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domingo, 27 de septiembre de 2026
El 76% de los estudiantes latinoamericanos no alcanza el nivel mínimo en matemáticas

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·27 de septiembre de 2026·7

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PISA 2025: la secundaria es donde se juega el futuro de esta generación
Jaime Saavedra, Andreas Blom y Verónica Díaz
Banco Mundial

Los aprendizajes de los estudiantes de secundaria cayeron en la mayoría de los países que participan en PISA. Entre 2022 y 2025, el puntaje de los estudiantes de América Latina cayó 11 puntos en lectura y 4 en matemática, y se mantuvo en ciencias, con lo que continúa una tendencia negativa que viene desde 2018. Más grave que esta nueva caída es que la región no sale –y se hunde de a pocos– en una trampa de baja calidad: nuestros jóvenes de 15 años están lejos de donde deberían estar, más de la mitad no tiene los mínimos niveles de lectura esperados para su edad, y 3 de cada 4 no tiene los niveles mínimos esperados de razonamiento matemático. Ese estancamiento de largo plazo en los aprendizajes fundamentales hace poco viable un crecimiento sostenido de la productividad, competitividad y bienestar de la región.

Lo que muestran los datos de América Latina

En promedio, los trece países de la región que participaron en PISA 2025 están 93 puntos por debajo del promedio de la OCDE en matemática, 83 en ciencias y 72 en lectura. La propia OCDE estima que, a los 15 años, un estudiante avanza unos 20 puntos por cada año de escolaridad. Con esa equivalencia, nuestros jóvenes están entre cuatro y cinco años de aprendizaje por detrás de los de la OCDE.

Esto esconde algo más grave. PISA define un mínimo que un estudiante necesita para participar de manera significativa en la sociedad. No es un estándar de excelencia, sino de capacidades básicas para entender y razonar: identificar la idea principal de un texto, representar matemáticamente una situación simple, distinguir una explicación científica de una que no lo es. Ese es el piso.

Y en la región, la mayoría de los estudiantes está por debajo de ese piso: más de la mitad en lectura (59%) y en ciencias (57%), y tres de cada cuatro (76%) en matemática. En la OCDE, en cambio, esa proporción es de uno de cada tres en lectura (31%), uno de cada cuatro en ciencias (26%) y uno de cada tres en matemática (35%). Uno de cada dos estudiantes de la región está por debajo del mínimo en las tres materias a la vez; en la OCDE, uno de cada cinco.

Y ese grupo de estudiantes, debajo de ese piso, está creciendo. Entre 2022 y 2025, en cinco países aumentó de manera significativa la proporción de estudiantes bajo el mínimo en lectura; en matemática, en tres. Cada vez más jóvenes se quedan sin los aprendizajes básicos.

Ningún país de la región mejoró significativamente en lectura ni en matemática. Solo El Salvador y Costa Rica tuvieron cambios positivos, aunque pequeños. En el otro extremo, hubo reducciones de más de 8 puntos en matemática en Argentina, Guatemala, Chile y Perú, y en lectura en Guatemala, Paraguay, Perú, Argentina, Chile y Colombia. La buena noticia está en ciencias: de 16 sistemas del mundo que mejoraron, tres son latinoamericanos: Costa Rica, El Salvador y Uruguay.

En el resto del mundo, ocho sistemas educativos mejoraron de manera significativa en las tres materias: Camboya, Emiratos Árabes Unidos, Filipinas, Georgia, Jordania, Montenegro, Tailandia y Turquía. Ninguno es latinoamericano, y varios partían de niveles similares a los de Guatemala o República Dominicana. Pero hay señales prometedoras en la región. Costa Rica logró su primera mejora significativa desde que participa en PISA, y con más jóvenes dentro del sistema que antes. Uruguay mejoró en ciencias tras una transformación curricular reciente, apoyada en el trabajo de largo plazo del Plan Ceibal (aunque todavía tiene un problema importante de deserción). Y en El Salvador, la mejora coincide con el inicio de una reforma integral que alineó currículo, materiales, acompañamiento docente y evaluación con un uso intensivo de tecnología. Hay sistemas que logran alinear sus intervenciones alrededor del aprendizaje.

Una digresión sobre la participación. Trece países de América Latina participaron en PISA 2025, de un total de 91 países y economías en el mundo. Eligieron tener información para tomar decisiones. Cuando uno mide, siempre corre el riesgo de recibir malas noticias, como cuando el médico toma la temperatura. Pero si no medimos, no sabemos cuánto hay que mejorar. En la región, Bolivia nunca ha participado y Honduras solo una vez; la mayoría de los países del Caribe no participa, y Jamaica y Panamá, que participaron en 2022, no lo hicieron en esta última ronda. Ese es el peor escenario: no saber.

Por qué caen los aprendizajes

La OCDE atribuye la caída global en lectura a cuatro factores interrelacionados. Los estudiantes perdieron atención; los "lectores apresurados" —rápidos y equivocados— casi se duplicaron desde 2018. En las aulas hay más interrupciones, menos tiempo de enseñanza y más acoso. En los sistemas escolares se ve que en una misma clase hay estudiantes con niveles muy distintos, y no hay capacidad para enseñarles a todos. Y en el plano social, se constata que hay menos lectura por placer y se destina más tiempo a redes sociales y videojuegos. En América Latina, ni el acoso ni las aulas con estudiantes con niveles distintos de aprendizaje son novedad. Pero nos distingue el clima del aula: en ruido y desorden en clase, doce de nuestros trece países superan el promedio de la OCDE, y Argentina, Uruguay y Paraguay encabezan la medición mundial.

