La Propuesta Digital
domingo, 23 de agosto de 2026
Alofoke y el monstruo que los políticos ayudaron a crear

Alofoke y el monstruo que los políticos ayudaron a crear

·23 de agosto de 2026·51

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fenómenos políticos que nacen de una crisis, otros de una causa social y algunos de una coyuntura histórica. Y luego están aquellos que la propia clase política fabrica, alimenta, engorda, fotografía, invita a desayunar y, cuando la criatura comienza a caminar sola, descubre aterrorizada que ya no obedece al creador.
Algo parecido parece estar ocurriendo con Santiago Matías, Alofoke.

Ahora Alofoke concita una atención que desborda el mundo del entretenimiento y las redes sociales. Ciudadanos comunes, empresarios, dirigentes sociales, religiosos y comunicadores observan con interés —o preocupación— su incursión en terrenos políticos.

Los únicos que parecen mirar el fenómeno como si hubiese aparecido por generación espontánea son precisamente quienes más contribuyeron a legitimarlo: los políticos.

Porque conviene refrescar la memoria.

Durante años, dirigentes del oficialismo y de la oposición desfilaron por sus plataformas buscando exactamente aquello que Alofoke podía ofrecerles: audiencia. Presidentes, funcionarios, alcaldes, legisladores, aspirantes presidenciales y dirigentes partidarios entendieron que acercarse al personaje significaba acercarse a miles de jóvenes que probablemente jamás escucharían un discurso político convencional.

Y desde el punto de vista electoral hasta podía resultar comprensible.

Lo que resulta menos comprensible es sorprenderse ahora porque aquel muchacho al que todos buscaban para conseguir exposición haya descubierto que quizá no necesita prestarles su audiencia a los políticos, porque puede utilizarla para él mismo.

El alumno aprendió demasiado rápido.

Alofoke pasó de influencer y empresario de medios, caracterizado muchas veces por un verbo agresivo, provocador, depravado y controversial, a recorrer el país buscando respaldos para construir su propio proyecto político.

Según ha anunciado públicamente, avanza en el proceso de organización. Pero una cosa es tener nombre, símbolos, colores y estructura preliminar y otra muy diferente obtener el reconocimiento definitivo de la Junta Central Electoral. La normativa exige, entre otros requisitos, acreditar mediante firmas el respaldo de ciudadanos equivalente a no menos del 2 % de los votos válidos emitidos en las últimas elecciones presidenciales.

Ahí comienza la política de verdad.

Porque una cosa son los likes, otra los seguidores, otra llenar encuentros y una bastante diferente construir una organización electoral nacional capaz de sobrevivir fuera de una pantalla.

En las redes circulan imágenes de las actividades de Alofoke mostrando públicos entusiastas. Nadie debería despreciarlas, pero tampoco confundirlas automáticamente con votos. Parte de ese público está inevitablemente condicionado por años de exposición mediática del personaje.

El espectáculo reúne multitudes. Las urnas cuentan ciudadanos.

Sin embargo, cometería otro error la dirigencia política si simplemente se burla del fenómeno. Ya cometió el primero cuando creyó que podía utilizarlo eternamente.

Ahí está el caso de Carolina Mejía. La alcaldesa del Distrito Nacional estuvo entre las figuras políticas que cultivaron públicamente una relación cercana con Matías. Hubo encuentros, invitaciones y fotografías cuando tener cerca al poderoso comunicador digital parecía políticamente rentable.

Después llegó el rompimiento público.

Qué pena.

Pero también qué extraordinaria lección.

En política conviene recordar que cuando usted alquila una plataforma para conquistar seguidores, existe la posibilidad de que un día el dueño de la plataforma decida conquistar directamente a los seguidores.

Y ese es el problema de fondo.

Durante años buena parte del liderazgo nacional ayudó a convertir la influencia digital en certificado de respetabilidad política. Ahora algunos parecen descubrir que el invitado puede terminar queriendo sentarse en la cabecera de la mesa.

