David Ortiz: de la gloria a la inmortabilidad

Pablo Mckinney

La gloria deportiva el ya la tenía.  Ahora, con su exaltación al Salón de la Fama del Beisbol en los Estados Unidos, lo que ha ganado David Ortiz ha sido la inmortalidad y con ella una grande e inmensa responsabilidad. 

Si hasta la tarde del pasado domingo el pueblo dominicano miraba a David con especial admiración y cariño, ahora, -(reconocido mundialmente, miembro del parnaso deportivo de los gigantes de  la villa de Cooperstown, que según me contó Yancen Pujols es como un muy pequeñito Baní deportivo, el lejano Acrópolis de los dioses del béisbol)-, ahora, ya digo, este pueblo querrá mirarlo también con respeto, y es lo normal, esperado, inevitable: es la responsabilidad del ejemplo.  

Desde siempre, todos los pueblos del mundo han necesitado tener/crear/inventar sus héroes, sus mitos y sus dioses, sus paradigmas de bien hacer. Por eso, a partir de ahora, las hazañas deportivas del Big Papi pasan de ser importantes a ser legendarias, y él mismo es ya uno de esos mitos que unifican al país, como Las Reinas del Caribe  o Johnny Ventura.  

Cuando se gana la gloria de la mano de una madre que siempre estuvo ahí, y de un padre presente en cada momento importante de tu vida, (en realidad, esa es la verdadera gran fortuna de David Ortiz) todo cambia y entonces, cada palabra, cada acción o reacción tuya puede afectar o favorecer la formación y con ella la vida, el futuro, la felicidad de tus semejantes, en especial de los más jóvenes. ¡Vaya responsabilidad! Es la responsabilidad del ejemplo. 

El mundo se ha rendido a las hazañas deportivas de David Ortiz, con la gloria llega la inmortalidad, y con ella aumenta la responsabilidad y se hace una obligación moral ser el ejemplo que los jóvenes atletas dominicanos necesitan y espera. La inmortalidad obliga a la ejemplaridad. 

Don Juan Marichal, una leyenda; Pedro Martínez, El Grande; Vladimir el más humilde de todos -que es más grande porque nunca se ha creído su grandeza-,  y ahora David Ortiz, ese carismático y gran muchacho grande; todos ellos son parte del parnaso de glorias vivientes que el país exhibe orgulloso ante el mundo… de la gloria a la inmortalidad y con ella el ejemplo. Gracias por tanto, muy señores míos. Gracias. 

Publicado en Listín Diario

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