
Delcy llega a Nueva York abrigada por Trump
Delcy Rodríguez llegó este lunes sonriente a Nueva York, una ciudad que probablemente pensó que nunca volvería a pisar de manera tan cómoda: en vuelo comercial, con tratamiento de jefa de Estado y la garantía de que ninguna autoridad estadounidense la molestaría.
No ha ganado el Premio Nobel de la Paz, tampoco unas elecciones presidenciales, pero conquistó algo aparentemente más útil: la simpatía estratégica de Donald Trump.
El presidente estadounidense decidió guardar en una gaveta el pasado de Rodríguez junto a Nicolás Maduro, dentro de un régimen acusado de desconocer la voluntad popular, perseguir opositores, encarcelar disidentes y provocar el éxodo de millones de venezolanos. El petróleo, como sabemos, posee extraordinarias propiedades medicinales: cura la memoria, alivia las convicciones democráticas y hasta convierte antiguos adversarios en colaboradores indispensables.
Rodríguez nunca fue elegida presidenta mediante el voto popular. Llegó a la Vicepresidencia por decisión de Maduro y asumió el poder después de la captura de quien fuera su jefe político. No hubo urnas, campaña ni mandato ciudadano. Bastó el decreto, la sucesión y, posteriormente, la bendición de Washington.
¡Qué manera tan moderna de construir una democracia!
Las elecciones presidenciales de julio de 2024 continúan siendo el gran fantasma de esta historia. Las actas recopiladas y publicadas por la oposición mostraron una amplia victoria de Edmundo González sobre Maduro, cercana al 70 % frente al 30 %. Numerosos gobiernos rechazaron la proclamación oficial del chavismo y exigieron transparencia.
Pero ahora varios de esos mismos gobiernos acudirán a Naciones Unidas para escuchar a Delcy Rodríguez como presidenta encargada. La ONU, conviene aclararlo, no es un club exclusivo de gobernantes democráticamente elegidos. Allí hablan monarcas absolutos, dictadores, autócratas y presidentes salidos de elecciones verdaderas o de urnas convertidas en decoración. Delcy, por tanto, no desentona. En ese escenario hay espacio para todos, especialmente si llegan con petróleo suficiente.
Seguramente presentará una Venezuela en recuperación. Hablará de estabilidad, crecimiento, inversiones y reconstrucción. Tal vez describa un país tan próspero que más de siete millones de venezolanos salieron al exterior únicamente para comprobar cómo viven los demás.
Porque la realidad conserva la mala costumbre de interrumpir los discursos: alta inflación, salarios debilitados, elevado costo de la vida, servicios públicos deteriorados, desempleo y mecanismos represivos todavía vigentes. La democracia sigue esperando turno, quizá detrás de alguna empresa petrolera.
Los acuerdos con Estados Unidos prometen miles de millones de dólares, modernización de la infraestructura energética y nuevas exploraciones. Washington obtuvo participación en 17 campos petroleros, mientras compañías internacionales se apresuran a entrar nuevamente en un país que posee, en la Faja del Orinoco, las mayores reservas probadas de crudo del planeta.
Es para frotarse las manos. Y algunos ya deben tenerlas irritadas.
El problema es que el pueblo venezolano desconoce los alcances reales de muchos de esos compromisos: cuánto recibirá Venezuela, qué control conservará sobre sus recursos y cuál será la participación efectiva de Estados Unidos y sus grandes empresas. También se aprobó una ley de inversiones mineras cuyo contenido completo no ha sido divulgado.
En nombre de la transparencia, naturalmente, el documento permanece oculto.
Trump no se ha convertido en defensor de Delcy por súbita admiración a la revolución bolivariana. Ha encontrado una administradora útil para su política energética, mientras Rodríguez consiguió un manto protector que le abrió puertas en Washington, Nueva York y otras capitales que hasta hace poco la miraban como integrante fundamental del aparato de Maduro.
El petróleo logró el milagro que no consiguieron las urnas.
Pero ese reconocimiento internacional no se reproduce dentro de Venezuela. Una encuesta reciente de AtlasIntel y Bloomberg situó en 60.5 % la desaprobación de Rodríguez. Otros sondeos la han colocado entre los gobernantes peor valorados de América Latina y revelan altos niveles de desconfianza hacia su administración.
Viendo a Delcy llegar a Nueva York, sonriente y protegida del frío por un costoso designer coat, uno no sabe si reconocer, con cierta mordacidad, que Venezuela avanza o lamentar los inexplicables retrocesos que vive el mundo.
Porque mientras millones de venezolanos huyeron con una maleta improvisada, la heredera política de Maduro aterriza escoltada por la conveniencia petrolera estadounidense. Mientras el pueblo continúa esperando elecciones auténticas, ella recibe reconocimiento diplomático. Y mientras la democracia permanece en cuidados intensivos, los barriles de crudo gozan de excelente salud.
Es probable que Delcy Rodríguez aproveche la tribuna de Naciones Unidas para burlarse del mundo democrático y presentar como legitimidad lo que apenas es conveniencia geopolítica. Tendrá aplausos, fotografías, reuniones y el respaldo interesado de quienes antes la condenaban.
Pero, como dice aquella vibrante salsa, todo tiene su final.
Hasta los abrigos políticos terminan pasando de moda.
