados y otros líquidos, el volumen ronda los 20 millones de barriles diarios, cerca de una quinta parte del consumo mundial de líquidos petroleros. Además, más de 110 mil millones de metros cúbicos de gas natural licuado cruzaron por Ormuz en 2025, casi una quinta parte del comercio global de GNL.

El impacto de la guerra sobre ese corredor ha sido severo. La AIE reportó que en marzo la oferta mundial de petróleo se desplomó en 10.1 millones de barriles diarios, hasta 97 millones, debido a ataques sobre infraestructura energética y a las restricciones al tránsito de tanqueros por Ormuz, en lo que describió como la mayor disrupción de suministro de la historia.

En paralelo, la propia AIE señaló que a inicios de abril los envíos a través del estrecho seguían “severamente restringidos”, con cargas promedio de apenas 3.8 millones de barriles diarios, frente a más de 20 millones antes de la crisis. En términos prácticos, eso implica una caída aproximada de 81 % en los flujos que normalmente pasan por ese punto.

Aunque parte del petróleo pudo desviarse por rutas alternativas, la capacidad de escape es limitada. La AIE estima que Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos solo disponen de capacidad adicional para redirigir entre 3.5 y 5.5 millones de barriles diarios por oleoductos alternos.

Eso deja una gran porción del suministro expuesta a interrupciones si el conflicto vuelve a escalar. Reuters, citando a analistas de ING y Barclays, situó la disrupción reciente en torno a 13 millones de barriles diarios, equivalente a alrededor de 13 % del consumo mundial, mientras la EIA de Estados Unidos calculó cierres de producción de 7.5 millones de barriles diarios en marzo y 9.1 millones en abril entre Irak, Arabia Saudita, Kuwait, Emiratos, Qatar y Baréin.

Asia aparece como el gran epicentro de vulnerabilidad. La AIE indica que cerca de 80 % del petróleo y productos petroleros que transitaron por Ormuz en 2025 tuvo como destino Asia.

China e India, por sí solas, recibieron 44 % del crudo exportado por esa ruta, mientras Japón y Corea del Sur figuran entre los países más dependientes del paso. Europa, en contraste, recibe una fracción mucho menor del crudo de la zona por ese corredor: alrededor de 600 mil barriles diarios, apenas 4 % de esos flujos.

Para China, el riesgo es grande por volumen, aunque no necesariamente por fragilidad inmediata. Reuters destacó que China es el mayor importador de petróleo que pasa por Ormuz, pero también uno de los países mejor preparados para resistir un cierre prolongado gracias a una matriz eléctrica menos dependiente del petróleo, mayores compras a proveedores diversificados como Rusia y Venezuela, una fuerte expansión del vehículo eléctrico y reservas que, sumadas a inventarios comerciales, podrían cubrir cerca de siete meses de importaciones provenientes de Ormuz según algunas estimaciones.

Japón, en cambio, compra cerca de 80 % de su petróleo de Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos, lo que lo hace mucho más expuesto a una interrupción prolongada.

Europa no está tan expuesta por el lado del crudo, pero sí por el del gas y los derivados refinados. Más de 93 % del GNL de Qatar y 96 % del de Emiratos Árabes Unidos sale por Ormuz, sin rutas alternativas disponibles, según la AIE.

En medio de la crisis, Reuters reportó que el combustible para aviones en Europa llegó a rondar los US$220 por barril, mientras los futuros del gas TTF holandés superaron los €60 por megavatio hora antes de retroceder por debajo de €39 tras el alivio temporal del cese al fuego.

El Banco Central Europeo ya advirtió que la guerra en Irán amenaza con elevar la inflación y debilitar el crecimiento en la zona euro; de hecho, sus proyecciones de marzo elevaron la inflación promedio de 2026 a 2.6 %, impulsada en buena medida por la energía.

En Estados Unidos, donde la dependencia directa del crudo de Oriente Medio es menor, la crisis igualmente ya dejó huella en los precios. La Oficina de Estadísticas Laborales informó que el índice de energía subió 10.9 % en marzo, el mayor aumento mensual desde septiembre de 2005, mientras la gasolina se disparó 21.2 % en el mes y 18.9 % en términos interanuales.

inflación general se ubicó en 3.3 % anual en marzo. Reuters añadió que el precio promedio nacional de la gasolina superó los US$4 por galón por primera vez en más de tres años, tras incrementarse más de un dólar desde finales de febrero.

Aun con ese deterioro, América Latina y el Caribe no aparecen, por ahora, ante un panorama tan sombrío como se temía. El Fondo Monetario Internacional proyecta que la región crecerá 2.3 % en 2026 y 2.7 % en 2027.

Eso supone una leve desaceleración frente al 2.4 % de 2025, pero no un colapso. El mensaje de base del FMI es que la región mantiene cierta resiliencia, aunque de forma desigual: exportadores de materias primas y energía pueden beneficiarse transitoriamente de precios más altos, mientras Centroamérica importadora de combustibles y varias economías caribeñas dependientes del turismo quedan más expuestas.

El propio FMI alertó, sin embargo, que la guerra en Oriente Medio profundizará las brechas dentro de la región. Según Reuters, que citó la actualización regional del organismo difundida el 17 de abril, la inflación de América Latina y el Caribe subiría a 6.6 % en 2026 por el encarecimiento de combustibles, transporte y alimentos.

Esa advertencia es especialmente sensible para el Caribe turístico y para Centroamérica, donde una nueva escalada del petróleo presionaría balanzas externas, subsidios energéticos, cuentas fiscales y costos logísticos.

Si el conflicto vuelve a deteriorarse y Ormuz sufre nuevas restricciones, el efecto para la región y para el mundo sería más duro. A escala global, implicaría otra oleada de encarecimiento del petróleo y del gas, mayor inflación, políticas monetarias más restrictivas por más tiempo, costos más altos de transporte y fertilizantes, y una desaceleración adicional del comercio y la inversión.

Para América Latina y el Caribe eso podría traducirse en menor crecimiento, monedas más presionadas, más costo de endeudamiento y deterioro del poder adquisitivo de los hogares. En los países importadores netos de energía, el golpe recaería además sobre las finanzas públicas; en los exportadores, habría un alivio temporal por mayores ingresos, pero acompañado de inflación interna y más volatilidad financiera.

Por ahora, el respiro que han tomado los mercados tras el cese al fuego parcial no borra el cuadro de fondo: el sistema energético mundial sigue operando con una prima geopolítica elevada.

La caída reciente del crudo no ha eliminado la tensión, solo la ha moderado. Mientras no exista una desescalada verificable y sostenida, la economía mundial seguirá moviéndose entre sobresaltos, titulares y discursos presidenciales, con un ojo puesto en el campo de batalla y el otro en la próxima reacción de los mercados.

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