
Dajabón y el arraigo
Por Carmen Imbert Brugal
La infracción flagrante es la que se comete en la actualidad o acaba de cometerse. No es galimatías es tipificación. La flagrancia permite una acción procesal inmediata sin necesidad de autorización previa y sin afectar la presunción de inocencia. Asigna un carácter diferente a todas las diligencias del proceso penal lato sensu.
Disquisición para el aula y para la conversación enjundiosa que la práctica criolla de lenidad y permisividad para delitos y crímenes transforma en prosa profana. Lo ocurrido en el puesto de control militar fronterizo, ubicado en El Laurel -Dajabón- el 22 de septiembre se ha convertido en divertimento, material para el comentario avieso y desparpajado. Sirve para la greguería y no para la preocupación, para repetir aquello “hacemos el trabajo y la justicia los suelta”.
El hecho, sin embargo, es grave, avala la fragilidad institucional que nos circunda y esa percepción de impunidad que alienta la comisión de infracciones en el país.
Nada más y nada menos que una conocedora de las leyes, una abogada, empleada del Ministerio de Educación y con filiación importante, resguardada por la noche, transportaba una carga con connotaciones peligrosas. La fortuna no le favoreció como quizás antes la había amparado. La osada traficante se desplazaba tranquila por esos andurriales, “solita”, confiada en el destino de sus pasajeros.
Y en el puesto de control sito en uno de esos pasajes ignotos del territorio, desconocido para muchos de aquellos que alardean de fervor patriótico, miembros del ejército detuvieron el vehículo y solicitaron a la conductora abrir el baúl. La ciudadana, vestida con una blusa que exhibía el logo del ministerio imploraba ayuda a los militares. Todavía sin la evidencia expuesta hizo una confesión, hija de la desesperación que la infracción flagrante comporta. ¡Ayúdenme que voy a perder mi trabajo! “Yo sé que lo hice mal”. “Venga, abra ahí”, decía el militar, “usted sabe en lo que se metió”.
Entre la admisión y el ruego: “no lo publique”, “que maldito problema” la dama ordenó la salida de la evidencia “Ven Moreno”, adobado con “yo soy prima de Roberto Fulcar” y “me voy a ahorcar”.
Y salió uno, luego otro, hasta completar la tríada. La “bola” que alegó después como ardid para justificar la infracción, resultaba incómoda para los favorecidos agazapados en la parte trasera del vehículo. La condición de los transportados o traficados la decidirá el tribunal cuando el juicio se celebre-si se celebrare-.
El hecho es memorable, la infaltable y pertinente grabación ha permitido la reflexión para ratificar la precariedad institucional nuestra y esa manera de asumir el “na en na” con respaldo.
Suerte tiene la abogada, pues en Dajabón respetan el debido proceso, actitud que debería reeditarse en otras demarcaciones. La persona encargada de la Oficina de Servicios de Atención Permanente actuó con presteza y dispuso como medida de coerción: presentación periódica, vigilancia de un garante e impedimento de salida del país. Asumió el arraigo de la imputada. En ocasiones, una llamada es arraigo, garantiza más que una disposición del Código Procesal Penal. Ah y las medidas deberán ser cumplidas durante un período cómodo de seis meses.