No sería la primera vez.

América Latina está llena de experiencias de candidatos que llegaron desde fuera —o aparentando estar fuera— del sistema tradicional aprovechando el cansancio ciudadano.

Hugo Chávez irrumpió en Venezuela después del profundo desgaste de Acción Democrática y Copei. Millones de venezolanos, cansados de corrupción, desigualdad y descrédito institucional, apostaron por romper el tablero. Lo ocurrido posteriormente demuestra que el rechazo al sistema existente no garantiza que aquello que lo sustituya resulte necesariamente mejor.

Perú también ofrece advertencias. Alberto Fujimori llegó en 1990 como un outsider frente a las estructuras tradicionales y terminó cerrando el Congreso en 1992; décadas después fue condenado por violaciones de derechos humanos, mientras su legado continúa dividiendo profundamente a los peruanos.

Pedro Castillo fue otra expresión del voto antisistema peruano. Su presidencia terminó abruptamente en diciembre de 2022 después de intentar disolver el Congreso, y el país continúa atrapado en una inestabilidad extraordinaria: Perú ha tenido nueve presidentes en apenas una década.

Claro, tampoco sería serio sostener que todo outsider está condenado al fracaso. Volodímir Zelenski, por ejemplo, llegó a la Presidencia de Ucrania en 2019 siendo un comediante y novato político y terminó convertido, tras la invasión rusa, en un líder internacional de enorme relevancia.

Por eso el problema no es que Alofoke quiera hacer política.

Tiene exactamente el mismo derecho que cualquier dominicano que cumpla las condiciones constitucionales y legales.

El problema sería que los dominicanos confundamos popularidad con capacidad, seguidores con ciudadanía, viralidad con liderazgo, audiencia con programa de gobierno y un live exitoso con preparación para administrar un Estado.

Gobernar no consiste en encender una cámara.

Un país no tiene botón para bloquear al que piensa diferente ni permite borrar los comentarios incómodos. Tampoco los problemas nacionales desaparecen pasando el dedo hacia arriba en la pantalla.

Afortunadamente, pese al descrédito acumulado, República Dominicana conserva un sistema de partidos competitivo. Está golpeado, cuestionado y necesitado de renovación, pero sigue vivo. Y fortalecerlo exige precisamente que los partidos comprendan el mensaje que fenómenos como Alofoke están enviando.

Si una figura surgida esencialmente del ecosistema digital consigue colocarse en la conversación política nacional, quizás antes de insultar al mensajero habría que preguntarse qué hicieron los partidos para que tanta gente estuviera dispuesta a escucharlo.

La respuesta puede resultar incómoda.

Los partidos se alejaron de sectores de la sociedad mientras perseguían encuestas, tendencias, influencers y fotografías. Cambiaron militancia por mercadeo, formación política por relaciones públicas y debates ideológicos por estrategias de posicionamiento.

Y ahora uno de aquellos instrumentos de posicionamiento parece querer convertirse en candidato.

Ironías de la política.

Alofoke todavía tiene un largo camino por delante para transformar notoriedad en organización política real. Puede conseguirlo o puede quedarse en otro episodio espectacular de las redes sociales. Eso lo determinarán los hechos.

Pero su aparición debe servir de advertencia.

La democracia no puede depender de quién grita más fuerte, quién consigue más reproducciones o quién domina durante unas horas las tendencias digitales.

Hay que apostar por la sensatez del ciudadano dominicano, por su capacidad para separar entretenimiento de Estado y popularidad de competencia.

Porque estar cansado de los políticos puede ser perfectamente comprensible.

Lo peligroso es que, por castigarlos, terminemos castigándonos nosotros mismos.

Y antes de lanzarnos alegremente al vacío convendría recordar algo elemental: cambiar lo conocido por lo desconocido puede ser una esperanza, pero nunca constituye por sí solo una solución.

Sobre todo cuando quienes hoy contemplan preocupados el precipicio fueron precisamente quienes ayudaron a construir el trampolín.

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