La Guerra Asimétrica con irán y la Futura  retirada de Occidente

Por Milton Olivo

En los conflictos del siglo XXI se está produciendo una transformación profunda en la forma en que se libran las guerras. Cada vez menos se trata de conquistar territorio mediante grandes ofensivas terrestres, y cada vez más de desgastar económica y políticamente al adversario.

En ese contexto, muchos analistas sostienen que el conflicto actual entre Irán y sus adversarios regionales y globales no debe analizarse con la lógica tradicional de la guerra convencional.

Se trata, más bien, de una “guerra asimétrica”, donde el objetivo principal no es derrotar militarmente al enemigo en el campo de batalla, sino obligarlo a retirarse porque el costo de continuar la confrontación se vuelve insostenible.

La estrategia iraní parece alinearse precisamente con esa lógica.  La economía como campo de batalla es una de las características centrales de la guerra asimétrica es el “desequilibrio en el costo de los sistemas militares”.

Irán ha invertido durante décadas en el desarrollo de drones, misiles balísticos y misiles de crucero relativamente barato, capaz de saturar sistemas de defensa mucho más costosos. Un ejemplo ilustrativo: – Un dron de ataque puede costar decenas de miles de dólares. – Un misil interceptor avanzado utilizado para derribarlo puede costar entre uno y varios millones de dólares.

Esta relación crea una dinámica económica peligrosa para el adversario: defenderse puede ser mucho más caro que atacar. Cuando este tipo de ataques se produce de manera sostenida, el problema deja de ser militar y pasa a ser presupuestario y político. Los países que deben mantener defensas extremadamente costosas comienzan a enfrentar presión interna por los enormes gastos.   

La historia también ofrece lecciones importantes. El dominio aéreo, por sí solo, no garantiza la victoria política ni militar. Un ejemplo clásico es la guerra de Vietnam, donde la superioridad aérea de  EEUU  fue absoluta durante gran parte del conflicto. Sin embargo, esa superioridad no logró imponer una victoria estratégica duradera.

El poder aéreo puede destruir infraestructuras, debilitar capacidades y generar presión, pero no siempre logra controlar territorios ni quebrar la voluntad política del adversario.   El Medio Oriente sigue siendo el corazón energético del mundo. Gran parte del petróleo global pasa por un punto geográfico extremadamente sensible: el Estrecho de Ormuz.

Aproximadamente una quinta parte del comercio mundial de petróleo atraviesa este estrecho.  Si en un conflicto regional prolongado se producen ataques a: – refinerías – Terminales petroleras – puertos de exportación – aeropuertos – rutas marítimas el impacto económico sería inmediato y global. Incluso su sola interrupción parcial elevaría los precios de la energía y generaría presión internacional para buscar una negociación rápida.

Esto introduce otra dimensión estratégica: la presión económica internacional para terminar el conflicto. Otro factor clave es la creciente multipolaridad del sistema internacional.

En las últimas dos décadas, el ascenso de  los BRICHS y la cooperación entre potencias emergentes han modificado el equilibrio geopolítico Mundial. Al mismo tiempo, el predominio financiero internacional basado en el dólar —conocido como el PETRODOLAR depende en gran medida de la estabilidad del comercio energético global y de las alianzas estratégicas en Medio Oriente.

Si las tensiones regionales provocaran cambios en las alianzas o nuevas formas de comercio energético fuera del dólar, podría abrirse un debate sobre la arquitectura financiera internacional.

Sin embargo, afirmar que una potencia será expulsada completamente de una región tan estratégica es una conclusión mucho más compleja. La presencia militar estadounidense en Medio Oriente —con bases, alianzas militares y acuerdos de defensa— ha sido una característica central de la geopolítica regional desde mediados del siglo XX. Aunque en el presente todas sus bases han sido destruidas y su presencia representa un riesgo para los países de Medio Oriente.

Cambiar esa estructura requeriría transformaciones políticas profundas en múltiples países. Lo que sí es posible es que el conflicto actual contribuya a una reconfiguración gradual del equilibrio regional, donde: – algunos países busquen mayor autonomía estratégica – aumenten las alianzas con nuevas potencias – y se redefinan los mecanismos de seguridad regional.

Más que una guerra destinada a producir una victoria total, el conflicto parece orientarse hacia una guerra de desgaste estratégico. En ese tipo de confrontación, la pregunta central no es quién gana las batallas, sino quién puede sostener el costo político, militar y económico durante más tiempo.

En ese sentido, la estrategia basada en drones baratos, ataques de saturación, presión sobre infraestructuras energéticas y efectos económicos globales muestra cómo las guerras modernas se están desplazando del campo militar tradicional hacia un terreno más amplio: la economía, la logística y la voluntad política.

La historia demuestra que, en muchos casos, las guerras no terminan cuando uno de los bandos es destruido, sino cuando el costo de continuar luchando supera el beneficio de seguir haciéndolo. Y en esa ecuación, la economía puede convertirse en el arma más poderosa de todas. Y eso inclina la balanza a favor de Irán.

Y conspira contra el PETRODÓLAR, y la hegemonía del dólar. Cuando los países de la región se acerquen a otras potencias, comiencen a vender el petróleo en otras monedas. Dejen de invertir sus dólares en bono del tesoro, lo que incrementará el déficit fiscal de EEUU, y el peso de su deuda externa se convierta en inflación y estanflación, lo que puede poner en reversa el lema de Trump de: “Hacer a América grande de nuevo”

*El autor es escritor, novelista, pensador social y analista dominicano

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