
Del terremoto devastador a la sismorresistencia
Por Osiris de León
El terremoto ocurrido el 24 de junio de 2026 en la extensa franja costera urbanizada sobre los abanicos aluviales del norte de Venezuela reabre un debate técnico esencial: no basta con diseñar estructuras conforme a un reglamento sísmico si no se conoce la respuesta dinámica del suelo donde serán construidas.
El terremoto venezolano de 2026 vuelve a demostrar que los daños no dependen únicamente de la magnitud, sino también del espesor y rigidez de los sedimentos, de la calidad constructiva, de las irregularidades estructurales y de la compatibilidad entre los períodos naturales del suelo y del edificio.
Los suelos blandos, caracterizados por bajas velocidades equivalentes de ondas de corte, bajas frecuencias naturales de oscilación y fuertes contrastes de impedancia sísmica, pueden amplificar las ondas sísmicas. Esa amplificación incrementa las fuerzas horizontales y los esfuerzos cortantes que actúan sobre las edificaciones, hasta superar la capacidad resistente prevista en el diseño y provocar daños severos, colapsos, muertes, heridos, damnificados y cuantiosas pérdidas económicas.
La experiencia internacional confirma que los mayores daños suelen concentrarse sobre depósitos aluviales, arcillas blandas y arenas sueltas. El caso de Turquía es ilustrativo.
Después del terremoto de Izmit de 1999, que destruyó alrededor de 120,000 edificaciones, el reglamento sísmico de 1998 fue revisado y una nueva normativa entró en vigor en 2007; luego volvió a actualizarse en 2018.
Sin embargo, los terremotos de febrero de 2023 ocasionaron el colapso o daño grave de decenas de miles de estructuras. La lección es clara: ningún código sustituye el conocimiento detallado de las condiciones sismogeotécnicas, la respuesta sísmica local y la interacción terremoto-suelo-estructura.
Otro ejemplo emblemático ocurrió durante el terremoto de Kobe de 1995. El viaducto de la autopista Hanshin, en el tramo de Fukae, había sido reforzado para resistir un terremoto de gran magnitud, pero el comportamiento dinámico del suelo generó solicitaciones superiores a las previstas y provocó el colapso de aproximadamente 650 metros de la estructura.
Japón posee una de las ingenierías sísmicas más avanzadas del mundo y, aun así, la respuesta del terreno superó las previsiones de diseño. Excúseme ingeniero, pero fue así.
En Ecuador, durante el terremoto de Pedernales de 2016, varios hospitales sufrieron daños severos. El Hospital del IESS de Chone prácticamente colapsó, pese a haber sido diseñado bajo criterios sismorresistentes. Los peritajes posteriores identificaron deficiencias estructurales y una subestimación de los efectos de los suelos blandos en el análisis sísmico del proyecto.
En muchos países, los estudios geotécnicos se concentran en determinar capacidad portante y asentamientos, mientras la respuesta sísmica local se reserva para presas, hospitales especializados o grandes instalaciones. Esa práctica debe cambiar.
El verdadero desafío consiste en pasar del simple cumplimiento reglamentario a una ingeniería basada en la caracterización dinámica del terreno, la microzonificación sísmica y la interacción terremoto-suelo-estructura.
Los terremotos seguirán ocurriendo, y eso no va a cambiar; lo que sí puede cambiar es nuestra capacidad para comprender el suelo y diseñar edificaciones capaces de responder con mayor resistencia y seguridad. Excúseme ingeniero, pero es así.
Fuente: Listín Diario
