
Desinformación, desafío para la democracia
Por: Luis Fernández
La desinformación como fenómeno político, social y comunicacional consiste en la creación, manipulación o difusión deliberada de información falsa o engañosa con el propósito de influir en las percepciones, decisiones y comportamiento de las personas, contribuyendo a alterar la percepción de la realidad y afectar el funcionamiento de la democracia y de la sociedad.
En los últimos años su expansión se ha acelerado con las redes sociales y las plataformas digitales, donde los contenidos falsos pueden difundirse en minutos y alcanzar a millones de personas, este fenómeno tiene una especial importancia en América Latina, porque afecta la formación de la opinión pública de la región, de modo que las personas no puedan distinguir entre verdad y falsedad.
La manipulación de los hechos, la difusión de rumores, las noticias falsas, los contenidos sacados de contextos y los materiales generados mediante inteligencia artificial, son frecuentemente utilizados para desacreditar personas, dirigentes políticos, instituciones públicas y privadas, partidos políticos, gobiernos y procesos electorales, lo que busca general confusión y desconfianza en las personas.
El efecto de la práctica maliciosa de la desinformación en los procesos electorales que busca influir en el comportamiento de los ciudadanos es altamente preocupante y una gran amenaza para la democracia, ya que puede influir en los votantes, afectar la imagen de los candidatos, cuestionar la legitimidad de los resultados, debilitar la transparencia y dañar la confianza en las autoridades electorales.
En el marco de la consolidación de las tecnologías digitales, las redes sociales y los servicios de mensajería instantánea se han convertido en importantes mecanismos de participación política, por los beneficios de estas plataformas para incrementar el grado de conocimiento público, no obstante, se observa un notable auge de la difusión de contenidos falsos o inexactos que lastran la confianza en las instituciones.
En la vida pública de una nación y en el mundo actual, la verdad en pocas ocasiones circula sola, casi siempre está rodeada de medias verdades y en muchas ocasiones es sustituida por falsedades, con el fin de imponerse como si se tratara de hechos reales, lo que contribuye a la confusión de las sociedades y debilita la capacidad de los ciudadanos para comprender su realidad.
Sobre estos conceptos Juan Bosch decía que, en la vida de los pueblos la verdad suele caminar con dificultad, pero la mentira avanza con rapidez, porque se apoya en el interés de quienes desean ocultar la realidad. La verdad exige estudio, reflexión y honestidad; la mentira en cambio solo necesita repetirse muchas veces para intentar convertirse en apariencia de verdad.
Vivimos rodeados de noticias falsas y verdades a medias que se presentan como información verdadera, con el propósito de aumentar su capacidad de persuasión y desorientar a la población. Esta realidad nos obliga a reflexionar críticamente sobre la información que recibimos, verificar sus fuentes y protegernos de la mentira, otorgando credibilidad y autoridad únicamente a aquellas fuentes que difunden hechos comprobables, reales y sustentados en evidencias.
La mentira ha estado históricamente vinculada al ejercicio de la política y continúa siendo una de las prácticas que más deterioran la confianza de la ciudadanía y el sistema democrático. En las democracias representativas, determinados dirigentes de la ultraderecha recurren a la manipulación del discurso, la omisión de información, la tergiversación de los hechos y el ocultamiento de la verdad para influir en la percepción pública y proteger sus intereses políticos.
En el debate político actual, la desinformación cuando es utilizada con fines políticos permanentes es un grave atentado a una democracia justa caracterizada por ciudadanos bien informados, capaces de contrastar las fuentes y distinguir entre hechos, opiniones y contenidos manipulados, que solo sirven para desviar la atención de los problemas sociales, desacreditar a sus adversarios y dificultar la capacidad de la ciudadanía para cuestionar y transformar las estructuras existentes.
La historia demuestra que, con frecuencia, los sectores que concentran el poder han intentado apropiarse de la verdad y presentarse como los únicos poseedores del conocimiento. Desde esa posición, buscan deslegitimar, silenciar o desacreditar cualquier sector que cuestione sus intereses. De esta manera, convierten la mentira y la calumnia en instrumentos de poder, utilizando la desinformación de forma sistemática para manipular la realidad, fomentar el odio y dividir a la sociedad.
Combatir la desinformación, es también una forma de defender la democracia, la libertad de pensamiento y el derecho de la ciudadanía a decidir sobre su propio destino con base en hechos verificables y no en engaños o manipulaciones, lo que significa defender, la libertad de expresión y el derecho de la ciudadanía a recibir información veraz, plural y comprobable.
Luis Fernández
Analista Político y escritor
