
Benjamin Banneker y el valor de pensar
Ramón Pérez Fermín
Este 9 de octubre, se cumplieron 220 años de la muerte de Benjamin Banneker. Su nombre probablemente no resulte familiar para muchos. Sin embargo, su historia encierra una reflexión que, más de dos siglos después, conserva una extraordinaria vigencia.
Banneker nació en 1731, en una sociedad marcada por la esclavitud y en la que el color de la piel, el origen y la posición social condicionaban las oportunidades de una persona. Era un hombre negro libre, algo poco común en aquella época. Fue autodidacta, matemático, astrónomo, inventor y escritor. Gran parte de lo que aprendió fue resultado de su curiosidad, de la observación y del estudio.
Mi acercamiento a Banneker, sin embargo, no ocurrió en un libro de historia, sino hace más de diez años, durante un viaje desde el aeropuerto JFK hacia Teaneck, en una conversación con mi tío Moisés.
Desde niño presté una atención especial a sus conversaciones. La verdad es que de ellas suelo sacar algo novedoso e importante. En aquella ocasión hablábamos de perfiles, de estereotipos, de oportunidades y de lo fascinantes que eran las civilizaciones amerindias. En medio de aquella conversación apareció el nombre de Benjamin Banneker.
Han pasado más de diez años y todavía recuerdo aquella referencia. Quizás porque, en el fondo, la historia de Banneker estaba relacionada con algo de lo que veníamos hablando. La forma en que miramos a las personas puede determinar lo que esperamos de ellas. Un perfil puede convertirse fácilmente en un estereotipo y un estereotipo puede terminar convirtiéndose en un límite.
Banneker vivió en una época en la que esos límites eran mucho más evidentes. Era negro y libre en una sociedad esclavista. A pesar de las circunstancias, se dedicó a aprender y llegó a desarrollar conocimientos en áreas que estaban lejos de lo que se esperaba de alguien con su origen y su condición social.
Lo hizo sin las herramientas que hoy consideramos indispensables. No tuvo internet, Google ni inteligencia artificial. No podía consultar en segundos lo que otros habían descubierto antes que él. Tenía que observar, estudiar, calcular y comprobar.
Y tenía curiosidad.
Hoy vivimos en una situación muy diferente. Tenemos acceso a una cantidad de información que probablemente ninguna generación anterior pudo imaginar. Una pregunta puede llevarnos, en segundos, a miles de documentos, opiniones, investigaciones y explicaciones.
La inteligencia artificial ha llevado esto todavía más lejos. Ahora no solo podemos encontrar información. Podemos pedir que alguien, o algo, la organice, la explique, la compare y nos entregue una respuesta.
Pero ahí aparece, para mí, una diferencia importante. Tener información no significa necesariamente tener conocimiento. Y conocer algo tampoco significa necesariamente tener criterio.
Una respuesta puede ser correcta y aun así no ser nuestra. Podemos entender una explicación sin haber reflexionado realmente sobre ella. Podemos repetir un argumento muy bien construido sin haber llegado nosotros mismos a esa conclusión.
El conocimiento requiere un proceso. Leer, observar, comparar, cuestionar y, después de todo eso, formar una opinión propia.
Eso fue lo que me llamó la atención de Banneker cuando mi tío me habló de él. No solamente lo que sabía, sino la manera en que llegó a saberlo. En circunstancias muy distintas a las nuestras, desarrolló la capacidad de observar el mundo y buscar respuestas por su cuenta.
Hoy tenemos una ventaja enorme. Tenemos herramientas extraordinarias para aprender. Pero esa misma facilidad puede hacernos menos pacientes. Si una respuesta está a unos segundos de distancia, quizá dejemos de dedicar tiempo a buscarla nosotros mismos.
No creo que el problema sea utilizar inteligencia artificial. Todo lo contrario. Creo que estamos apenas comenzando a entender todo lo que estas herramientas pueden hacer por nosotros. El asunto es qué parte del proceso estamos dispuestos a delegar y cuál debemos seguir haciendo nosotros.
Porque hay una diferencia entre pedirle a una herramienta que nos ayude a entender algo y pedirle que piense por nosotros.
El criterio se construye cuando somos capaces de tomar información, ponerla en contexto, cuestionarla y decidir qué pensamos. A veces esa conclusión será equivocada. También eso forma parte del proceso. Cambiar de opinión cuando encontramos mejores argumentos es una señal de aprendizaje, no de debilidad.
Quizás por eso aquella conversación con mi tío Moisés se quedó conmigo.
No recuerdo todos los detalles de aquel viaje, pero sí recuerdo haber salido de aquella conversación con algo que antes no tenía. Un nombre. Una historia. Y una forma diferente de mirar la relación entre las circunstancias de una persona y lo que esa persona puede llegar a hacer.
Banneker no permitió que las expectativas de su época definieran el alcance de su curiosidad. Estudió lo que quería entender y convirtió ese conocimiento en una obra que terminó siendo reconocida mucho más allá de su tiempo.
Más de dos siglos después, las circunstancias son otras. Tenemos herramientas que Banneker jamás pudo imaginar y una cantidad de información prácticamente ilimitada.
Lo que sigue siendo necesario, sin embargo, es la voluntad de pensar.
Quizás ese sea el aspecto de su historia que más me interesa recordar. No solamente por sus intercambios de corte intelectual con Thomas Jefferson, sino porque, en un momento en que muchos límites parecían estar definidos de antemano, decidió aprender y formarse sus propias ideas.
Y eso sigue siendo importante hoy.
Porque podemos tener acceso a todas las respuestas del mundo y, aun así, no haber aprendido a pensar por nosotros mismos.
