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domingo, 27 de septiembre de 2026
Alza del combustible golpea a panaderos y negocios rurales en Francia pese a ayudas del Gobierno

Alza del combustible golpea a panaderos y negocios rurales en Francia pese a ayudas del Gobierno

·27 de septiembre de 2026·7

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PARÍS, 27 sept..— El aumento de los precios del combustible desde el inicio de la guerra con Irán, el 28 de febrero, está reduciendo los ingresos de panaderos y otros pequeños comerciantes en Francia, mientras las familias de las zonas rurales afrontan mayores gastos de transporte y temen no poder pagar la calefacción durante el invierno, según un reportaje de John Leicester para Associated Press.

En Saint-Just-en-Chaussée, una pequeña localidad situada a unos 90 kilómetros —55 millas— al norte de París, Kevin y Sandrine Luce experimentan cada día las consecuencias de ese encarecimiento. Antes del amanecer, cuando encienden las luces de su panadería, el horno ya alcanza los 270 grados Celsius —518 grados Fahrenheit— para dar a la última tanda de baguettes su corteza crujiente.

La pareja puso en marcha el horno de su establecimiento en marzo. En aquel momento pagó 2,230 euros, equivalentes a 2,540 dólares, por 2,000 litros —528 galones— de combustible para calefacción. La semana pasada desembolsó casi la misma suma para comprar apenas 1,200 litros —317 galones—.

“Al principio, era un buen negocio, porque inicialmente un horno que funciona con combustible es más económico que uno eléctrico”, explicó Kevin Luce. “Eso, hasta que el precio (del combustible) aumentó un 50%. Así que sí, ahora no es un buen negocio”.

El problema se extiende a una parte significativa del sector panadero francés. Según la federación nacional de panaderías y pastelerías, Francia cuenta con más de 34,000 panaderos, que elaboran alrededor de 6,000 millones de baguettes cada año. Cerca de una cuarta parte utiliza hornos alimentados con combustible o gas.

Mientras los clientes entraban al negocio de los Luce para comprar pan, croissants y otros productos de pastelería, el panadero explicó a AP que el dinero adicional destinado a la energía limita tanto los ingresos de la pareja como las posibilidades de mejorar las condiciones de sus trabajadores y ampliar el negocio.

“Todo este gasto superfluo en energía representa una pérdida de ingresos. Es salario que no podemos cobrarnos, son aumentos salariales que no podemos dar a nuestros empleados. Son inversiones que no podemos hacer”, afirmó.

Aunque la crisis energética tiene repercusiones mundiales, sus efectos resultan especialmente severos en las comunidades rurales francesas. Unos 21 millones de personas, aproximadamente un tercio de la población del país, residen en el campo, donde la limitada disponibilidad de transporte público obliga con frecuencia a depender del automóvil.

Las zonas rurales ocupan casi el 90% del territorio de Francia, el país de mayor superficie de la Unión Europea. Esa dependencia del vehículo convierte las alzas del combustible en una presión directa sobre los presupuestos familiares y la actividad comercial.

La situación también trae a la memoria las protestas de los “chalecos amarillos”, que sacudieron al Gobierno del presidente Emmanuel Macron durante su primer mandato. Aquel movimiento tuvo un fuerte arraigo en pueblos y aldeas, donde los manifestantes instalaron campamentos en las rotondas.

El precio del combustible fue uno de los detonantes de esas movilizaciones, algunas violentas, que mantuvieron al país en tensión durante meses. El recuerdo pesa ahora sobre los ministros de Macron, que deben responder a una nueva ola de preocupación y descontento por el encarecimiento de la energía.

El Gobierno francés anunció esta semana un paquete de ayudas por unos 450 millones de euros, alrededor de 512 millones de dólares, dirigido a personas y sectores económicos afectados por los elevados precios en las estaciones de servicio.

Las medidas incluyen subsidios para quienes deben recorrer al menos 15 kilómetros —9 millas— para llegar a sus trabajos, además de apoyos de entre 48 y 277 euros —de 54 a 315 dólares— para ayudar a 5.8 millones de familias a pagar sus facturas energéticas de invierno.

Sin embargo, los gastos que describen algunos comerciantes muestran la magnitud de las dificultades. Martial Realland vendió su casa para cumplir su antiguo sueño de tener un camión restaurante, con el que recorre distintas localidades de Oise, en el norte de Francia, vendiendo crepas saladas de jamón y queso, papas fritas y otros bocadillos.

Antes de la guerra con Irán, llenar el depósito de diésel de su vehículo costaba 120 euros, unos 136 dólares. Ahora necesita 200 euros, alrededor de 228 dólares, para hacerlo.

“Duele de verdad”, declaró a AP. “Es catastrófico”
.

El incremento ya está condicionando sus decisiones de trabajo. Realland explicó que rechaza encargos que requieren desplazamientos largos porque el consumo de diésel del camión hace que esos viajes dejen de resultar rentables.

A esa dificultad se suma la preocupación por la calefacción de la vivienda que alquila, cuyo sistema también funciona con combustible. Ante la llegada del frío, calcula que llenar el tanque de 1,500 litros —396 galones— podría costarle 2,500 euros, equivalentes a 2,847 dólares, frente a los 1,600 euros que pagó el año pasado.

“Me da miedo”, dijo sobre esa factura. El aumento es tal que contempla no llenar el depósito este año.

La inquietud también se refleja en las advertencias de Christine Loir, diputada de Agrupación Nacional, el partido de la aspirante presidencial de extrema derecha Marine Le Pen. Según la legisladora, más del 10% de los hogares de Eure, la zona de Normandía que representa en la Asamblea Nacional, utiliza combustible para calefacción.

Loir señaló que muchas familias carecen de recursos para sustituir sus sistemas de calefacción o mejorar el aislamiento de sus viviendas, lo que las deja especialmente expuestas al aumento de los precios.

La diputada está reclamando al Gobierno una reducción de los impuestos sobre ese combustible, empleado con mayor frecuencia en las zonas rurales, tanto en viviendas como en empresas, incluidas algunas panaderías. Aseguró que varios de sus electores le han manifestado que este invierno tendrán que escoger entre comprar alimentos y calentar sus hogares.

“La gente está extremadamente preocupada. La gente dice que si los precios del combustible no bajan, dejarán de ir a trabajar; no pueden con esto”, expresó a AP.

Pese a las dificultades, Kevin Luce ha decidido mantener el precio del pan en su establecimiento de Saint-Just-en-Chaussée, donde los vecinos acuden tanto a comprar como a conversar.

La baguette básica cuesta un euro, unos 1.14 dólares, mientras que la versión “tradicional”, cuya elaboración requiere más tiempo, se vende a 1.10 euros, aproximadamente 1.25 dólares. Esos precios no están aumentando al ritmo del combustible.

“No voy a cambiar mi precio. No serviría de nada”, sostuvo el panadero. “No compensaría los ingresos perdidos y sería contraproducente, porque nuestros clientes se sentirían traicionados. No deberían tener que pagar más. Ya están pagando suficiente en casa”.
Conm información de AP

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