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sábado, 18 de julio de 2026

Cómo los medicamentos GLP-1 alimentan nuestra cultura enferma

·17 de julio de 2026·6

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Cómo los medicamentos GLP-1 alimentan nuestra cultura enferma
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Por Jessica Grose
Escritora de Opinión
La escritora y provocadora de la economía de la atención Caroline Calloway publicó un nuevo ensayo en Byline —que se autodefine como “The Paris Review, pero para gente que pasa 10 horas al día frente a la pantalla”— sobre su experiencia con Ozempic. No tenía sobrepeso cuando empezó a tomar el fármaco GLP-1, y cuenta que se puso unas pesas ocultas en los tobillos para ir a la consulta del médico, de modo que su índice de masa corporal le permitiera cumplir “con creces” los requisitos para conseguir una receta en línea.

Calloway explica cómo el medicamento frena su apetito por la comida, el alcohol, las drogas y cualquier tipo de “gratificación inmediata” en general. Habla con franqueza sobre los desagradables efectos secundarios gastrointestinales que sufre y concluye: “O esto y estar delgada, o una resaca brutal —que se siente igual— y pesar 7 kilos más”. Y sigue: “No tengo la autodisciplina para cambiar mi psique ni el tiempo de vida para arreglar el patriarcado. Moriré antes de ver que el mundo deje de tratar a las mujeres delgadas con más reverencia que a la chica rellenita que fui alguna vez”.

Hubo una reacción negativa predecible al ensayo de Calloway, y ella se defendió en los comentarios de Instagram diciendo que su peso inicial, que era saludable (y no “rellenita” según ningún criterio médico), estaba “MUY por encima del IMC promedio en el centro de Nueva York y voy a defenderlo a muerte. “Aquí andamos entre modelos”. Aunque su rollo consiste en provocar —su actividad en internet se describió una vez en este periódico como “travesuras virales”—, tengo la sensación de que realmente piensa así. Su incómoda franqueza ilustra bien cómo la amplia disponibilidad de los fármacos GLP-1 ha distorsionado aún más la forma en que la cultura estadounidense dominante percibe el peso de las mujeres.

Se pueden decir muchas cosas sobre los fármacos GLP-1: son auténticos milagros y pueden tratar toda una serie de de afecciones más allá de la obesidad y la diabetes. Y con frecuencia se usan mal, en parte porque les hemos dicho a las mujeres de mil maneras que ser delgadas las hace valiosas. Como escribió mi colega Tressie McMillan Cottom, nuestra cultura “convierte el ser gorda en una carga para la mujer, una prueba de aptitud para la dignidad, el trabajo, el estatus social y la ciudadanía moral”.

Dos nuevos estudios muestran lo complejo que es el efecto de estos medicamentos en quienes los toman. El primero es un documento de trabajo para la Oficina Nacional de Investigación Económica (NBER, por su sigla en inglés), elaborado por la economista de Harvard Rebecca Diamond, que utiliza datos del estudio Understanding America de la Universidad del Sur de California. Diamond comparó a mujeres de entre 25 y 61 años que empezaron a tomar algún fármaco GLP-1 para perder peso con otras que querían empezar a tomarlo pero aún no lo habían hecho. El índice de masa corporal inicial de estos grupos rondaba el 35, lo que se sitúa en el extremo inferior de la obesidad de clase 2.

Como señala Diamond, ya hay un montón de estudios económicos que demuestran que “las mujeres con más peso ganan menos, trabajan menos y tienen menos probabilidades de casarse o vivir en pareja”, y su estudio se suma a esta bibliografía:

Entre las mujeres que están solteras al empezar el tratamiento, la probabilidad de casarse o vivir con una pareja aumenta 18 puntos porcentuales en general y 29 puntos porcentuales tras seis o más trimestres. Esta mejora se va acumulando poco a poco a medida que se pierde peso. Las mujeres que no tenían empleo al inicio del estudio también se incorporan al mercado laboral. Su tasa de empleo aumenta 13 puntos porcentuales en general y 27 puntos porcentuales tras seis o más trimestres, y sus horas semanales aumentan en casi 10 horas a largo plazo. Gran parte de este aumento del empleo se debe a que salen del desempleo, más que de la jubilación o la discapacidad..

Curiosamente, en el caso de las mujeres que ya tenían trabajo o pareja cuando empezaron a tomar medicamentos GLP-1, Diamond descubrió que encontró muy poco cambio, lo que sugiere que el “castigo por obesidad” que sufren las mujeres es, en gran medida, un prejuicio basado en la primera impresión. “Los mercados que reaccionan son aquellos en los que alguien se forma una primera impresión sobre el peso corporal de una mujer: una posible pareja o un empleador que está valorando a una candidata que no tiene trabajo”, explica Diamond. Si el peso es solo un dato más que se pondera junto con otros factores, tiene menos impacto. (Los hombres también sufren algunas desventajas económicas por la obesidad, pero son menores que las que enfrentan las mujeres).

Una carta de investigación publicada recientemente en JAMA Psychiatry resume un estudio que estima la prevalencia del uso de fármacos GLP-1 entre personas con trastornos alimentarios. Casi todos los participantes en el estudio eran mujeres. Los investigadores descubrieron que el uso y el uso indebido de los fármacos GLP-1 es mayor entre las personas con trastornos alimentarios que entre la población general, y que algunas de ellas podrían estar intentando mantener su “psicopatología del trastorno alimentario mediante una restricción rápida y la pérdida de peso”. Descubrieron que más del 10 por ciento de las participantes con anorexia habían probado los medicamentos GLP-1.

Aunque los fármacos GLP-1 pueden ser un tratamiento prometedor para algunos tipos de trastornos alimentarios, como el trastorno por atracón, parecen mucho más riesgosos para las mujeres con otros tipos de diagnósticos. En 2024, Madison Muller, de Bloomberg, habló con varios especialistas en trastornos alimentarios que dijeron estar “viendo una avalancha de pacientes que han recaído tras tomar medicamentos como Ozempic”. Añadió: “En otros casos, las personas con riesgo de padecer trastornos alimentarios desarrollan lo que un médico denomina anorexia ‘inducida por GLP-1’ tras recibir inyecciones que nunca se les deberían haber recetado”.

Estos hallazgos me llevan de vuelta al ensayo de Calloway. Ella está sometida a la misma presión por estar delgada que sienten muchas —la mayoría— de las mujeres en nuestra cultura, pero para ella, como influente, esa presión está sin duda llevada al máximo. Su sustento depende más de su apariencia y, como la extrema delgadez está de moda, claramente siente que debe seguir lo que está en boga.

A pesar de decir que Ozempic le ha mejorado la vida porque está delgada, Calloway también describe su estado físico y mental de una manera bastante deprimente. Habla de sus brazos llenos de moretones y sus episodios de vómitos, así como de su falta de satisfacción sexual a lo largo de toda su vida. Si se lee entre líneas, Calloway nos ha hecho un favor: nos pinta un panorama de su lucha contra una cultura enfermiza y, de forma indirecta, nos deja claro que Ozempic realmente no la está ayudando a ganar esa batalla.
Fuente: The New York Times

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