
Déficit de comprensión lectora: un riesgo mayor
Víctor Bautista
Ahora que la prueba Pisa nos vuelve a alarmar -50 mil millones de dólares después vertidos en la educación en 13 años- es oportuno hacer una reflexión más allá de lo que ocurre en las aulas. Debido a que el déficit es tan antiguo, hay un daño como cuando, con el tiempo, las arterias se obstruyen hasta terminar en el colapso cardíaco, que en este caso es cognitivo.
Quiero rescatar el discurso del lunes 14 de septiembre de Luis Molina Achécar en la Cámara Americana de Comercio respecto a la necesidad de un nuevo rally de reformas con la educación en su centro. La decepción que transmitió tiene fundamento: el monto transferido es una cifra que en cualquier otro renglón del gasto público habría producido una transformación visible. Aquí generó apenas la constatación de que el problema no era solo de recursos.
Es cierto que el fracaso educativo dominicano tiene varios frentes -las habilidades matemáticas arrastran rezagos igual de preocupantes-, pero hay una razón para detenerse en la comprensión lectora antes que en cualquier otro déficit, porque no es un problema más entre varios, sino el que condiciona a todos los demás.
Un estudiante que no domina las matemáticas no puede resolver una ecuación; uno que no comprende lo que lee no logra ni siquiera entender el enunciado del problema. La comprensión lectora es la infraestructura sobre la que se levantan o se derrumban las demás competencias.
Esto no se queda en la escuela ni se agota en un examen. Migra hacia la sociedad adulta y se instala en la calidad del debate público, en la construcción de contexto, en la manera en que una comunidad procesa sus propios problemas. Una ciudadanía que no comprende bien lo que lee no puede jerarquizar información, no distingue el dato de la interpretación, no reconstruye el argumento que hay detrás de un titular. Y cuando eso falla a escala social, el espacio público deja de ser un lugar de deliberación para convertirse en un intercambio de consignas.
Justo ahí es donde el diagnóstico se vuelve más desafiante. El déficit de comprensión lectora es un terreno fértil que alguien más está dispuesto a ocupar. No hace falta una distorsión sofisticada cuando la audiencia carece de las herramientas para verificar el andamiaje de un argumento. Las agendas deliberadas de manipulación no crean la incapacidad de comprender, sino que la explotan. Y mientras más profunda es esa incapacidad, menos esfuerzo necesita invertir quien busca manipular.
La era algorítmica agrava ese problema, porque las plataformas no están diseñadas para premiar la comprensión, sino la velocidad de la reacción emocional. Una publicación que exige pausa y contexto pierde frente a otra que ofrece indignación inmediata, porque el algoritmo no distingue entre el argumento cuidadoso y la consigna vacía; se centra en diferenciar lo que retiene la atención y lo que no. En ese contexto, el déficit de lectura comprensiva deja de ser una estadística educativa y se convierte en una vulnerabilidad estructural de la democracia misma.
Por eso el llamado de Molina Achécar a un nuevo rally de reformas, con la educación en su centro, no puede leerse como una agenda más entre las prioridades del país. Sin ciudadanos capaces de comprender lo que leen, cualquier otra reforma -económica, institucional, tecnológica- se construye sobre una base sin resistencia.
Cabe entonces la pregunta de fondo: ¿es concebible la permanencia de una civilización que ha dejado de entender? La respuesta corta es que sí sobrevive, durante un tiempo, de la misma manera en que un cuerpo sigue latiendo con las arterias obstruidas. Lo que no sobrevive es su capacidad de corregirse a sí misma, porque hacerlo exige leer con la profundidad suficiente para revisar el propio razonamiento, y es exactamente esa profundidad la que el entorno digital está desmontando.
Maryanne Wolf, autoridad mundial en dislexia y estudiosa de la ciencia del cerebro lector, documenta en “Lector, vuelve a casa: el cerebro lector en un mundo digital” (2018) cómo la lectura digital fragmentada -ese hábito de escanear pantallas en busca de palabras clave, sin detenerse en la complejidad del texto- va erosionando la capacidad cerebral para la lectura profunda, la única que produce comprensión real. Si ya arrastrábamos un déficit de origen educativo, ahora ese fenómeno se entrena diariamente, cada vez que sustituimos la lectura sostenida por el deslizar del pulgar sobre una pantalla.
Ese es el tamaño real del desafío que no se resuelve con más presupuesto dentro del mismo esquema que ya demostró sus límites. El 4% del PIB fue la meta necesaria hace trece años; hoy es apenas el piso de una reforma de otro calado, obligada a trazar, junto a los contenidos curriculares, un mapa de riesgos propio de la era digital, que identifique sin concesiones dónde el automatismo ya desplazó al aprendizaje real. El llamado de Molina Achécar no puede quedarse corto ante la magnitud del problema, pues lo que está en juego no es formar mejores lectores, sino evitar que una generación entera pierda la capacidad de pensar por cuenta propia.