A estos cuatro factores se suman dos preguntas que todos se hacen: ¿fue la pandemia? ¿Es la inteligencia artificial? Los jóvenes que tomaron PISA 2025 tenían 10 u 11 años cuando cerraron las escuelas: la edad en la que se deja de aprender a leer para empezar a leer para aprender. La correlación no es clara: países con cierres escolares de similar duración tuvieron resultados muy distintos. Pero puede ser un factor subyacente a la caída generalizada. Por otro lado, PISA 2025 mide el uso de la inteligencia artificial por primera vez. En países de la OCDE, los estudiantes que nunca la usan para resumir textos puntúan mejor que los que la usan; en América Latina, el uso moderado se asocia con mejores resultados y el uso diario con peores resultados. No es causalidad, y más investigación es indispensable, pero la IA parece ayudar cuando suma al esfuerzo del estudiante y estorbar cuando lo reemplaza

Qué hacer: la secundaria tiene que garantizar los aprendizajes

Hace unos días lanzamos Donde los caminos se bifurcan, el más reciente reporte del Banco Mundial sobre la educación secundaria en la región. Leído junto con los resultados de PISA, ayuda a entender qué está pasando en las escuelas y qué se puede hacer. Y lo que pasa ahí tiene un impacto para toda la vida: dos de cada tres adultos que hoy trabajan en América Latina no tienen más que secundaria. Lo que aprendieron en esos años es la base con la que salieron al mercado laboral, y con la que siguen trabajando. Si esa base es débil, no mejorará la productividad ni el bienestar.

El reporte propone acciones para que los jóvenes permanezcan, aprendan y culminen la secundaria preparados para la vida. Las lecciones de PISA 2025 apuntan en esa misma dirección:

Empezar por donde están los estudiantes en su aprendizaje, no por donde el currículo dice que deberían estar. Al terminar sexto grado, el 62% de los estudiantes no alcanza el nivel mínimo en lectura y el 74% no lo alcanza en matemática. Hay que medir permanentemente qué saben y usar esos resultados para darles el apoyo a la medida de sus necesidades. Las tutorías y la recuperación estructurada deben ser parte del trabajo diario. Las plataformas adaptativas y los tutores de IA pueden ayudar a llegar a más estudiantes de manera eficiente, siempre que haya un acompañamiento docente eficaz.
Llegar antes que la deserción. El abandono no ocurre de un día para otro: las inasistencias, las bajas calificaciones y los problemas de comportamiento son señales tempranas del desenganche. Muchos países ya recogen información de asistencia y rendimiento que permite detectar esas alertas a tiempo. La clave es que lleven a una respuesta concreta: tutorías, apoyo psicosocial o financiero y otras medidas de acompañamiento. Prevenir el abandono es mucho más costo-efectivo que lograr que un joven vuelva a la escuela después de haberla dejado.
Enseñar mejor lo esencial y asegurar que terminar la secundaria valga la pena. Los currículos están sobrecargados; lo importante no es cubrir contenidos, sino que los estudiantes aprendan. Hay que definir qué deben dominar en cada grado y dar tiempo para enseñarlo bien. Una jornada más larga ayuda si se usa bien: en algunos países eso significa pasar de escuelas de dos o tres turnos a jornada completa; en otros, simplemente que los estudiantes vayan a clase todos los días. La secundaria también debe conectar con lo que viene después. Muchos jóvenes saldrán directo a trabajar y necesitan una formación técnica que valga en el mercado, y eso no es fácil ni barato: requiere talleres y equipos, docentes que conozcan el oficio, vínculos reales con las empresas, certificaciones que los empleadores reconozcan y orientación sobre carreras y empleos. Para que terminar valga la pena, los jóvenes tienen que ver cómo la secundaria los prepara para seguir estudiando y acceder a mejores empleos.
Fortalecer la profesión docente y dar a las escuelas condiciones para enseñar bien. Exigir mejores resultados debe ir de la mano del apoyo adecuado. Los docentes necesitan formación de calidad, materiales y acompañamiento continuo para cumplir con la inmensa y compleja responsabilidad que tienen. Ese apoyo debe ser parte de una carrera que atraiga talento, con ingreso y ascenso basados en el mérito y con reconocimiento al buen desempeño. Y las escuelas necesitan directores preparados, con apoyo, autoridad y menos carga administrativa, para liderar la enseñanza y acompañar a sus docentes.
Para que tengan impacto en los aprendizajes, estas acciones tienen que llegar integradas, al mismo tiempo. El desafío es llevarlas a cada escuela y a cada estudiante, y eso requiere un compromiso político sostenido en el tiempo. Exige medir los avances, corregir lo que no funciona y hacer visibles los resultados para que las familias sepan si sus hijos están aprendiendo, puedan exigir mejoras y ayuden a sostenerlas.

Transformar la secundaria es un reto difícil. Son jóvenes que además están hoy expuestos a un conjunto de estímulos que no favorecen el aprendizaje, y a presiones económicas y sociales. El reto para los maestros y las escuelas es inmenso. Pero la importancia de la secundaria en el futuro de los estudiantes y en el futuro de las naciones hace que sea indispensable tener la ambición de darles a todos los jóvenes una educación de calidad.

Todavía estamos a tiempo de que más jóvenes terminen la secundaria preparados para seguir estudiando, trabajar y construir su futuro.
Fuente: Banco Mundial

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